La Jueza

Capítulo 6

La noche en el departamento de Megan se sentía como un mecanismo de relojería perfectamente aceitado.

Bajo la luz blanca y directa, ella enrollaba los planos con una precisión rítmica, asegurándolos en sus tubos correspondientes. Cada movimiento era una declaración de orden. Sin embargo, en la periferia de su visión, la figura de Chloe en el sofá rompía la armonía estética del lugar.

Megan la observaba de reojo. Chloe estaba allí, con los pies sobre el tapizado impecable, sumergida en una comodidad que a Megan le resultaba casi ofensiva.

«Demasiado relajada, Chloe», pensó mientras ajustaba una banda elástica. «No veo en ti el hambre de salir a construir lo tuyo; solo veo la inercia de quien espera que el mundo le sirva el desayuno».

De pronto, Chloe rompió el silencio. Se levantó con una ligereza despreocupada y caminó hacia Megan, extendiendo su celular con una risa suave.

—Mira esta manta francesa, Megan. ¿No es genial? El tejido parece increíble.

Megan detuvo su tarea un segundo para analizar la imagen en la pantalla. Evaluó la trama y el color con su ojo crítico.

—Sí, tienes razón —respondió Megan con una sonrisa mínima—. Esas mantas son de excelente calidad. Duran toda la vida si sabes cuidarlas.

Chloe se quedó mirando la foto, llevándose un dedo al labio en un gesto pensativo que a Megan le recordó, por un instante fugaz, a la indecisión crónica de su madre.

—Si tuviera el dinero, la compraría sin dudarlo —suspiró Chloe.

Megan dejó los planos sobre la mesa y se permitió estirarse, sintiendo la tensión en sus cervicales. Clavó sus ojos en Chloe, sosteniendo la mirada con una intensidad que buscaba una grieta en su relajo.

—¿Y qué tal la búsqueda? ¿Salió algún trabajo hoy? —preguntó Megan, yendo directo al grano.
Chloe desvió la vista de inmediato, retrocediendo hacia la seguridad del sofá como quien huye de una corriente de aire frío.

—No... hoy estuve mirando algunas vacantes, pero nada era exactamente lo que buscaba. Supongo que seguiré ojeando mañana —dijo, dejándose caer y cubriéndose la cara con un almohadón, como si quisiera desaparecer.

Megan avanzó un par de pasos hacia ella, invadiendo sutilmente su espacio de confort.

—Pues, si yo fuera tú, agarraría cualquier cosa para empezar —sentenció Megan, su voz volviéndose más firme—. Si quieres generar tu propio dinero y tener algo a lo que aferrarte, no puedes permitirte el lujo de la espera infinita.

Hizo una pausa, dejando que sus palabras calaran en el silencio del departamento.

—En este momento, Chloe, debes encontrar el equilibrio entre pasión y talento. Puede que no sea el trabajo de tus sueños, pero si eres capaz de hacerlo, ya es un avance estructural. La independencia no se encuentra, se diseña.

—Sí, tienes razón, Megan —murmuró Chloe desde debajo del almohadón—. Seguiré buscando. De verdad, eres una gran amiga por decirme esto.

Megan le dedicó una sonrisa ligera, casi imperceptible, y volvió a su mesa de trabajo. Sabía que Chloe lo decía con sinceridad, pero también sabía que las palabras no levantaban edificios.

«Las palabras son como las mantas francesas, Chloe», pensó Megan mientras cerraba el último tubo de planos, «son suaves y te mantienen caliente, pero no sirven de nada si el techo se te cae encima».

---

Megan se encerró en su cuarto con un movimiento mecánico, girando la llave en la cerradura como quien sella un búnker.

Se dejó caer en la cama, buscando el ángulo exacto de la almohada, y encendió el ventilador de techo.

El siseo rítmico de las aspas era el único sonido que llenaba la penumbra, mientras ella apagaba las luces, dejando que la habitación se sumergiera en una oscuridad solo rota por el resplandor azulado que emanaba de bajo sus sábanas.

Con dedos ágiles, entró en la aplicación del sistema de seguridad. La barra de carga pareció eterna, hasta que, de pronto, la arquitectura interna de los Harrison se materializó en su palma.

—Oficialmente dentro —murmuró, con una voz que era apenas un aliento.

Empezó a saltar de una frecuencia a otra, navegando por las estancias vacías hasta que se detuvo en la cámara del pasillo superior.

El ángulo era perfecto: permitía ver parte del dormitorio principal. Megan observó los pies de Grant y Nancy sobresaliendo de las mantas; dos figuras estáticas, atrapadas en un simulacro de descanso.

Se quedó unos segundos así, simplemente analizando la composición de la escena, hasta que Grant se movió.

Megan tensó los músculos. Lo vio sentarse en el borde de la cama, calzarse las pantuflas con una lentitud deliberada y avanzar hacia la escalera.

Sus dedos volaron sobre la pantalla, cambiando de cámara con una precisión coreográfica para no perderlo de vista.

Grant llegó a la sala de abajo. Megan no despegaba el ojo del cristal, estudiando cada uno de sus gestos. Vio cómo él escaneaba el entorno, girando la cabeza hacia la escalera para asegurarse de que Nancy seguía arriba, sumida en el sueño.

«¿Por qué tan alerta, Grant?», pensó Megan, sintiendo cómo la adrenalina empezaba a circular por sus venas.

Grant extrajo su celular.

Megan alzó una ceja, pegando el oído al altavoz del móvil, pero el sistema no captaba el audio con nitidez.

Aun así, el lenguaje corporal hablaba por sí solo: Grant grababa mensajes de voz con la mirada fija en el piso superior, moviendo los ojos con una frecuencia frenética, como un animal que teme ser descubierto en plena caza. Guardó el dispositivo con la misma urgencia y regresó a la cama, mimetizándose de nuevo con el silencio de la casa.

Megan se quedó inmóvil, procesando la información. Las piezas del rompecabezas empezaban a vibrar. «¿Por qué?», se preguntó en la oscuridad. «Si fuera un asunto de inversión, ¿por qué ocultárselo a Nancy? ¿Por qué ese pánico a ser escuchado?».

De pronto, tres golpes secos sobre la madera de su puerta la sacaron del trance. Megan se destapó de un tirón, sintiendo el corazón galopando contra sus costillas.




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