La Jaula.

El Horror de la Verdad

Los recuerdos no regresan como una ola suave que avanza y retrocede.

Regresan como un golpe.

Uno seco. Directo. Brutal.

Estoy de pie en medio de la habitación cuando ocurre. No hay advertencia, no hay mareo previo, no hay tiempo para sentarme o prepararme. Es como si alguien hubiera arrancado una pared dentro de mi cabeza y dejara pasar todo de golpe.

La luz cambia.

No la de la habitación, sino la de mi mente.

Mi mamá.

La veo con una claridad que me quema los ojos. Está en la cocina, un domingo por la mañana. El sol entra torcido por la ventana, iluminando el vapor que sube desde una olla. Huele a café recién hecho y a jazmín, siempre jazmín. Ese era su perfume. Nunca lo olvidé. Solo lo tenía enterrado.

—Andrea, ven —dice, con esa voz suave que usaba cuando quería que me calmara.

Sus manos me acomodan el cabello detrás de la oreja. Siento el calor de su piel. Real. Presente.

Mi garganta se cierra.

Mi hermana aparece corriendo por el pasillo estrecho del departamento. Se ríe mientras me roba una bufanda en pleno invierno y sale huyendo, burlándose, chocando con los muebles.

—¡Devuélvemela! —le grito, riendo.

Esa risa... es mía. Sale de mí sin esfuerzo. Sin miedo.

El departamento es pequeño. Demasiado. Las paredes claras, el sillón incómodo donde nunca podía estirarme del todo, la ventana que dejaba pasar el ruido constante de la calle. Autos, bocinas, voces lejanas.

Vida.

Mi vida.

Veo mi rutina. Mis horarios marcados en el celular. El despertador sonando demasiado temprano. El café apurado. El trabajo. Las conversaciones triviales. El cansancio normal, cotidiano. La libertad silenciosa de elegir qué hacer al final del día.

Nada de esto se parece a esta casa.

A este silencio impuesto.

A esta calma falsa.

Mi respiración se vuelve irregular. Me llevo una mano al pecho. El corazón late desordenado, como si intentara escapar de mi cuerpo.

Entonces aparece él.

Damien.

Pero no como ahora.

No como el hombre paciente, atento, casi perfecto, que me traía té caliente y me hablaba despacio, como si yo fuera frágil.

Lo recuerdo como realmente era.

Siempre presente.

Demasiado.

Una sombra que no se iba.

Recuerdo cómo se ofrecía a llevarme a cualquier parte, incluso cuando yo decía que no hacía falta. Cómo aparecía frente a mi trabajo sin avisar, sonriendo como si fuera casualidad.

—Pasaba cerca —decía.

Mentira.

Recuerdo cómo sabía cosas. Detalles pequeños. Con quién hablaba. Qué me molestaba. Qué decisiones estaba considerando.

—No creo que esa persona te convenga —comentaba, con tono suave.

—Solo digo que podrías aspirar a algo mejor.

—Confía en mí, yo te conozco más que nadie.

Pequeños comentarios.

Pequeñas correcciones.

Pequeñas invasiones.

Siempre envueltas en preocupación.

Siempre disfrazadas de amor.

El recuerdo avanza sin pedirme permiso.

Estoy llorando.

La habitación es estrecha. El aire pesa. Me cuesta respirar. Siento la garganta ardiendo, el pecho apretado.

La puerta está frente a mí.

Y él también.

Bloqueándola.

Mi cuerpo quiere huir. Mi instinto grita que ese lugar no es seguro. Que no debo estar ahí.

—Por favor —digo—. Déjame ir.

No me escucha.

Siento su mano en mi brazo. Fuerte. Demasiado fuerte. Me duele. Me asusta. Intento soltarme, pero aprieta más.

—¡No quiero estar contigo! ¡Tienes que dejarme ir! —grito.

Estoy aterrada.

Y entonces él pierde la calma.

—¡No te irás, Andrea! —responde, fuera de sí—. ¡No lo permitiré!

Andrea.

El nombre me golpea incluso ahora.

Andrea.

Andrea.

Andrea.

Vuelvo al presente de golpe, como si alguien me empujara desde atrás. El aire entra a mis pulmones de forma torpe, dolorosa. Me llevo una mano a la boca. Todo mi cuerpo tiembla.

Estoy sudando.

Estoy despierta.

Lo miro.

Damien está frente a mí.

Exactamente como en el recuerdo.

—Esto... —mi voz sale rota— esto no puede ser cierto.

Doy un paso atrás.

—Tú... tú me manipulaste. ¡Ese accidente fue tu culpa!

Las palabras salen atropelladas, pero no me detengo. Necesito decirlas. Necesito sacarlas de mí.

Damien no se sorprende.

No se defiende.

No lo niega.

Solo me observa.

Como si hubiera esperado este momento desde el principio.

Da un paso hacia mí. Luego otro. Sus movimientos son lentos, calculados.

—Andrea —dice, con suavidad—. Me alegra que al fin empieces a recordar.

—No —niego con la cabeza—. No me llames así.

Pero mi cuerpo me traiciona. El nombre resuena dentro de mí como algo correcto, como algo que siempre estuvo ahí.

Él sonríe.

Pequeño gesto. Paciente.

Terrible.

—Lo hice todo por amor —dice—. ¿Lo entiendes?

—¿Amor? —mi voz tiembla—. ¿Esto es amor para ti?

Damien inclina la cabeza, pensativo.

—Ibas a dejarme —responde—. Estabas decidida. Ya no me mirabas igual. Planeabas desaparecer. Yo no podía permitirlo.

—¿Planeaste el accidente? —pregunto.

El silencio se estira.

Él no baja la mirada.

—No sabía cuán grave sería —admite—. Pero sabía que después me necesitarías.

Siento náuseas.

—Querías que dependiera de ti —susurro.

—Quería que volvieras a mí —corrige—. Sin interferencias. Sin dudas.

Se acerca más. Demasiado.

—Voy a devolverte el amor que olvidaste —dice—. Aunque tenga que empezar desde cero.

Sus ojos brillan.

No con culpa.

Con devoción.

Y entonces lo entiendo todo.

No estoy enferma. No estoy confundida. Tampoco estoy sanando, como él insiste en repetir. Lo entiendo ahora con una claridad que me duele en los huesos: todo lo que me ocurre tiene sentido porque nada de esto es un error. No hay confusión médica, no hay accidente azaroso. Hay una voluntad detrás. Una decisión. Un plan que se ejecutó con paciencia.




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