La Jaula.

Lucha.

La noche cayó tan rápido que casi pareció que alguien apagó el cielo de golpe. No hubo transición, ni atardecer suave. Solo oscuridad. Una oscuridad espesa que se filtró por las ventanas y se instaló en la casa como un huésped indeseado. Desde que recuperé mis recuerdos, esa penumbra ya no se siente íntima ni protectora; se siente vigilante. Como si cada sombra supiera que estoy atrapada y disfrutara de ello.

Damien no se separa de mí.

No de verdad.

Está siempre cerca, aunque finja estar ocupado. Si me levanto por agua, pregunta si necesito ayuda. Si voy al baño, espera del otro lado del pasillo. Si respiro hondo, si me quedo quieta demasiado tiempo, si miro por una ventana más de unos segundos... él lo nota. Sonríe, sí, pero ya no intenta ocultar lo que hay debajo. No conmigo. No después de todo.

Por fuera, aparento calma.

Por dentro, estoy despierta.

Observando cómo se mueve por la casa. Contando sus pasos. Midiendo sus silencios. Detectando cuándo está tenso, cuándo baja la guardia, cuándo cree que me tiene controlada. Porque Damien comete un error grave: cree que recordar me volvió frágil.

Me volvió peligrosa.

Me siento en la cama y aprieto las sábanas con los dedos, obligándome a respirar despacio. No puedo hacer ruido. No puedo precipitarme. Si algo aprendí de él es que la paciencia es un arma.

No puedo quedarme aquí. Necesito salir. Necesito recuperar mi vida.

La frase se repite una y otra vez en mi cabeza, como una voz ajena, más firme que la mía, empujándome a no detenerme. Me levanto y me acerco a la puerta. La dejo apenas entreabierta.

El pasillo está en sombras. Al fondo, la cocina emite una luz amarilla tenue. Damien está abajo. Lo sé por los sonidos: el tintinear de los cubiertos, el golpe seco de un cajón cerrándose con más fuerza de la necesaria. Hace eso cuando está inquieto. Cuando algo no le cuadra.

Perfecto.

Si está ansioso, se vuelve descuidado.

Repaso el mapa mental de la casa que armé durante días. La ventana del estudio no tiene seguro. La puerta lateral del jardín está vieja; la cerradura cede si se empuja en el ángulo correcto. Si logro salir por ahí, puedo correr hasta la calle principal. Hay vecinos. Luces. Gente.

Libertad.

Escucho pasos.

Se acercan.

El corazón me da un salto tan fuerte que siento que me va a delatar. Me acuesto de inmediato, me giro de costado y cierro los ojos, forzando la respiración a volverse lenta, regular. Cada músculo de mi cuerpo está en tensión.

La puerta se abre despacio.

Damien se queda en el marco. No dice nada al principio. Lo sé porque el aire cambia, se vuelve más pesado, más denso. Su presencia siempre es así: ocupa espacio incluso cuando guarda silencio.

—¿Samantha? —susurra.

No respondo.

Mi pulso retumba en mis oídos. Espero. Espero.

Él suspira, como si se tranquilizara al verme inmóvil. Finalmente, la puerta se cierra con cuidado. Sus pasos se alejan por el pasillo, uno, dos, tres... hasta que el crujido de la madera se pierde escaleras abajo.

Cuento hasta veinte.

Luego hasta diez más.

El silencio vuelve a asentarse.

Este es el momento.

Me incorporo sin pensar más. El miedo sigue ahí, pero ahora está comprimido, controlado. Camino descalza por el pasillo, pegada a la pared, evitando las tablas que crujen. Llego al estudio y cierro la puerta tras de mí con suavidad.

La ventana está ahí.

Exactamente como recuerdo.

Mis manos tiemblan cuando la abro apenas, lo justo para que entre aire frío. La noche huele a humedad y libertad. Apoyo una pierna en el marco.

Vamos, Andrea. Ya casi.

Pero antes de poder pasar el torso, su voz corta el aire detrás de mí.

—¿A dónde crees que vas?

El corazón se me detiene.

Me giro despacio. Damien está en la puerta del estudio. No parece sorprendido. Ni enfadado. No alza la voz. No corre hacia mí.

Me mira como si lo hubiera decepcionado.

Y eso es mucho peor.

—Damien... —mi voz sale rota—. Por favor. Déjame irme.

Da un paso hacia mí, lento, medido, como si se acercara a algo frágil.

—No entiendes lo que estás haciendo —dice con una ternura falsa que me eriza la piel—. Afuera no tienes a nadie. Todo te hará daño. Yo te protejo. Siempre lo he hecho.

Retrocedo hasta chocar con el marco de la ventana.

—¿Protegerme? —se me escapa una risa quebrada—. ¡Me quitaste mi vida! ¡Me mentiste desde el principio! ¡Me usaste para llenar un vacío que no era mío!

Sus ojos se tensan apenas. Es un gesto mínimo, pero lo veo. Ahí está la grieta. El punto donde la máscara se resquebraja.

—Lo hice porque te amo —responde—. Y porque tú también me amarías si no te hubieran llenado la cabeza de ideas absurdas. Yo puedo darte todo, Samantha. Solo tienes que dejar de luchar.

—No soy Samantha.

Parpadea.

Una vez.

Dos.

—Sí lo eres —murmura, más para sí mismo que para mí—. Solo estás confundida.

—Déjame ir —digo, y esta vez mi voz no tiembla—. Si de verdad me amas... déjame ser libre.

La palabra lo cambia todo.

Su expresión se endurece. La suavidad desaparece, reemplazada por algo frío, desesperado, posesivo.

—No puedo.

Da un paso más. Instintivamente intento salir por la ventana, pero su mano se cierra alrededor de mi brazo con una fuerza brutal.

—¡Damien, suéltame! ¡Suéltame!

Me arrastra hacia adentro. La ventana se cierra de golpe detrás de mí con un sonido seco que me atraviesa el pecho.

—Samantha —dice, respirando agitado—. Si sigues intentando escapar... voy a tener que hacer algo que ninguno de los dos quiere.

No me empuja para lastimarme. Me empuja para arrinconarme. Para bloquear la ventana con el escritorio, con una silla, con cualquier cosa que elimine la posibilidad.

Lo está haciendo otra vez.

Cerrando espacios.
Cerrando salidas.
Cerrando mi mundo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.