La junta

capitulo 3

Mateo no había dormido.

Lo sabía porque llevaba exactamente siete horas y cuarenta y tres minutos mirando el techo de su dormitorio, contando las grietas que había en la pintura blanca —cuatro, si no contaba la del rincón que parecía más bien una cicatriz de humedad— y porque el reloj de la mesilla marcaba las 06:58 cuando finalmente se rindió y se sentó en el borde de la cama. La luz de noviembre se filtraba por las persianas rotas —rotas desde que se mudó, y que nunca había reparado porque, para qué, si solo estaba allí para dormir— proyectando rayas doradas y polvorientas sobre la alfombra barata que el anterior inquilino había dejado olvidada.

Se frotó la cara con las palmas, sintiendo la barba incipiente que no se había molestado en afeitar. Normalmente se afeitaba. Normalmente se ponía traje. Pero hoy —y esto lo sabía con una certeza que le crispó los nervios— no era un día normal.

Hoy iba a verla.

No, correction: hoy iba a *entregarle* café y a suplicarle —aunque jamás usaría esa palabra, ni siquiera en el santuario privado de su craneo— que le mostrara esos malditos planos estructurales que podían convertirse en su sentencia de muerte profesional o, peor, en su salvación.

Se levantó. El suelo de parqué crujió bajo sus pies descalzos, ese sonido particular que tenían las maderas viejas de los edificios de los años cuarenta: un gemido seco, como un suspiro de resignación. En el baño, se miró al espejo. Los ojos le picaban, tenían un tono amarillento en las escleróticas que el café de la mañana anterior no había logrado disipar. Se puso una camisa gris, la menos arrugada que encontró en la silla donde la había dejado caer, y la dejó desabotonada en el cuello. Luego vaqueros. Oscuros. Gastados en las rodillas. Se detuvo, mirándose.

No era su look de "especulador inmobiliario sin escrúpulos". Era su look de domingo, de "no tengo ganas de fingir". Y por alguna razón que no quiso analizar, hoy no quería fingir.

Cogió las llaves, el móvil, y salió a la calle.

A las 07:45, Mateo estaba de pie frente a la puerta del tercero izquierda, sosteniendo dos tazas de papel de la cafetería de la esquina —no Starbucks, había tenido cuidado, había elegido el sitio cutre con letas de tiza en la pizarra donde el café costaba un euro cincuenta y sabía a tierra quemada y gloria— y sintiendo que su corazón hacía un ruido desproporcionado en el silencio del rellano.

El edificio era de esos que tenían alma propia. Nora lo sabía porque llevaba cinco años viviendo allí, cinco años escuchando sus gemidos nocturnos cuando el viento golpeaba los postigos de hierro forjado, cinco años oliendo el olor a madera antigua y a yeso húmedo que se filtraba por las rendijas de los suelos. Era un edificio que respiraba. Que envejecía con dignidad, aunque los propietarios quisieran botarlo como a un perro viejo.

Y ahora Mateo León estaba al otro lado de su puerta de roble macizo, con sus nudillos suspendidos a centímetros de la madera, sin atreverse a llamar.

Nora le había estado observando desde la mirilla durante treinta segundos. Lo veía borroso, distorsionado por la óptica cóncava, pero lo veía. No llevaba traje. Llevaba vaqueros. Y una camisa que parecía haber perdido una pelea con un tornado. Y tenía el pelo revuelto, como si hubiera pasado las manos por él una y otra vez, desesperado.

Esto era peligroso. Esto humanizaba al enemigo.

Abrió la puerta.

—Está usted tarde —dijo, antes de que él pudiera hablar.

Mateo parpadeó. La luz del descansillo —una bombilla de bajo consumo que emitía un resplandor verdusco y triste— la iluminó de perfil, y Mateo sintió algo extraño en la boca del estómago. Llevaba pantalones de pana oscura, anchos, cómodos, remetidos en unos calcetines de lana gruesa que asomaban sobre zapatillas de estar por casa —zapatillas de terciopelo rojo desgastado, con un bordado de un gato en el empeine izquierdo—. Y una camiseta de tirantes blanca, vieja, tan fina que Mateo podía ver la sombra de su clavícula, la curva de su hombro, el punto exacto donde su piel se convertía en algo más suave, más vulnerable. No llevaba sujetador. La idea cruzó su mente antes de que pudiera censurarla, y se quedó allí, incómoda, caliente.

—Son las siete y cuarenta y cinco —dijo Mateo, extendiendo una de las tazas—. Usted dijo las ocho.

—Y usted lleva quince minutos dando vueltas en el rellano como si estuviera plantando un jardín —replicó ella, tomando el café sin mirarlo a los ojos, oliéndolo primero, sospechosa—. ¿Qué es?

—Cortado. Con un toque de canela. El camarero me ha dicho que es suyo habitual.

Nora levantó una ceja. El gesto fue tan rápido, tan ágil, que Mateo casi no lo captó.

—Me ha estado espiando —dijo. No era una pregunta.

—He estado investigando —corrigió él, cruzando el umbral sin que ella lo invitara, porque si esperaba a que lo hiciera, se moriría de viejo en el descansillo—. Es diferente. La vigilancia es ilegal. La investigación previa a una negociación es diligencia empresarial.

El piso de Nora olía a trementina. A café viejo. A libros. A esa humedad específica del papel amarillado. Mateo entró en el salón y tuvo que contener el aliento. No era un salón. Era un archivo. Una biblioteca. Una oficina de guerra.

Las paredes estaban cubiertas de planos. No cuadros. Planos. Arquitectónicos. Dibujos técnicos enmarcados en clipes metálicos, suspendidos de cuerdas tensadas entre las paredes como ropa tendida. Planos de la estación de Atocha de 1890. Planos de la reforma de los años cincuenta. Planos de algo que parecía un túnel subterráneo, marcado con líneas rojas y post-its amarillos. Había mesas de dibujo antiguas, de esas con inclinación ajustable, ocupadas por tubos de cartulina que sobresalían como cañones de acorazado.

Y en el centro, dominando la estancia, había una mesa camilla baja, de madera oscura, cubierta por una manta de lana tejida a mano —burdeos y azul marino— sobre la cual descansaban tres gatos de distintos tamaños y colores, todos mirándolo con la misma expresión de desdén hostil que había visto en los ojos de su dueña.




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