La junta

capitulo 5

La escalera de servicio olía a orina de gato histórica y a fracaso existencial. No era una metáfora literaria; era una constatación forense que golpeaba las fosas nasales con el subtacto de un muro de contención derribado. Cada peldaño de hormigón desnudo —salpicado de pintura verde militar desconchada y manchas oscuras que Nora prefería identificar como "óxido" y no como "excremento humano de los años ochenta"— crujía bajo sus botas con un quejido agudo, como si el edificio entero protestara por el peso de su desprecio mutuo. —Quite el codo de mi riñón —soltó Nora, empujando hacia atrás con el hombro. —Imposible —respondió Mateo, su aliento cálido y cargado de cafeína agria impactando contra su nuca—. A menos que quiera que me desplome sobre usted, lo cual, permítame aclarar, me produce la misma excitación que una colonoscopia sin anestesia. —¿Siempre tiene que ser tan gráfico? —Nora giró la cabeza lo suficiente para clavarle una mirada venenosa por encima del hombro, iluminando su rostro con la linterna del móvil desde abajo, transformando sus facciones en un teatro de sombras grotescas—. ¿Es una compensación por su incapacidad de expresar emociones reales? ¿O simplemente le gusta el sonido de su voz porque es lo único que le hace caso? —Y hablando de cosas que no tienen remedio —continuó Mateo, ignorando el insulto con la elasticidad de quien ha sobrevivido a reuniones de consejo de administración—, ¿su plan maestro consiste en escondernos en su piso durante el resto de nuestras vidas naturales? Porque, francamente, prefiero enfrentarme a Rodríguez y sus matones con una regla de madera antes que pasar otra hora en compañía de su personalidad, que, si me permite la observación, tiene la textura y el encanto de una lija de grano grueso aplicada sobre testículos sensibles. —Qué poético —murmuró Nora, llegando al rellano del tercer piso y empujando la puerta de chapa metálica que daba al pasillo interior. El metal protestó con un chirrido que debió escucharse en Tetuán—. Debería escribir tarjetas de San Valentín. "Roses are red, violets are blue, eres insoportable y tu madre también". —Mi madre es santa —espetó Mateo, saliendo detrás de ella, sacudiéndose el polvo de los vaqueros con gestos nerviosos—. Y al menos ella me enseñó a usar jabón. ¿O eso que tiene en el cuello es una nueva tendencia de *street style o simplemente no ha descubierto la invención milagrosa de la ducha desde la caída del Muro? Nora se tocó instintivamente el cuello, encontrando una mancha de grasa del trastero que se había extendido hacia su clavícula en una mancha negra y orgánica. Su rostro se contrajo en una mueca de asco. —Es maquillaje de guerra, León. Algo que usted no conocería porque su idea de combate es enviar emails pasivo-agresivos a las doce de la noche con copia oculta a Recursos Humanos. Cruzaron el pasillo a gatas —literalmente, porque las luces del rellano estaban apagadas y no querían siluetearse contra las ventanas que daban al patio interior—, arrastrando rodillas y palmas contra el linóleo agrietado que olía a cera de abejas barata y a resignación. El piso de Nora quedaba al final, junto a la salida de incendios, una ubicación que Nora siempre había considerado "ventajosa para escapar" y que ahora, mientras intentaba introducir la llave en la cerradura con dedos temblorosos de adrenalina, le parecía una trampa de ratón gigante. Mateo se apoyó en la pared frente a la puerta, cruzándose de brazos, observándola con una mezcla de desdén y ansiedad que le daba a su rostro aristocrático la expresión de quien ha olido algo podrido en el caviar. —¿Problemas técnicos? —inquirió, con esa voz melosa que usaba para disfrazar el veneno—. ¿O es que la puerta también la odia? Sería comprensible. Tiene usted ese efecto en las cosas inanimadas. Y en las animadas. Y en todo lo que respira. —Cállate —siseó Nora, logrando finalmente girar la llave. La puerta se abrió con un clic seco—. Y cuando entremos, ni se le ocurra tocar nada. Especialmente mis libros. Especialmente mis planos. Especialmente el aire que respiro. Quiero que se siente en el rincón más alejado, que haga el menor ruido posible, y que idealmente deje de existir en el plano físico, convirtiéndose en una molecula de polvo inofensiva. —Encantador —Mateo cruzó el umbral, inclinándose para quitarse las botas en el felpudo de "Bienvenidos" que había sido irónico en 1985 y ahora era simplemente patético—. Un oasis de hospitalidad. ¿Dónde está la alfombra mágica? ¿El café humeante? ¿La esclava que le lampe los pies mientras planea cómo destruir la economía española con sus ideales arcaicos? Nora encendió la luz del salón. La bombilla de bajo consumo —una de esas que tardaban tres minutos en alcanzar el brillo máximo— parpadeó débilmente, iluminando el espacio con una luz anémica, amarillenta, que hacía que todo pareciera una escena de Blade Runner filmada con presupuesto de comida rápida. El caos arquitectónico que Mateo había visto esa mañana ahora, bajo la penumbra de la noche, adquiría dimensiones bélicas. Los planos colgados de las cuerdas parecían estandartes de un ejército derrotado. Las mesas de dibujo estaban cubiertas de nuevos papeles, fotografías ampliadas en blanco y negro de Rodríguez entrando en un BMW negro, de un plano de demolición con fechas marcadas en rojo, de recibos de obras anónimas. Era un centro de comando de resistencia, no una casa. No había fotos familiares. No había plantas. Había una manta térmica sobre el radiador que no funcionaba y tres gatos que lo miraron desde la mesa camilla con la misma expresión de desaprobación moral que pondría un tribunal de la Inquisición. —Reglas —dijo Nora, dejando los planos robados sobre la mesa de comedor, sujetándolos con un cenicero lleno de colillas ya frías—. Primera: usted duerme en el suelo. Segunda: no uses mi baño. Tercera: si abre la nevera, le corto los dedos. Cuarta: mañana vamos a la reunión de vecinos y usted va a sonreír como si yo fuera la mejor cosa que le ha pasado desde que su padre le enseñó a contar dinero, porque si Rodríguez sospecha que tenemos esos planos, nos arrojarán al río Manzanares con los tobillos atados a bloques de hormigón. Mateo se quedó inmóvil en el centro de la habitación, con las calcetas gastadas sobre el parqué frío, sintiendo el rechazo físico del entorno hacia su presencia. Se sentía como una bacteria en un laboratorio de esterilidad. —Vamos a aclarar algo —dijo, y su voz perdió el tono burlón, adquiriendo una dureza de cristal cortante—. No soy su compañero de fatigas. No soy su socio. Soy su rehén en esta historia absurda. Y si cree que voy a pretender que la soporto, que la deseo, o que incluso la tolero como compañera de especie, está usted más loca de lo que evidencian sus elecciones de decoración. Nora se giró, lentamente. Se había quitado el jersey de lana, quedándose en una camiseta de tirantes blanca manchada de polvo del trastero, y tenía un cuchillo de cocina en la mano —lo había cogido del cajón sin que él se diera cuenta, una acción fluida y natural que resultaba perturbadora— con el que empezaba a cortar una manzana verde sobre un plato hondo. —Oh, no, León —dijo, y el sonido de la hoja cortando la fruta crujió en el silencio—. No es un rehén. Es carne de cañón. Es el escudo humano que caminará delante de mí si hay tiros. Y sí, mañana va a pretender que me ama, porque si no lo hace, le contaré a la comunidad entera cómo encontré en la basura del portal —masticó un trozo de manzana, hablando con la boca llena— sus facturas de psicólogo. Sí, las rebusqué. Sí, leo sus estados de ansiedad generalizada y sus crisis de pánico. Y sí, sería una lástima que el vecindario supiera que el gran lobo de Wall Street local necesita pastillas para dormir porque tiene pesadillas con su propia sombra. El silencio que siguió tuvo peso, temperatura y textura. Mateo sintió que la sangre se le retiraba de la cara, dejándole la piel fría y tirante sobre los pómulos. Se había olvidado de tirar esas facturas. Se había olvidado de que vivían en el mismo edificio, de que ella tenía acceso a sus residuos, a sus desperdicios, a la versión vulnerable de sí mismo que intentaba enterrar bajo capas de trajes caros y arrogancia. —Eso —dijo finalmente, y su voz salió estrangulada, baja, peligrosa— es un crimen de violación de intimidad. —Y demoler patrimonio histórico no —replicó ella, encogiéndose de hombros—. Curioso, ¿verdad? Las leyes son tan selectivas. Mateo dio un paso hacia ella. Luego otro. Se detuvo a metro y medio de distancia, lo suficientemente cerca como para oler el jabón barato que usaba, lo suficientemente lejos como para no poder arrancarle el cuchillo de las manos sin un esfuerzo que le costaría un dedo. —Le propongo un trato —dijo, y sus ojos marrones se habían oscurecido hasta volverse casi negros, brillantes con una furia contenida que resultaba más intimidante que cualquier gritaría—. Usted guarda sus secretos de basura, y yo no mencionaré ante la comunidad que la doctora Vidal, defensora del proletariado y salvadora de edificios, tiene una orden de alejamiento previa de su ex pareja por "conducta obsesiva y acoso". ¿Lo sabía? Oh, sí. También sé buscar en registros públicos. También sé excavar en la mie++a ajena. Nora dejó de masticar. El cuchillo quedó suspendido a medio camino de su boca. Durante un segundo —fugaz, imperceptible si no se le observara con la intensidad con la que Mateo la observaba— algo cruzó sus ojos verdes. No era miedo. Era algo peor. Era vergüenza. Era la cicatriz de una guerra pasada que ella creía bien escondida bajo la armadura de sarcasmo y arquitectura. —Tocado —susurró ella, finalmente, y la sonrisa que esbozó fue grotesca, desdentada, la de una muñeca rota—. Dos puntos para el capitalista sin escrúpulos. Empate. —No es un juego —siseó Mateo. —Todo es un juego, León —respondió ella, dejando el cuchillo sobre la mesa con un golpe sordo—. La vida, la muerte, el amor, el odio. Todo es estrategia. Y ahora —señaló el suelo, donde había una manta raída y una almohada que parecía haber sido utilizada para amortiguar golpes—, duerma ahí. Y si ronca, le corto las cuerdas vocales con ese cuchillo mientras duerme. No es amenaza. Es promesa. Mateo miró el suelo. Miró la manta. Miró a Nora, que ya se alejaba hacia lo que debía ser su dormitorio, con la espalda recta y los hombros tensos como alambres de púas. —¿Y si necesito ir al baño? —preguntó, y odió que su voz sonara a súplica. Nora se detuvo en el marco de la puerta, sin girarse. La luz de la habitación la iluminó de perfil, recortando su silueta en negro contra el amarillo enfermizo del salón. —Hay un cubo en la cocina —dijo—. Es de gato, pero estoy segura de que se sentirá como en casa. La puerta se cerró de golpe. No con fuerza. Con precisión. Un golpe seco que finalizó la conversación más que cualquier grito. Mateo se quedó solo en medio del caos de planos, libros y gatos que lo observaban con ojos reflexivos. Suspiró, se dejó caer sobre la manta raída —que olía a humedad y a algo floral barato intentando disimular la humedad— y miró al techo, donde una grieta en forma de rayo atravesaba la pintura blanca como una cicatriz. —Ojalá te derrumbes —le dijo al edificio, al techo, al universo en general—. Ojalá te derrumbes y nos aplaste a ambos. Desde el dormitorio, la voz de Nora, amortiguada por la madera, llegó clara y afilada: —Lo escuché todo, imbécil. Y sería un honor morir aplastada con tal de verle la cara cuando caiga una viga sobre su ego. Mateo sonrió a la oscuridad. Fue una sonrisa amarga, resentida, pero real. —A dormir, Vidal —gritó—. Mañana tenemos que fingir que nos amamos. —¡Nunca! —respondió ella—. Mañana fingimos que nos toleramos. El amor es para cuando se nos acaben los insultos. Y tengo un vocabulario extenso. —Yo también —murmuró Mateo, cerrando los ojos. Y en algún lugar del edificio, entre las paredes podridas y los cimientos traicioneros, algo crujió. No era el edificio. Era el sonido de dos voluntades de hierro chocando, esperando el momento de ver quién se rompía primero.




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