El atardecer en Seattle teñía la sala de los Harrison de un naranja incendiario, proyectando sombras alargadas sobre el desorden de la obra.
El aire olía a serrín y a yeso fresco. Nathan, con un esfuerzo coordinado, terminó de remover el marco de la ventana vieja, dejando un vacío rectangular que conectaba directamente el interior de la casa con el mundo exterior.
—Fue un quite bastante limpio —comentó Nathan, evaluando el cuadro vacío con satisfacción profesional.
Megan asintió, aunque su mente estaba a kilómetros de distancia.
—Les traeré un poco de agua —ofreció Nancy, dedicándoles una sonrisa cansada antes de retirarse hacia la cocina.
Mientras Nathan aprovechaba para sentarse un momento, Megan se recostó contra la pared, buscando la oscuridad. Sacó su celular con un movimiento casi furtivo. En la pantalla, el video granulado se reproducía en bucle.
Hizo zoom sobre la mujer misteriosa: cabello rubio teñido con precisión, un traje formal impecablemente planchado que gritaba "negocios".
Analizó la frialdad del encuentro, la paranoia eléctrica en los ojos de Grant, esa forma de mirar hacia todos lados como si el aire mismo pudiera delatarlo.
El sonido de los pasos de Nancy la obligó a guardar el dispositivo de inmediato. Tomó el vaso de agua que su clienta le ofrecía con un gesto de agradecimiento.
—¿Qué le parece el proceso hasta ahora? —preguntó Megan, recuperando su máscara de diseñadora.
—Estoy fascinada —respondió Nancy, mirando el hueco en su pared—. Están haciendo un trabajo increíble.
—Mañana mismo compraremos y colocaremos la pieza nueva —afirmó Megan—. Por esta noche, tendremos que sellar el espacio.
Nancy miró el vacío con una pizca de inquietud.
—Tendremos que taparlo con algo... me siento un poco expuesta.
—No se preocupe —intervino Megan, señalando a su ayudante—. Nathan cortará una placa a la medida exacta y la ajustará a presión. No habrá tornillos, solo seguridad temporal para que nadie pueda ver hacia adentro... ni ustedes hacia afuera.
Nathan se puso en pie y comenzó a serrar la madera con un ritmo constante.
—Es algo rápido —explicó él entre el ruido del corte—. Mañana solo la retiramos y encajamos la ventana definitiva.
En ese momento, el perfume de Grant anunció su llegada antes que su voz. Dejó su chaqueta en el perchero y lanzó un saludo gélido que apenas rozó a su esposa.
—Hola, Nancy. Ya estoy de vuelta. Muero de hambre —anunció, ignorando olímpicamente a los trabajadores mientras se dirigía a la cocina.
Megan lo observó en silencio, registrando la diferencia abismal de energía. Poco después, Grant reapareció con un plato de comida en la mano. Se recostó contra el marco de la puerta, masticando con una lentitud provocadora mientras observaba a Nathan trabajar en la placa de madera.
—Espero que mañana sea la última vez que los vea por aquí —escupió Grant tras tragar el último bocado.
Megan le sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario, un desafío silencioso que Grant prefirió ignorar dándose la vuelta para regresar a la cocina.
Nancy negó con la cabeza, el rostro encendido de vergüenza.
—Lo siento, chicos... parece que Grant no va a cambiar —susurró ella, casi para sí misma.
—No hay problema —respondió Megan con una cortesía vacía.
Pero por dentro, Megan sentía un desprecio renovado. Sabía que la actitud de Grant no era un rasgo de personalidad inamovible.
Había visto al Grant que entregaba sobres, al Grant que sonreía con calma a una extraña rubia, al Grant que no necesitaba humillar para sentirse poderoso.
«Con Nancy eres un carcelero», pensó Megan mientras Nathan encajaba la placa de madera en el hueco, dejando la sala en una penumbra artificial. «Pero con el sobre en la mano, solo eres un rehén de tus propios secretos».
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La noche terminó de devorar los últimos hilos de luz en el horizonte. Megan arrancó el motor de su vehículo, sintiendo el calor del habitáculo frente al frío que empezaba a descender sobre la ciudad.
Nathan se desplomó en el asiento del copiloto con un suspiro de cansancio físico, ese que solo el trabajo honesto puede provocar.
Mientras el auto se alejaba lentamente de la mansión, una de las cortinas del piso superior se movió apenas unos milímetros. Grant Harrison permanecía allí, oculto en las sombras de su propia casa, con la mirada clavada en la matrícula del coche de Megan.
Era una observación depredadora, un registro silencioso antes de dejar caer la tela y sumergir la habitación de nuevo en la oscuridad.
El sonido de los neumáticos sobre el asfalto irregular fue lo único que llenó el espacio hasta que Nathan rompió el silencio.
—¿Tú qué opinas de esa pareja? —preguntó, con la franqueza de quien ha compartido demasiadas horas de polvo y medidas.
Megan tardó unos segundos en responder, manteniendo la vista fija en la carretera, donde los faros empezaban a dibujar el camino.
—Creo que Nancy es dulce —admitió con voz plana—. Solo tiene un esposo... complicado.
—Sí, tienes razón —concordó Nathan, apoyando la cabeza en el respaldo—. Ese señor Grant es un amargado. Cada vez que entra en la habitación, es como si trajera una nube de mala vibra con él. Se siente en el aire.
Hubo un breve silencio, interrumpido solo por el clic del indicador de giro.
—Pero bueno, ¿quiénes somos nosotros para juzgar? —continuó Nathan—. Al final del día, solo quiero hacer mi trabajo y salir de ahí. No tengo el más mínimo interés en cruzar palabra con él.
—Exacto, Nathan. Somos profesionales —sentenció Megan, aunque por dentro sabía que su interés iba mucho más allá de la profesionalidad—. Un hombre amargado no va a impedir que hagamos lo nuestro.
El auto se detuvo en un semáforo en rojo.
Megan aprovechó la pausa para girarse y mirar a su ayudante a los ojos. En ese entorno confinado, su mirada perdió parte de la frialdad clínica que mostraba en las obras.