La Jueza

Capitulo 7

La luz de la mañana ya inundaba el departamento cuando Chloe abrió los ojos. El reloj marcaba una hora que para Megan habría sido el medio día, pero para ella era apenas el inicio del movimiento.

Se levantó con una urgencia perezosa, vistiéndose rápido para cumplir con la tarea asignada: la intendencia del hogar que no le pertenecía.

Sobre el mueble de la televisión, bajo el peso del control remoto, encontró el rastro de la disciplina de su amiga. Eran los billetes que Megan había dejado, perfectamente estirados, un recordatorio silencioso de quién sostenía los cimientos de su vida actual. Chloe los guardó en su bolso y salió al pasillo.

El sonido de la escoba contra el suelo anunció la presencia de Miller.

El casero se detuvo, apoyándose en el mango de madera mientras la observaba con esa curiosidad invasiva que reservaba para las mujeres del edificio.

—Buen día. La amiga de Megan, ¿verdad? —preguntó Miller, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Sí, así es —respondió Chloe, forzando una amabilidad que Megan habría considerado peligrosa.

—¿Hoy toca trabajar? —insistió el hombre, bloqueando sutilmente el paso hacia la escalera.

Chloe se detuvo, ingenua ante el lenguaje corporal del casero.

—No, de hecho, estoy buscando empleo.
Miller dejó la escoba a un lado, dando un paso hacia ella con una confianza que erizó el aire del pasillo.

—¿Buscas trabajo? Podría ofrecerte algo... sencillo. Muy sencillo.

Chloe captó algo en el tono, una vibración que la hizo retroceder instintivamente. Sonrió, cortando la propuesta antes de que las palabras se volvieran más explícitas.

—Se lo agradezco, pero prefiero conseguir algo por mi cuenta. Gracias.

Bajó las escaleras casi trotando, dejando a Miller solo en el pasillo. La expresión del casero se endureció; la amabilidad fingida se evaporó, dejando paso a una mueca de molestia mientras retomaba su limpieza.

No le gustaba que los "diseños" se salieran de su control.

Ya en la calle, el sol de Seattle golpeaba con fuerza. El celular de Chloe vibró: era Jonathan.

—Hola, bebé. ¿Qué haces? —La voz de él llegó cargada de esa seguridad posesiva que Chloe solía confundir con protección.

—Todo bien, mi vida. Voy a comprar unas cosas —respondió ella, sintiendo el calor en el rostro.

—Hoy nos vemos. Voy para allá —sentenció Jonathan.

Chloe suspiró, mirando hacia las ventanas del departamento de Megan. Una chispa de sensatez intentó encenderse en su mente.

—No estoy segura, Jonathan. El departamento no es mío y no sé si sea correcto meter gente, aunque seas mi novio. Además, tengo que salir a ver trabajos hoy...

—¿Qué? No digas tonterías, amor —la interrumpió él, con esa risa que invalidaba cualquier preocupación de Chloe—. Conozco un poco a Megan, no se va a molestar. Y ya te dije que no te preocupes por trabajar; yo te daré lo que necesites.

Chloe sonrió apenas, sintiendo cómo la carga de la responsabilidad se aligeraba bajo la promesa de su novio. Soltó un suspiro profundo, rindiéndose a la comodidad de no tener que elegir por sí misma.

—Está bien... ven.

Mientras colgaba, Chloe no vio la grieta que acababa de abrir. Había aceptado la visita en un territorio ajeno y, lo peor de todo, había aceptado la oferta de ser "provista".

Jonathan estaba construyendo una jaula de oro, y Chloe acababa de entrar en ella por su propia voluntad.

---

La mañana en la residencia Harrison transcurría con una calma engañosa, solo rota por el suave murmullo de las decisiones estéticas.

Megan se movía por la estancia con Nancy, quien señalaba con duda un rincón del salón. Unos pasos atrás, Nathan permanecía en un silencio profesional, absorbiendo cada instrucción como una esponja.

—Esta ventana no me convence —dijo Nancy, cruzándose de brazos—. No encaja con el resto de la habitación.

Megan se acercó al marco y deslizó su dedo por los bordes de madera con una lentitud analítica. Sintió la imperfección en el encaje.

—Definitivamente, este no es su lugar —admitió Megan—. El estilo de la moldura choca con la fachada exterior. Es una adición forzada, por eso su ojo detecta que algo está mal.

Mientras hablaba, una idea más afilada cruzó su mente: «Esta ventana no encaja, igual que Grant. Ambos son adiciones falsas en este diseño de vida».

—Entonces, ¿qué me recomienda usted? —preguntó Nancy, buscando en Megan el ancla que no encontraba en su esposo.

—Depende de lo que busque. Podemos eliminarla y unificar el muro, lo que significaría decir adiós a la luz de este ángulo, o reemplazarla por una que respete la arquitectura original de la casa —explicó Megan, ofreciendo opciones como quien ofrece salidas de emergencia.

Nancy lo meditó unos instantes antes de esbozar una sonrisa decidida.

—Cambiémosla. No me gustaría perder la vista, solo quiero que se sienta... correcta.

—Entendido. Nathan, por favor, toma las medidas del vano —ordenó Megan.

Nathan asintió y desplegó su flexómetro metálico, pero el sonido del metal fue interrumpido por el eco de unos pasos pesados bajando la escalera.

El ambiente se volvió denso de inmediato; el aroma del perfume de Grant, caro y asfixiante, inundó la sala antes que su presencia.

Grant se detuvo en seco, observándolos con una confusión que rápidamente se transformó en hostilidad.

—¿Qué hacen ellos aquí todavía? —escupió Grant—. El trabajo de las cámaras ya terminó.
Nancy se acercó a él, tratando de suavizar el ángulo del conflicto.

—No, Grant. Eso solo era el inicio de la remodelación.

—Vamos, Nancy —la cortó él, ajustándose la chaqueta con un gesto violento—. No necesitamos nada más. Si lo que quieres es regalarle dinero a esta gente, dímelo y nos ahorramos el teatro.

Sin esperar respuesta y sin mirar a Megan ni una sola vez, se dirigió a la salida.

—Me voy al trabajo —sentenció. El estruendo de la puerta al cerrarse marcó el fin de la discusión.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.