La junta

capitulo 2

El ascensor se atascó entre el segundo y el tercer piso exactamente cuarenta segundos después de que Nora subiera. Ella lo supo porque llevaba cuarenta segundos exactos mirando el reloj de su pulsera, contando el tiempo que tardaba Mateo León en llegar a su piso, preparándose mentalmente para ignorar el sonido de su puerta al cerrarse. Era un juego estúpido que jugaba consigo misma: si él tardaba menos de un minuto en subir desde la calle, ella se obligaba a escuchar jazz en vez de pop. Si tardaba más, podía permitirse odiarle con música alegre. Llevaba treinta segundos de jazz. Maldito fuera. Y entonces, justo cuando las puertas se cerraban, una mano se coló entre ellas. Una mano con un reloj caro, pulsera de cuero, y unas venas que Nora no debería haber notado, pero notó. —Perdón —dijo Mateo, sin aliento, metiéndose en el cubículo. Nora no se movió de la esquina. Apretó el botón del tercero con más fuerza de la necesaria. —Claro. Porque lo que necesitaba mi martes era compartir aire reciclado con usted. —Puede bajar y tomar las escaleras —sugirió él, pulsando el cuarto—. El ejercicio le vendría bien. A lo mejor le oxigena el cerebro y deja de ver conspiraciones capitalistas en cada esquina. —O a lo mejor —replicó ella, cruzándose de brazos— usted deja de subir como si le persiguiera la deuda pública y respira cinco segundos. Ah, no. Espera. Los vampiros no respiran. El ascensor se detuvo. No suavemente. Fue un frenazo seco, un tirón que los hizo tambalearse, y luego nada. Las luces parpadearon una vez, se estabilizaron en un amarillo enfermizo, y el número "2.5" brilló en el panel digital con una burla evidente. Nora y Mateo se miraron. —Ha pulsado usted el botón de parada de emergencia —dijo él. —No he pulsado nada, estúpido. —No me llame estúpido. —No sea estúpido y no lo llamaré. Mateo golpeó el panel con la palma de la mano. El ascensor emitió un zumbido agudo, como una protesta, pero no se movió. —Genial —masculló, sacando el móvil—. Perfecto. Maravilloso. Nora hizo lo mismo. Miró la pantalla. Miró la suya. Ambos levantaron la vista al mismo tiempo. —Sin cobertura —dijeron al unísono. El silencio que siguió fue denso, cargado de electricidad estática y mala suerte. El ascensor medía aproximadamente un metro y medio por uno y medio. Espacio suficiente para dos desconocidos incómodos. Espacio ridículamente pequeño para dos enemigos que se habían deseado estrangular hacía apenas veinticuatro horas. Nora se apoyó en la pared metálica, intentando maximizar la distancia. El frío del acero se filtró por su jersey de lana. —Tres horas —dijo Mateo, de repente. —¿Qué? —Hasta que alguien note que estamos aquí. El conserje hace ronda a las ocho. Son las cinco. Y mi teléfono tiene el diez por ciento de batería. —El mío el quince —dijo Nora, deslizándose hasta sentarse en el suelo—. Así que tenemos tres horas para que usted me convenza de no publicar esos documentos que le entregué ayer. O para que yo le convenza de que firme la protección patrimonial. Lo que ocurra primero. Mateo soltó una risa corta, amarga. Se sentó frente a ella, en la esquina opuesta, estirando las piernas lo más lejos posible. Sus zapatos casi rozaban sus botas. —¿Y si le digo que ya he firmado los papeles de demolición esta mañana? —dijo, observándola con ojos de depredador—. ¿Qué hace? ¿Me mata? ¿Me come? Aquí, delante de las cámaras de seguridad que no funcionan? Nora sintió un vacío en el estómago. Pero su cara no cambió. Se había pasado la vida entera en sitios donde mostrar debilidad era invitar al desastre. —Entonces —dijo, sacando un chicle de su bolsillo, desenvolviéndolo con movimientos lentos, precisos— usted es más estúpido de lo que parece. Porque esos documentos que le entregué no solo paralizan la obra. También incluyen un informe geotécnico que demuestra que el edificio adyacente —su edificio, el nuestro— tiene cimientos compartidos con el ala histórica. Si demuele esa ala, este se derrumba en seis meses. Y yo tengo el informe. Y usted, querido vecino, ha firmado su sentencia de muerte inmobiliaria. El chicle hizo *clac* al chocar con sus dientes. Mateo palideció. Fue sutil, apenas un apagarse de la sangre en las mejillas, pero Nora lo captó. Lo había visto antes, en pacientes que recibían malas noticias. En arquitectos que veían cómo se derrumbaban sus planes. —Eso es mentira —dijo él, pero su voz había perdido el filo. —Compruébelo. Oh, espera. No puede. Estamos en un ascensor —sonrió ella, inflando una burbuja pequeña, redonda, perfecta—. Qué lástima. Mateo se quitó la chaqueta de golpe. La arrugó en sus manos. Nora notó que tenía las manos ligeramente temblorosas. —No me creo ni una palabra —dijo él—. Pero si fuera cierto... si fuera cierto, ¿por qué no fue a la policía? ¿A los medios? ¿Por qué el juego de las sillas musicales en cafeterías? Nora dejó de masticar. La burbuja se desinfló lentamente. —Porque —dijo, y su voz bajó un tono, perdiendo el sarcasmo— no quiero ganar. Quiero que usted pierda. Y para eso, necesito que esté despierto. Consciente. Viendo cómo se le cae el castillo de naipes. La cárcel es demasiado fácil para usted, León. Demasiado... cómoda. El ascensor crujió. Un sonido metálico, profundo, que vibró en las paredes. Nora se incorporó de golpe, golpeando la cabeza contra el espejo. —Mierda. —Está bien —dijo Mateo, sin moverse. —No me diga que está bien. No me hable. —León —dijo ella, frotándose el cráneo—. Si usted ha firmado hoy, mañana entran las máquinas. Si entran las máquinas y ese informe es cierto... —Lo sé —cortó él. Su tono era áspero, cansado—. Lo sé, joder. ¿Cree que no lo sé? Se hizo el silencio. Pero era diferente. Era el silencio de dos personas que acaban de darse cuenta de que están en la misma trampa, aunque por razones distintas. Nora lo observó. Realmente observó, por primera vez. Vio las ojeras bajo sus ojos, más pronunciadas que el día anterior. Vio el nudo de su corbata, flojo, deshecho, como si se lo hubiera intentado quitar varias veces sin conseguirlo. Vio el tinte de sudor en el cuello de su camisa, azul marino, cara. —Tiene miedo —dijo. No era una pregunta. —No sea ridícula. —Tiene miedo —insistió ella, inclinándose hacia delante—. No del informe. No de mí. Tiene miedo de haber metido la pata hasta el fondo, y ahora no sabe cómo sacarla sin perder el zapato. Mateo la miró. Sus ojos eran marrones, Nora notó. Un marrón oscuro, casi negro, con motas doradas cerca de la pupila que parecían destellos de luz en la oscuridad. Eran ojos de alguien que había aprendido a mirar hojas de cálculo y olvidó mirar personas. —Mi padre —dijo Mateo, y la palabra sonó extraña en su boca, como un idioma extranjero— trabajó cuarenta años en esa estación. En la ala norte. Era jefe de vías. Murió hace dos años, antes de que yo comprara el terreno. No sabía que iba a demolerlo. Pero... —hizo una pausa, tragando saliva— ...pero si lo hubiera sabido, quizás habría pensado dos veces. O quizás no. Él odiaba ese sitio. Decía que le robó la espalda y la juventud. Pero... Nora no dijo nada. El chicle había perdido el sabor en su boca. —Pero usted no lo sabía —continuó Mateo, y su voz recuperó algo de filo, defensivo—. Así que no me mire con esos ojos de "he encontrado tu punto débil". No estoy buscando su compasión. —No la tendría —respondió ella, rápido—. No tengo compasión para los hombres que venden la memoria de sus padres por metros cuadrados. —Y yo no tengo paciencia para las santurronas que... El ascensor se movió. Un traqueteo fuerte, una sacudida que los tiró hacia delante. Nora perdió el equilibrio y cayó de rodillas. Mateo intentó agarrarla, o apartarse, no estaba claro, pero el resultado fue que ella terminó con las manos en su pecho, y él con la espalda contra la pared metálica, y sus rostros a quince centímetros de distancia. El tiempo se detuvo. Nora podía sentir el calor de su cuerpo a través de la camisa. Podía olerle. No era colonia barata. Era algo amaderado, sí, pero con un fondo de café y algo cítrico que le resultó terriblemente familiar. Naranja. Olía a naranjas y a papel viejo. Mateo no respiraba. Estaba mirando su boca. Luego sus ojos. Luego su boca otra vez, con una concentración tan intensa que Nora sintió que la piel le ardía donde su mirada tocaba. —Suélteme —dijo ella, pero su voz salió ronca, baja. —Usted me suelta a mí —respondió él, y su tono no era agresivo. Era... peligroso. El ascensor volvió a crujir, y esta vez las luces se apagaron por completo. La oscuridad fue total, absoluta, sofocante. Nora no se movió. Podía sentir el latido del corazón de Mateo bajo sus palmas. Rápido. Tan rápido como el suyo. —Tiene usted las manos frías —dijo él, en la oscuridad. —Y usted... —empezó ella. Las luces volvieron. Brutalmente. El ascensor se puso en marcha con un tirón, ascendiendo hacia el cuarto piso. La separación fue instantánea. Nora retrocedió hasta su esquina, jadeando ligeramente. Mateo se ajustó la corbata con dedos torpes. Ninguno habló. Cuando las puertas se abrieron en el cuarto piso, Mateo salió primero. Sin mirar atrás. Sin despedirse. Pero en el umbral de su puerta, se detuvo. —Nora —dijo, sin girarse. —¿Qué? —El informe. ¿Es cierto? Nora se quedó en el ascensor, con la puerta a punto de cerrarse. —Venga a mi piso mañana a las ocho —dijo ella—. Traiga café. El bueno, no esa mierda instantánea que huele a quemado. Y quizás... quizás le enseñe los planos estructurales. Mateo se giró. La miró. —¿Esto es una tregua? —Esto —dijo Nora, y sus labios se curvaron en esa sonrisa peligrosa que ya le resultaba familiar— es una inspección de daños. No se haga ilusiones, León. Todavía pienso destrozle la vida. —Yo también la odio, doctora Vidal. —Lo sé —dijo ella, mientras las puertas se cerraban entre ambos—. Por eso mañana traiga dos tazas. La suya la envenenaré yo misma. El ascensor bajó vacío, llevándose consigo el eco de una risa que no supo de quién era.




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