La junta

capitulo 6

El espejo del baño de Nora estaba agrietado.No era una grieta visible a simple vista; era una fisura sutil, una telaraña de fracturas que se extendía desde la esquina superior derecha como un relámpago congelado en el cristal, distorsionando cualquier reflejo que se atreviera a mirarlo. Mateo descubrió esto mientras intentaba afeitarse con una navaja desechable que ella le había lanzado desde el umbral —"Para que no parezca un mendigo, aunque lo sea moralmente"— junto con una toalla que olía a lavanda barata y a algo más húmedo, más antiguo, como si hubiera sido secada en un balcón orientado al norte durante tres días de niebla.

—Este espejo es una metáfora —dijo Mateo en voz alta, observando cómo su rostro se duplicaba y triplicaba en los fragmentos de cristal, creando un collage cubista de su propia fatiga.

—¿De qué? —gritó Nora desde el salón, donde el sonido de papeles siendo arrastrados sobre madera crujía como huesos rotos.

—De su psique —respondió él, pasando la cuchilla con cuidado por debajo de la barbilla, sintiendo el tirón de los pelos contra el filo desgastado—. Fracturada, distorsionada, y capaz de hacer parecer monstruos a personas inocentes.

—Inocente no es un adjetivo que se le haya aplicado nunca, León —contestó ella, apareciendo de repente en el marco de la puerta, apoyada en el quicio con un brazo extendido, bloqueando la luz del pasillo.

Mateo se sobresaltó. Una gota de sangre brotó de su mejilla, brillante y roja contra la piel pálida.

—Maldicion.

—Hermoso —dijo Nora, sin moverse, observando la sangre con una satisfacción que no intentó disimular—. El primer sangrado del día. Oficialmente es suyo.

Mateo se giró hacia ella, con la mejilla manchada, la camisa blanca —prestada, demasiado estrecha en los hombros, botones que suplican piedad— abrochada incorrectamente, y los ojos inyectados en sangre por la noche en el suelo.

—Necesito que me ayude con esto —dijo, señalando los botones—. No veo nada con esta luz sepulcral.

Nora entró al baño. Era un espacio reducido, claustrofóbico, con azulejos blancos hasta la mitad que habían sido blancos alguna vez pero que ahora tenían un tono amarillento, enfermizo, como dientes de fumador. El olor a moho era constante, imperceptible hasta que se movía algo y liberaba una nueva oleada desde detrás del váter o desde el desagüe de la bañera con cortina de plástico rosa descolorido.

Se acercó. Mateo olió su champú —menta y eucalipto, fresco y agresivo— mezclado con el olor a café reciente de su aliento. Estaba demasiado cerca de nuevo. Siempre demasiado cerca en espacios demasiado pequeños.

—Parece un niño —dijo ella, desabrochando los botones torcidos con dedos rápidos, ágiles, evitando deliberadamente tocar su piel pero fallando, rozando accidentalmente el esternón desnudo bajo la tela—. Un niño gigante, estúpido y mal vestido.

—Y usted parece su niñera abusiva —replicó Mateo, sintiendo el cosquilleo de sus uñas contra su pecho, manteniendo los ojos fijos en el espejo agrietado donde sus reflejos se superponían de formas imposibles—. ¿Siempre viste así para las ejecuciones públicas, o es ocasional?

Nora llevaba un vestido negro de tubo, ceñido, de tela gruesa que parecía armadura moderna, con un cuello alto que ocultaba la mitad inferior de su rostro cuando bajaba la barbilla. Se había recogido el pelo en un moño tirante, severo, que estiraba la piel de sus sienes y le daba un aire de directora de orfanato victoriana. Solo los pendientes —dos aros de plata grandes, pesados, que colgaban hasta la mandíbula— suavizaban la imagen, añadiendo un toque de peligro metálico.

—Visto para la guerra —corrigió ella, abrochando correctamente la camisa, ajustando el último botón con un tirón que rozó la violencia—. Y usted es mi arma descargable. Así que intente no dispararse en el pie durante los próximos sesenta minutos.

Salieron al rellano. El edificio parecía observarlos. Las paredes, pintadas de un verde institucional que imitaba al mármol en las plantas bajas, subían transformándose en un amarillo enfermizo, un rosa empalagoso, un azul de hospital, como si cada vecino hubiera decidido colonizar visualmente su territorio. La escalera principal —la de verdad, no la de servicio de la noche anterior— olía a fritanga de la vecina del segundo, a Colonia de anciano del primero, y a algo indefinible, químico, que subía desde el sótano donde Rodríguez presumiblemente alimentaba sus secretos.

El salón de actos estaba en la planta baja, un anexo añadido a los años setenta con ladrillo visto y ventanas de aluminio que no cerraban bien. Cuando Mateo y Nora entraron —él sosteniendo la puerta con gesto exagerado que ella ignoró, ella entrando primero con la barbilla alta— el ruido de las conversaciones cayó en picado, como si alguien hubiera bajado el volumen de una radio.

Había unas veinte personas. Vecinos. Caras conocidas en el edificio pero extrañas en su contexto social conjunto: la señora del tercero derecha, con su bata de flores aunque eran las seis de la tarde; el joven hipster del cuarto izquierda, con su ordenador portátil como escudo; la pareja de ancianos del primero, sentados en sillas plegables, cogidos de la mano como náufragos; y Rodríguez, en el centro, como un rey enano sobre su trono de plástico blanco, con su camisa rosa y sus carpetas de cuero falso.

—Ah —dijo Rodríguez, y su voz nasal cortó el aire como una sierra—. Los amantes tardíos.

Nora sintió que Mateo tensaba el brazo donde ella lo había enganchado —un gesto teatral para la galería, una farsa de intimidad que resultaba en uñas clavándose en su musculatura— pero su sonrisa no flaqueó.

—¿Amantes? —dijo ella, con una risa cristalina, falsa, perfecta—. Rodríguez, por favor. Eso implicaría que le aguanto más allá de lo estrictamente necesario. Estamos... colaborando. En un proyecto. De índole arquitectónica.

Mateo apretó su mano sobre la de ella, un gesto de advertencia disfrazado de cariño.




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