El aire en la mansión Harrison tenía una densidad eléctrica, ese tipo de peso que solo existe en los lugares donde se guardan secretos bajo llave. Mientras Nathan trabajaba con el cableado, moviéndose con la agilidad de quien conoce su oficio, Megan lo guiaba con una autoridad fría y profesional.
—Gracias, Megan. Ya entendí cómo debo instalarla —dijo Nathan, asegurando el último tramo del cable de fibra óptica.
Megan asintió, soltando un suspiro que intentaba liberar la tensión acumulada.
Sus ojos, siempre analíticos, se desviaron hacia el pasillo y se fijaron en la escalera del segundo piso. Vio a Grant bajar con esa misma parsimonia autoritaria de la mañana; se dirigió a la cocina y abrió la nevera con un gesto seco.
Megan hizo amago de volver a sus planos, pero un murmullo rompió el silencio de la casa. Eran voces bajas, contenidas, el tipo de discusión que se tiene cuando se cree que las paredes no escuchan.
Megan alzó una ceja y, con pasos felinos, se acercó al borde de la pared del pasillo, apoyándose apenas para captar la frecuencia de la pelea.
—No me gusta que estén aquí esos diseñadores o lo que sean —gruñó la voz de Grant.
—¿Vas a seguir, Grant? Ya lo hablamos —respondió Nancy, con una mezcla de cansancio y ruego—. Es para que la casa quede más bonita de lo que ya es.
—Ya tienes una casa bonita así como está. Sinceramente, no te entiendo. Al estar ellos aquí, siento que no tengo privacidad.
Megan frunció el ceño al escuchar esa última palabra. "Privacidad". En el diccionario personal de Megan, esa era la palabra favorita de los hombres que guardaban secretos en cajones con doble fondo.
Escuchó los pasos de Grant acercándose a la salida y retrocedió con rapidez hacia la mesa de los planos, fingiendo una concentración absoluta.
Grant tomó su abrigo, lanzó una mirada gélida a Nancy a modo de despedida y cerró la puerta principal tras de sí. El eco del portazo marcó su retirada oficial.
En ese instante, la alarma interna de Megan pasó de un amarillo preventivo a un rojo brillante.
—Nathan, debo ir a atender un asunto —mintió con una precisión quirúrgica, sin que le temblara la voz—. Otro cliente me está pidiendo que vaya a revisar unas medidas urgentes.
Nathan levantó la vista desde la escalera de mano, limpiándose el sudor de la frente.
—Claro, Megan. No hay problema.
—¿Podrás seguir solo? —preguntó ella, ya guardando su tableta en el bolso.
—Sí, descuida. Ya sé exactamente en qué ángulos quieres las cámaras. Ve con calma. ¿Segura que no necesitas ayuda en la otra casa?
—No, solo es una inspección visual. Aún no empezamos el diseño —afirmó Megan, dándole una palmada rápida en el hombro—. Llámame si surge cualquier inconveniente.
Salió de la casa justo a tiempo para ver el sedán de Grant desapareciendo al final de la calle.
Megan subió a su propio vehículo y cerró la puerta, aislando el ruido del mundo exterior. Se colocó sus lentes de sol y se miró en el retrovisor.
Su reflejo ya no era el de la diseñadora de interiores que busca la armonía estética; era el de la correctora que busca el error en el sistema.
Arrancó el motor y puso el auto en marcha, manteniendo una distancia prudencial. La cacería había comenzado.
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Megan conducía con una precisión mecánica, manteniendo la distancia exacta para ser invisible pero letal en su seguimiento. Sus manos envolvían el volante con la misma firmeza con la que sostendría un escalímetro sobre un plano maestro.
Unos metros más adelante, el sedán de Grant se detuvo frente a un edificio de cristales ahumados y líneas vanguardistas.
Megan frenó mucho antes, ocultando su vehículo tras la fila de autos estacionados, convirtiéndose en una sombra más de la calle.
Observó cómo Grant salía del auto. Él se ajustó el abrigo con un movimiento pausado, una coreografía de autoconfianza que Megan ya conocía de memoria.
Se quitó los lentes de sol, dejando que sus ojos se ajustaran a la luz natural mientras lo veía desaparecer tras las puertas giratorias del edificio con una calma que resultaba irritante.
Extrajo su celular del bolsillo. Sus dedos se movieron con agilidad sobre la pantalla, entrando en la red social con la determinación de quien busca una falla estructural.
Tecleó el nombre: Grant Harrison.
En segundos, el algoritmo desplegó varios perfiles, pero Megan no tardó en identificar la sonrisa gélida de la foto de perfil. Entró. Escaneó cada sección, cada palabra, cada etiqueta con una precisión forense.
—Ocupación: Inversionista —susurró para sí misma.
Un rastro de desprecio cruzó su rostro. «Inversionista», pensó. «Vende promesas de futuro mientras el presente de su esposa se cae a pedazos».
Levantó la vista hacia el edificio. La fachada gritaba dinero y transacciones de alto riesgo. Al menos, en la ubicación de su oficina, Grant no había mentido; ese era el nido donde se juntaban los de su clase.
Volvió a bajar la mirada a la pantalla y leyó el estado civil: En una relación con Nancy Harrison.
—Al menos lo admite en su perfil —murmuró Megan, recostándose en el asiento mientras bloqueaba el teléfono—. Pero un estado en una red social no te hace más confiable, Grant. Solo te hace más cuidadoso con la fachada.
Se quedó allí unos minutos, en silencio, sintiendo cómo el motor del auto vibraba suavemente bajo ella. Ya no solo tenía los planos de su casa; ahora tenía las coordenadas de su vida pública.
—Te tendré en el radar, Grant —sentenció, antes de poner el auto en marcha para regresar a la obra. La vigilancia apenas comenzaba.
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La tarde cayó sobre Seattle con un manto de nubes color plomo que devoraban los últimos restos del sol en el horizonte.
Cuando Megan regresó a la residencia Harrison, el aire en el interior se sentía distinto: más vigilado. Nathan y Nancy la esperaban en la estancia principal, rodeados de herramientas y cables recién organizados.