La Jueza

Capítulo 3

Han pasado dos años, pero el aire en la funeraria se siente exactamente igual al de aquella mañana en la cocina: estancado, artificial y cargado de cosas que nadie se atreve a decir.

Megan observaba el ataúd de caoba con una mirada clínica. El accidente automovilístico había sido rápido, un estruendo de metal y vidrio que terminó con la vida de Arthur en un instante.

Ella todavía no sabía si ese choque fue el evento que la salvó del infierno doméstico o si simplemente le entregó un tipo de problema diferente, uno que no se puede lavar en el fregadero.

Lo que más le estremecía no es el cadáver de su padre, sino la figura de su madre. Eleanor estaba más "ordenada" que nunca. Ni un solo cabello fuera de lugar, el vestido negro sin una sola arruga, el maquillaje cubriendo perfectamente cualquier rastro de cansancio.

Es como si, al morir Arthur, Eleanor finalmente hubiera logrado el "diseño de perfección" que tanto buscaba.

Sin las manchas de labial ajeno que limpiar, sin las mentiras que sostener, se ha convertido en una estatua impecable. Pero es una perfección que emana un vacío aterrador.

Para Megan, la lección era amarga: parece que la muerte es la única forma en que algunas mujeres encuentran, al fin, una paz decorativa.

Megan bajó la vista al suelo. Sintió una opresión extraña en el pecho, una fricción interna que la desgarraba.

Una parte de ella sonreía en la oscuridad de su mente; los gritos sordos y la tensión en la casa han muerto con él. Pero la otra parte la hacía sentirse como basura.

De repente, un recuerdo se filtraba sin permiso: Arthur cargándola de niña, el sonido de su risa genuina, la seguridad de sus brazos antes de que el engaño lo pudriera todo.

Era un recuerdo irremplazable, una pieza de un rompecabezas que ya no encajaba. Suspiró profundamente y se encogió de hombros, un gesto de defensa contra su propia nostalgia.

Sus dedos se cerraron con fuerza en su bolsillo, apretando un viejo llavero que él le dio hace años. Arthur era un egoísta, un patán, un mentiroso... pero también era su padre.

La gente empezaba a abandonar el lugar. Los amigos de la familia dejaban flores y palmadas hipócritas en el hombro de Eleanor.

Cuando el flujo de personas disminuyó, Megan se acercó al borde del ataúd. El silencio era absoluto. Se inclinó un poco, y en un susurro que es más una promesa que un adiós, soltó:

—Yo no voy a dejar que esto pase otra vez.

No se refería a la muerte. Se refería a la ceguera, al control, a la destrucción lenta de una mujer bajo el peso de un hombre.

Se dio media vuelta y avanzó hacia la salida.

Al cruzar el umbral, cerró los ojos y dejó que el leve viento de la tarde golpee su rostro. Dejó que el aire se lleve los malos momentos, las manchas de labial y el olor a flores muertas.

---

Diez años después, el mundo de Megan se mide en ángulos rectos y paletas de colores neutros.

Soltó un suspiro largo y abrió los ojos lentamente, dejando que su mente regresara al presente mientras sus dedos recorrían la textura de un plano técnico.

Estaba en el centro de una sala amplia, en una residencia de lujo que pertenecía a una pareja joven; el tipo de lugar que desde fuera parece un refugio, pero que para Megan era un conjunto de posibles escondites.

Dejó el plano sobre la mesa de mármol y comenzó a anotar modificaciones en su libreta con una caligrafía rápida y precisa.

—¿Todo en orden, Megan? Si necesita algo, solo dígame —dijo Nancy, la dueña de la casa, acercándose con una amabilidad que Megan siempre recibía con cautela.

—Todo en orden, señora Nancy —respondió Megan, forzando una sonrisa profesional.

Cuando Nancy se retiró, Megan se permitió un momento de pausa.

Se sentó en uno de los sofás de diseño y dejó que su mirada vagara por el salón hasta detenerse en una fotografía sobre la chimenea: la pareja reía, abrazada, con una luz dorada bañando sus rostros. Eran la imagen misma de la plenitud.

«¿De verdad serán felices?», se preguntó Megan, sintiendo el eco de un cinismo antiguo en su mente. «Mamá también sonreía en las fotos».

Tras unos minutos de análisis silencioso, Megan llamó a Nancy. La mujer apareció casi de inmediato, curiosa por el veredicto de la experta.

—Escucha, Nancy —empezó Megan, cruzando las piernas con elegancia—. Lo primero que hay que hacer, antes de hablar de acabados o textiles, es colocar cámaras de seguridad. Es el estándar de las casas modernas, pero sobre todo, te brindan un control total sobre tu espacio. Es por seguridad.

Nancy escuchó con atención, asintiendo lentamente.

—Sí, entiendo. Se lo comenté a Grant hace tiempo, pero él siempre decía que no era necesario. ¿Cómo podemos gestionarlo?

Megan arrancó una hoja de su libreta con un movimiento limpio. Se la tendió a Nancy, quien la tomó como si fuera una revelación.

—No se preocupe por eso. Ahí tiene los modelos más discretos y eficientes del mercado. En cuanto las compre, llámeme; yo misma me encargaré de supervisar la colocación para que queden integradas en el diseño. Después de eso, podremos seguir con la decoración —explicó Megan, manteniendo un tono impecable y profesional.

Nancy sonrió, agradecida por la "protección" que Megan le ofrecía.

—Muchas gracias, Megan. De verdad.

Megan asintió y salió de la casa con paso firme.

Una vez dentro de su vehículo, trancó las puertas con un clic seco y se colocó sus anteojos de sol. El volante se sentía frío bajo sus manos.

—Parece una pareja tranquila —murmuró para sí misma, mirando la fachada de la mansión por el retrovisor—. Aunque todavía no conozco al esposo. Debo asegurarme de que Grant no sea un segundo Arthur.

Pisó el acelerador, dejando atrás la casa, pero llevándose consigo la satisfacción de haber instalado, al menos en la mente de Nancy, la semilla de la vigilancia.




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