La junta

capitulo 4

El edificio gemía. No era una metáfora poética, ni el efecto del viento de noviembre azotando los cristales de las ventanas del piso segundo. Era un sonido físico, mineral, que subía desde los cimientos como un quejido de anciano al incorporarse: el crujido seco de la madera podrida contra el hierro oxidado, el suspiro elástico de las vigas cargando pesos que no estaban calculadas para soportar desde 1947. Nora lo había oído durante años, lo había catalogado en su mente como el aliento del lugar, pero esa noche —la primera noche de su tregua forzada con Mateo León— el gemido sonaba diferente. Sonaba a advertencia. Estaban en el rellano del tercer piso, bajo la luz mortecina de un aplique de pared que parpadeaba con intermittencias nerviosas, como si la electricidad misma dudara de su propia existencia en aquel cubículo de escayola amarillenta y olor a naftalina. La bombilla, protegida por una tulipa de cristal opaco que había perdido dos de sus tres borlas decorativas, proyectaba sombras alargadas y temblorosas sobre la pared de gotelé, haciendo que las manchas de humedad parecieran mapas de países hostiles, territorios en disputa. —Huele a cerrado —dijo Mateo, y su voz resonó extrañamente grave en el espacio reducido. Estaba de pie junto a la puerta del trastero comunitario, con la espalda apoyada contra la pared de enfrente, los brazos cruzados sobre el pecho de forma defensiva. Llevaba la misma camisa gris del día anterior, ahora con las mangas remangadas hasta los codos, revelando antebrazos pálidos pero fibrosos, surcados por venas azules que se marcaban bajo la piel tensa por el frío. Tenía las manos metidas en los bolsillos de los vaqueros, pero Nora notó que sus nudillos blanqueaban contra la tela, presionando algo allí dentro —quizás las llaves, quizás el puño cerrado conteniendo tautologías. —Huele a historia —corrigió ella, agachándose para forzar la cerradura del trastero con una ganzúa improvisada fabricada con un clip y una horquilla rota—. A archivos olvidados. A secretos que gente como usted prefiere enterrar bajo cemento y boutiques de diseño. La cerradura cedió con un chasquido seco, como un hueso quebrándose. Nora empujó la puerta de madera contrachapada —pintada de verde bosque en algún momento de los ochenta, ahora desconchada en láminas que revelaban estratos de blanco, azul y ocre bajo el verde enfermo— y una nube de polvo emergió del umbral, danzando en el haz de luz amarillenta como enjambre de insectos minúsculos. Mateo se apartó de la pared, escupiendo discretamente para librar su boca del sabor metálico del polvo. —Esto es ilegal —murmuró, pero se acercó, curvándose sobre su hombro para mirar dentro—. Estamos accediendo a propiedad comunitaria sin permiso. Nora encendió la linterna de su móvil. El haz de luz blanca, cegadora, cortó la oscuridad del trastero revelando un caos alzheimeresco de muebles dislocados: una cómoda con un espejo agrietado que reflejaba la luz en fragmentos afilados, como estrellas rotas; cajas de cartón deshechas por la humedad, dejando escapar riadas de papeles amarillos; una bicicleta infantil oxidada, sin ruedines, con el sillín desgarrado mostrando esponja amarillenta; y montañas de revistas apiladas hasta el techo —*Hola!* de los años noventa, *Arquitectura* de los sesenta— formando columnas inestables que amenazaban con derrumbarse sobre cualquier intruso que respirara con demasiada fuerza. —Propiedad comunitaria —dijo Nora, metiéndose dentro, agachándose bajo una viga baja que atravesaba el espacio a la altura de su hombro— es un oxímoron. Como "especulador ético" o " León sensible". Mateo la siguió, obligado a inclinarse más que ella —medía diez centímetros más, y la viga raspó su pelo al pasar—, sintiendo el peso opresivo del techo bajo sobre su nuca. El aire era denso, cargado de partículas de polvo de décadas, de moho que crecía en las esquinas formando manchas negras y peludas, de ese olor específico a papel viejo y trapos húmedos que es el perfume de los lugares abandonados por el tiempo pero no por la memoria. —Si me golpea la cabeza —dijo Mateo, avanzando a gatas entre dos torres de cajas de botellas vacías de *La Casera*—, demando a la comunidad. Y a usted. Por negligencia criminal y por白白*malaria* emocional. Nora se detuvo entre las sombras, girándose. La luz de su móvil iluminó su rostro desde abajo, creando sombras grotescas bajo sus pómulos, hundiendo sus ojos en dos cuencos de oscuridad, transformando su boca en una línea siniestra. —Cállate —susurró. —¿Qué? —Dije que cierre esa boca perfecta que tiene antes de que... —se interrumpió, tensándose. Mateo, aún agachado entre las cajas, se quedó inmóvil. El silencio del trastero no era vacío; estaba poblado de pequeños ruidos orgánicos: el crujido de la madera contra el yeso, el zumbido eléctrico del aplique exterior filtrándose por debajo de la puerta, y algo más. Un arrastramiento suave, seco, como uñas contra cemento, proveniente del fondo del cubículo, de esa oscuridad densa donde la luz del móvil no llegaba. —¿Escuchó eso? —respiró Mateo, y su mano se movió instintivamente, buscando agarre en la oscuridad, encontrando el hombro de Nora. El contacto fue eléctrico. Su piel, a través de la fina tela de la camiseta de algodón gris que ella llevaba —prestada de algún cajón olvidado, le quedaba grande, descubriendo la clavícula cuando se inclinaba—, quemaba bajo sus dedos. Nora no se apartó. Estaban demasiado cerca, en un espacio tan reducido que el aire que él exhalaba calentaba su mejilla. —Ratas —dijo ella, pero su voz tembló ligeramente—. O palomas. Anidan en el hueco del ascensor. —O fantasmas de aparejadores muertos —sugirió Mateo, y su pulgar se movió apenas, inconscientemente, trazando un círculo minúsculo sobre el hueso de su hombro—. Vienen a reclamar justicia por sus edificios asesinados. Nora le miró. Realmente le miró, a escasos centímetros de distancia, y Mateo vio que sus pupilas estaban dilatadas, negras devorando el verde, y que tenía un corte diminuto en el labio inferior —probably de morderse el labio nerviosamente— que brillaba con una gota de sangre o saliva, capturando la luz. —No creo en fantasmas —dijo ella, bajo, casi un aliento—. Solo en daños estructurales. Y en hombres que causan daños estructurales. —¿Y en mujeres que disfrutan causándolos? —replicó él, y su voz salió ronca, extranjera en su propia garganta. El ruido volvió. Más fuerte. Un golpe seco contra metal, seguido de un chirrido que hizo que ambos se estremecieran. Nora perdió el equilibrio —el suelo estaba inclinado, desnivelado por décadas de asentamiento del edificio— y cayó hacia delante. Mateo la atrapó. Fue un desastre de física torpe: sus frentes chocaron con un dolor sordo, sus narices se rozaron, sus manos buscaron agarre en cinturas y espalda, encontrando tejidos arrugados y músculos tensos. Durante un segundo infinito, Mateo sostuvo el peso de Nora contra su pecho, sintiendo los latidos desbocados de su corazón contra su esternón, oliendo el jazmín mezclado ahora con el sudor de la ansiedad y el polvo de archivo. Su mejilla raspó contra la suya, la barba incipiente de él arañando suavamente la piel suave de ella, y sus alientos se mezclaron, cálidos, húmedos, cargados de cafeína y miedo. —Suélteme —ordenó Nora, pero no se movió. —Usted me suelta —replicó Mateo, con las manos ahora en su cintura, los dedos presionando la curva de sus caderas a través del grosor de la pana de sus pantalones. —León... —Vidal... Otro golpe. Esta vez más cercano. Nora se separó de un tirón, golpeando su cabeza contra una estantería de madera podrida que protestó con un gemido agudo. Una lluvia de polvo cayó sobre ellos, blanqueando temporalmente sus hombros y cabezas como si hubieran envejecido cuarenta años en cinco segundos. —El acta de replanteo —dijo Nora, sacudiéndose el polvo con gestos nerviosos, apuntando con la luz del móvil hacia el fondo—. Debe estar ahí. En esa caja metálica. Los planos originales del edificio y del subsuelo. Avanzó gateando, dejando atrás el momento de torpe intimidad como si fuera un trasto inservible más del trastero. Mateo la siguió, frotándose la frente donde ella le había golpeado, intentando controlar la respiración y otras reacciones fisiológicas menos convenientes en aquel espacio reducido y polvoriento. La caja metálica —una arca de hojalata roja, con cierres de latón verdigrisados— estaba enterrada bajo montones de *Revista de Obras Públicas* de 1962. Nora la liberó con tirones secos, haciendo que las revistas se desparramaran como naipes gigantes, revelando portadas con fotos en blanco y negro de puentes colgantes y presas enormes, de una España técnica y optimista que ya no existía. —Ayúdeme —ordenó, intentando levantar la tapa. Mateo se arrodilló a su lado —las rodillas crujieron contra el cemento frío y desigual— y juntos tiraron de la tapa oxidada. El metal resistió, chilló, cedió. Dentro, envueltos en papel de estraza amarillo que se deshizo en sus manos como confeti húmedo, había rollos de papel vegetal. Planos. Los planos originales. Nora desenrolló uno sobre el suelo polvoriento, sujetando los extremos con una caja de clavos oxidados y un tarro de medicina vacío. La tinta india, a pesar de los años, seguía siendo nítida, negra, indeleble. Líneas precisas trazadas con regla y tiralíneas definían la estructura del edificio, pero había algo más. Líneas rojas, añadidas posteriormente con rotulador, que trazaban túneles bajo los cimientos. Túneles que no aparecían en ningún documento oficial moderno. —Dios santo —susurró Nora, trazando una línea con el dedo, dejando una estela limpia en el polvo que cubría el papel—. Sabía que había algo, pero no esto. Esto es... —Una cueva —dijo Mateo, inclinándose más, su hombro presionando contra el de ella mientras estudiaba el dibujo—. O un refugio antiaéreo. No está en los registros municipales. Si esto existe, el edificio está construido sobre una estructura hueca. Hueca y... —Inestable —terminó ella—. Si Rodríguez vende esto para que lo derrumben y construyan el nuevo complejo residencial, no solo colapsará el edificio adyacente. El impacto de la demolición hará que se hunda todo la manzana. El túnel actuará como un vacío, un... —Una trampa de aire comprimido —dijo Mateo, y su rostro había perdido el color, poniéndose gris bajo la luz tenue—. Dios, Nora. Si el fondo de inversión empieza a cavar los pilotes sin saber esto... —No es que no lo sepan —dijo ella, enrollando el plano con dedos temblorosos—. Es que no les importa. Demolerán, venderán los apartamentos "de lujo" sobre un suelo que se hundirá en cinco años, y para entonces habrán trasladado el capital a Panamá o a Delaware. Guardó el plano bajo su jersey, contra su piel, sintiendo el papel frío y áspero contra su esternón. Mateo la observó hacerlo, observando cómo sus manos desaparecían bajo la tela, cómo sus dedos se tensaban contra su propio cuerpo, y sintió un vértigo extraño. —Tenemos que salir de aquí —dijo él, levantándose, golpeándose la cabeza contra la viga baja de nuevo—. Joder. —Cuidado con el lenguaje, León. Hay señoras presentes —dijo Nora, pero su corazón no estaba en la broma. Estaba pensando, calculando, sus ojos moviéndose rápidamente en la penumbra. Salieron del trastero como fantasmas emergiendo de una tumba, cubiertos de polvo blanco, despeinados, con la ropa arrugada y manchada de óxido. El rellano seguía vacío, iluminado por la luz parpadeante del aplique, pero algo había cambiado. La puerta del ascensor, que habían dejado cerrada, estaba entreabierta. Un palmo. Justo lo suficiente para permitir que una franja de oscuridad absoluta mostrara el hueco del pozo, negro como boca de lobo. Mateo y Nora se miraron. La pregunta flotó entre ellos sin necesidad de verbalizarse: ¿Quién había abierto el ascensor? —Rodríguez —susurró Nora—. No está solo. Tiene a alguien vigilando el edificio. Alguien que sabe que estamos aquí. —O peor —dijo Mateo, acercándose a la puerta del ascensor, asomándose al hueco oscuro, oliendo el olor a grasa y metal frío—. Alguien que está ahí abajo. Desde el fondo del pozo, desde algún lugar perdido en la oscuridad entre el segundo y el primero, llegó un sonido. Un golpe metálico. Luego otro. Ritmado. Intencionado. Alguien estaba subiendo por la escalera de emergencia del interior del hueco, golpeando los peldaños con algo duro. Una barra. Una llave inglesa. —Corre —dijo Mateo, agarrando el brazo de Nora. —No —soltó ella, resistiéndose, y su voz recuperó el filo de acero—. No huyo de ratas, ni de calvos, ni de especuladores con palos. Esto es mi edificio. Mi casa. —¡Nora, me importa una mierda su orgullo heroico! —explotó Mateo, girándose hacia ella, agarrándola por los hombros, sacudiéndola una vez, fuerte—. Si nos pillan aquí, con esos planos, pueden hacer que desaparezcan. Y a nosotros con ellos. Esto no es una película romántica de enemigos a amantes. Esto es Madrid, es 2024, y esos tipos tienen más dinero que Dios y menos escrúpulos que el diablo. Nora lo miró fijamente. Sus ojos brillaban con una furia salvaje, animal. —¿Ha dicho "romántica"? —su voz era un siseo—. ¿Ha insinuado que esto, entre nosotros, es...? —¡No! —mentía Mateo—. Quiero decir... Joder, Nora, ¡escuche! El golpe sonó más cerca. Un chirrido de metal contra metal, luego una tos. Una tos humana, seca, deliberada. Nora tomó una decisión. Agarró la mano de Mateo —sus dedos se entrelazaron con los de él con fuerza dolorosa, hueso contra hueso— y tiró de él hacia la escalera de servicio, la puerta de incendios al final del rellano que nadie usaba desde hacía décadas. —Por aquí —susurró—. Hay una salida al patio interior. Después al callejón. Y entonces... —¿Y entonces qué? —jadeó Mateo, siguiéndola, zigzagueando entre las sombras proyectadas por la luz parpadeante, sintiendo el sudor frío corriendo por su espalda bajo la camisa. —Y entonces —dijo ella, empujando la puerta de la escalera, que chirrió protestando, revelando una oscuridad aún más densa, un espacio estrecho de hormigón crudo y olor a orina y miedo— entonces, León, vamos a destruirles. Pero primero... —se giró en el umbral, silueta contra la oscuridad, polvo en el pelo como copos de nieve invertida— primero, necesito que deje de odiarme lo suficiente como para confiar en mí. Mateo la miró. Realmente la miró: la forma en que la respiración agitaba su pecho bajo la camiseta sucia, la forma en que su mano temblaba apenas visible sosteniendo la puerta, la forma en que sus ojos verdes brillaban con determinación y, debajo, con un miedo que ella intentaba desesperadamente ocultar. —No confío en usted —dijo, y su voz sonó honesta, cruda, vulnerabilidad desnuda—. Pero la odio menos que a ellos. Por ahora. Nora sonrió. Fue una sonrisa breve, salvaje, iluminando su rostro polvoriento como un relámpago en una noche de tormenta. —Bastará —dijo. Y se adentraron juntos en la oscuridad de la escalera, mientras detrás de ellos, en el rellano vacío, la puerta del trastero se cerraba con un golpe seco, como una sentencia.




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