Megan llegó a su edificio cuando la ciudad ya empezaba a teñirse de un gris pesado. Las luces del pasillo, amarillentas y debilitadas por los años, proyectaban sombras alargadas que oscurecían las esquinas.
Caminó con paso firme, el eco de sus tacones marcando un ritmo defensivo sobre el suelo desgastado.
Al llegar a su puerta, sacó las llaves con movimientos precisos, pero antes de que pudiera insertarlas en la cerradura, una figura emergió de la penumbra del fondo del corredor. Era Miller, el casero.
—Querida Megan, ¿cómo estás? ¿Llegando de trabajar? —preguntó él, con una familiaridad que Megan nunca le había concedido.
Ella lo miró de reojo, manteniendo la mano sobre el pomo de la puerta mientras esta se abría apenas unos centímetros. Se quedó quieta, una estatua de hielo en medio del pasillo.
—Sí, así es. Solo dígame qué necesita, señor Miller —respondió ella, con una voz desprovista de cualquier matiz de cortesía innecesaria.
Miller apoyó la mano sobre la pared, invadiendo sutilmente el espacio de Megan, y puso una mueca de falsa sorpresa.
—Tranquila, no quiero nada. No es por la renta; solo me gusta saludar a mis inquilinos —dijo él, pero sus ojos no estaban en su rostro, sino fijos en los labios de Megan con una intensidad viscosa.
—Bueno, si no es por la renta, entonces no tengo intenciones de hablar. Estoy cansada —sentenció ella.
Megan entró en su departamento y comenzó a cerrar la puerta, pero la mano de Miller se interpuso rápidamente, impidiendo que el pestillo encajara.
El corazón de Megan no se aceleró por miedo, sino por una chispa de rabia fría.
—Relájate, deberías soltarte más —soltó Miller con una sonrisa ladeada—. Por cierto, esa ropa te queda muy bien.
Megan notó cómo él se lamía los labios, un gesto instintivo y repulsivo que terminó de confirmar su diagnóstico.
Sin decir una palabra más, Megan bufó con desprecio y empujó la puerta con la fuerza suficiente para obligar a Miller a retirar la mano. Cerró con doble llave y echó el cerrojo.
Miller se quedó un momento en el pasillo, mirando la madera oscura de la puerta.
—Solo debe estar cansada —se convenció a sí mismo en voz baja—. La próxima vez querrá hablar conmigo.
Se dio la vuelta y regresó a su propio departamento, mientras Megan, del otro lado, permanecía apoyada contra la puerta, escuchando sus pasos alejarse.
No sentía miedo, sentía una resolución renovada: Miller acababa de entrar en su lista de "diseños" que necesitaban ser vigilados.
---
El departamento de Megan era una extensión de su mente: paredes de un blanco quirúrgico, muebles alineados con una geometría implacable y cada cuadro colgado con una precisión que rozaba lo obsesivo.
En una de las repisas, un portarretratos de vidrio custodiaba la única reliquia de su pasado: una pequeña Megan sonriendo entre Arthur y Eleanor, una imagen congelada antes de que las grietas lo destruyeran todo.
Megan dejó su bolso sobre la mesa y, con un cuidado clínico, se despojó de sus aretes, depositándolos en el centro exacto de una pequeña bandeja de cerámica.
—¿Qué tal el trabajo? —preguntó Chloe desde el sofá.
Megan soltó un suspiro largo y se sentó a su lado, sintiendo cómo la tensión de los hombros cedía ante la familiaridad del espacio.
—Lo de siempre. Gente que quiere que su espacio se vea más bonito para ignorar lo que pasa dentro de él —respondió Megan con un rastro de cinismo.
—Entiendo —asintió Chloe—. Debe ser agotador anotar cada detalle y luego volver para comprobar que todo encaje.
Megan hizo una mueca y se estiró en el sofá. Su mirada se desvió hacia el portarretratos familiar; notó una pequeña mancha de grasa en el cristal y, de inmediato, tomó un paño para limpiarla con movimientos circulares y firmes.
—Pronto conseguiré mi propio departamento y podrás disfrutar de tu soledad tranquila —continuó Chloe, bajando la vista al suelo—. No quiero seguir siendo una molestia.
Al decirlo, Chloe evitó el contacto visual, una señal que Megan captó al instante. Megan dejó de limpiar el vidrio y clavó sus ojos en los de su amiga, analizando la microexpresión de inseguridad.
—No te preocupes, tómate tu tiempo —dijo Megan, suavizando el tono—. Tú también me ayudaste cuando lo necesité.
Le dedicó una sonrisa breve y se levantó. Entró al baño y dejó que el agua fría le golpeara el rostro, arrastrando el cansancio del encuentro con Miller y la jornada en casa de los Harrison. Mientras se secaba, su celular vibró sobre el mármol del lavabo.
Era un mensaje de Nancy Harrison: “Hola Megan, ya conseguimos las cámaras. ¿Mañana puedes instalarlas?”
Megan alzó una ceja. La rapidez de la compra delataba la urgencia de Nancy, o quizás el miedo que Megan había sembrado con tanto éxito.
Tecleó una respuesta rápida con dedos ágiles: “Sí, señora Nancy, no se preocupe. Mañana estaré ahí”.
Dejó el celular y se miró fijamente al espejo. Durante unos segundos, su rostro permaneció inexpresivo, una máscara de porcelana en el silencio del baño.
Luego, lentamente, empezó a ensayar una sonrisa frente al reflejo, ajustando los ángulos de sus labios hasta que la expresión pareció lo suficientemente cálida, lo suficientemente humana... lo suficientemente profesional.
---
La mañana irrumpió con un sol agresivo que se filtraba por los ventanales de la mansión Harrison.
Megan estaba de pie en la sala, con una postura impecable, acompañada por Nathan Bennett, su ayudante de confianza.
El ambiente estaba cargado de esa expectativa silenciosa que precede a una gran modificación.
—Cuando quiera, señora Nancy, podemos iniciar la instalación —dijo Megan, manteniendo el tono profesional que era su armadura.
Nancy, sin embargo, jugueteaba con sus manos, lanzando miradas furtivas hacia la escalera.
—Sí... solo espero a que baje mi esposo, Grant, para que confirme la instalación —respondió ella con una voz pequeña.