El frío de la madrugada me golpea apenas empujo la puerta trasera. No es un frío limpio; es húmedo, áspero, se me cuela entre los huesos como si supiera exactamente dónde hacer daño. El seguro está corrido hacia un lado. No recuerdo haberlo visto así antes. No sé cuándo lo dejó, ni por qué, pero no pienso detenerme a pensar. Pensar es lo que me mantuvo atrapada demasiado tiempo.
Mis manos tiemblan tanto que el pomo resbala bajo mis dedos. Respiro hondo. Una vez. Dos. La puerta cede con un leve gemido.
El aire de afuera me corta la piel.
Salgo.
Por primera vez desde que desperté en esa casa, no hay paredes rodeándome. No hay muebles bloqueando salidas, ni sombras vigilantes en los pasillos, ni cerraduras esperando cerrarse detrás de mí. El cielo todavía está oscuro, pesado, pero es un cielo abierto. Real.
Doy un paso más. La grava se clava en mis pies descalzos, fría, irregular. El dolor es inmediato y brutal, pero no me detengo.
Estoy afuera.
El corazón me golpea el pecho con tanta fuerza que temo que se me parta. No miro atrás. No me permito dudar. Solo avanzo, impulsada por algo primitivo, desesperado, que no tiene palabras.
Y entonces lo siento.
Una mano se cierra alrededor de mi muñeca.
El tirón es tan violento que se me escapa un grito antes de poder contenerlo.
—¿A dónde vas, Samantha? —dice.
Su voz ya no es la de siempre. No hay suavidad, ni control, ni cuidado calculado. Está rota. Cruda. Desesperada.
Me giro de golpe. Damien está frente a mí. Despeinado, los ojos abiertos de par en par, el pecho subiendo y bajando con respiraciones rápidas y desordenadas. Parece alguien que acaba de despertar de una pesadilla... y darse cuenta de que es real.
—Andrea —lo corrijo, mirándolo directo—. Mi nombre es Andrea.
Es como si le hubiera clavado algo en el pecho.
—¡No! —grita, tirando de mí—. ¡No digas eso! ¡Tú eres Samantha! ¡Siempre lo fuiste!
Su mano se aprieta más fuerte alrededor de mi muñeca. El dolor me recorre el brazo, pero no bajo la mirada.
—¡Suéltame! —le grito—. ¡Esto se acabó!
—¡No puedes irte! —responde, la voz quebrándose—. ¡Después de todo lo que hice por ti!
—¡Después de todo lo que me hiciste! —le devuelvo, con la garganta ardiendo—. ¡Me mentiste! ¡Me encerraste! ¡Me robaste mi vida!
Niega con la cabeza, desesperado, como si las palabras no lograran atravesarlo.
—Yo te cuidé —dice—. Yo estuve ahí cuando nadie más lo estaba. Yo te protegí.
—No me protegiste —respondo—. Me controlaste. Me borraste.
Por un segundo su agarre se afloja. Lo siento. Aprovecho ese mínimo espacio y retrocedo un paso. El aire frío entra en mis pulmones como un incendio.
—No tienes poder sobre mí —le digo—. Ya no.
Su rostro se descompone. Los ojos se le llenan de lágrimas que no terminan de caer.
—Tú eres lo único que tengo —dice, casi suplicando—. Lo único. No puedes irte. Yo... yo te necesito.
Y entonces lo entiendo del todo.
No va a dejarme ir. No importa lo que diga, no importa cuánto suplique o grite. Para él, perderme no es una opción. Nunca lo fue.
Damien da un paso hacia mí y vuelve a tomarme del brazo, esta vez con decisión, intentando arrastrarme de vuelta a la casa.
—Vuelve adentro —ordena—. Estás confundida. Mañana lo entenderás.
Algo dentro de mí se quiebra.
O tal vez se libera.
Mi mano choca con algo duro junto a la puerta. Una figura metálica decorativa, pesada, fría al tacto. No pienso. No dudo. La tomo.
—No —digo, y mi voz sale baja, firme—. No más.
Damien se gira al escucharme.
—Andrea, espera...
No espero.
Levanto el objeto y golpeo.
Una vez.
El impacto lo hace soltarme. Cae de rodillas, emitiendo un sonido ahogado.
—¡Andrea! —grita—. ¡Por favor!
Golpeo otra vez.
Luego otra.
No cuento los golpes. No pienso en ellos. Solo sé que necesito que se detenga. Que el peligro termine.
Hasta que deja de moverse.
Hasta que deja de hablar.
Hasta que el silencio vuelve a instalarse, espeso, absoluto.
Me quedo de pie, temblando, con el objeto aún entre las manos. Miro su cuerpo en el suelo. No siento alivio inmediato. Tampoco culpa. Solo un cansancio profundo, demoledor, como si me hubieran vaciado por dentro.
Estoy viva.
Doy un paso atrás. Luego otro.
No miro más.
Empiezo a correr.
Corro por el camino de tierra, sin rumbo, sin saber hacia dónde voy. Tropiezo. Caigo. Me raspo las rodillas. Me levanto. El aire quema mis pulmones, los músculos me arden, pero no me detengo. No sé cuánto tiempo pasa. No sé en qué momento el cielo empieza a aclararse.
Solo sé que sigo avanzando.
Ha pasado tiempo desde entonces. Meses, tal vez.
Vivo en una ciudad pequeña, lejos de esa casa y de todo lo que ocurrió allí. Nadie me conoce, y esa invisibilidad me da paz. Tengo un cuarto sencillo, paredes blancas, una cama estrecha y una ventana por donde entra la luz cada mañana.
Trabajo en una cafetería. No es el trabajo que tenía antes, pero me gusta. Es simple. Es honesto. Es mío.
Al principio no podía dormir. Me despertaba sobresaltada, convencida de que alguien estaba de pie junto a la cama. Con el tiempo, los sobresaltos se hicieron menos frecuentes. La noche dejó de ser una amenaza constante.
A veces todavía escucho su voz en mi cabeza.
Samantha.
Pero ya no me paraliza.
Es solo un eco.
A veces miro mis manos y recuerdo lo que hicieron. No para castigarme, sino para no olvidar que sobreviví. Que elegí vivir.
Escribo todos los días en un cuaderno nuevo. No para reconstruir el pasado, sino para crear algo distinto. Algo que no dependa del miedo.
Me miro al espejo.
—Andrea —digo en voz alta.
El nombre ya no duele. Ya no pesa.
Veo a alguien cansada, sí. Marcada. Pero viva. Libre.
Cierro la ventana cuando cae la noche. Me recuesto. Respiro.
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Editado: 11.01.2026