La junta

capitulo 7

El timbre sonó a las diez y cuarenta y siete de la noche.

No fue el timbre melodioso y elegante de los pisos reformados, ese *ding-dong* digital que imitaba campanas de iglesia suizas. Fue el timbre viejo del edificio, el de botón de baquelita amarillenta y cables expuestos, que emitía un zumbido eléctrico grave, prolongado, parecido al lamento de una vaca moribunda en el campo.

Nora y Mateo estaban en el salón, sentados en extremos opuestos de la mesa camilla —ella con las piernas cruzadas sobre una silla de enea desflecada, él en el suelo con la espalda contra el radiador que no funcionaba— separados por una distancia que pretendía ser oceánica pero que, en los escasos metros cuadrados del piso, resultaba apenas un charco de inhibición. Entre ellos, sobre la madera oscura, yacía el plano robado como un territorio en disputa, iluminado por la única lámpara de pie que funcionaba: una estructura de latón verdigrisado con pantalla de pergamino agrietado que proyectaba una luz ámbar, enfermiza, llena de sombras danzantes.

El zumbido los sobresaltó. Los gatos, que dormían en formación de trébol sobre el sofá defile rojo desgastado, levantaron la cabeza al unísono, seis ojos fosfóricos brillando en la penumbra.

—¿Quién demonios...? —empezó Mateo, poniéndose de rodillas.

—Shh —siseó Nora, con un dedo en los labios, aunque él no había hablado en voz alta.

Se puso de pie con un movimiento felino, descalza, los pies hundiéndose en las tablas del suelo que crujían bajo su peso con gemidos secrets. Se acercó a la puerta con pasos que intentaban ser silenciosos pero que el parqué traicionero convertía en susurros escandalosos. Se inclinó sobre la mirilla.

El pasillo estaba iluminado por la luz de neón del rellano, ese blanco azulado que hacía que todo el mundo pareciera cadáver reciente. Había tres hombres. Uno llevaba un traje gris perla, impecable, con corbata azul marino. Los otros dos vestían monos de trabajo, azules, con el logo de una empresa de sondeos geotécnicos bordado en el pecho. Portaban maletines metálicos y algo que parecía un detector de metales, o quizás un sonar de mano.

—Inspectores —susurró Nora, girándose hacia Mateo, la espalda pegada a la madera de la puerta como si pudiera fundirse con ella—. Martín no pierde el tiempo.

—¿Qué quieren? —Mateo se acercó, agachado, uniéndose a ella junto a la puerta. Su hombro rozó el de ella, y ambos se apartaron un centímetro, un gesto reflejo, muscular.

—Comprobar que somos una pareja feliz y estable, probablemente —murmuró ella, mirándolo de reojo, evaluándolo con ojos que brillaban con pánico contenido—. O buscar los planos. O ambas cosas.

El timbre volvió a sonar, esta vez dos veces seguidas, insistiendo.

—¿Y ahora qué? —preguntó Mateo, sintiendo el pulso en las sienes.

Nora lo miró fijamente. Su rostro, iluminado desde abajo por la luz que se filtraba por debajo de la puerta, parecía una máscara teatral de tragedia griega.

—Ahora —dijo, y su mano se cerró súbitamente alrededor de su muñeca, los dedos fríos pero fuertes—, actúas. Si sospechan que estamos mintiendo sobre nuestra relación, preguntarán por qué. Y si investigan por qué, encuentran los planos. Y si encuentran los planos...

—Lo sé —interrumpió Mateo, mirando esos dedos pálidos sobre su piel, los nudillos blancos por la presión—. Me convertiré en constructor de puentes en una prisión de máxima seguridad.

—Peor —soltó ella, soltándole la muñeca como si le quemara—. Te conviertes en ejemplo. Y yo en cómplice.

Se enderezó. Se alisó el vestido negro, ahora arrugado y con una mancha de café de la mañana cerca de la cadera. Se pasó las manos por el pelo deshecho, intentando domarlo en un gesto inútil.

—Recuerda —dijo, girando el pomo—: me adoras. Estamos enamorados como locos. Acabamos de mudarnos juntos. Compartimos cepillo de dientes y secretos íntimos.

—Odio compartir el cepillo de dientes —murmuró Mateo.

—Yo también —sonrió ella, una sonrisa terrible, afilada—. Así que finge que no te importa.

Abrió la puerta.

El hombre del traje gris —no era Martín, era otro, más joven, con cara de haber sido diseñado en una hoja de cálculo de Excel: rasgos simétricos, pelo corto al milímetro, sonrisa que no alcanzaba los ojos— extendió una mano enguantada en lo que parecía un gesto de cortesía pero que irradiaba autoridad contractual.

—Buenas noches. Disculpen la hora. Soy el arquitecto técnico del fondo. Vengo a realizar una inspección rutinaria previa a la valoración final del inmueble. Tengo entendido que ustedes son... —consultó una tablet— los señores León y Vidal. La pareja del ático.

Nora se apoyó en el marco de la puerta, bloqueando parcialmente la entrada, adoptando una postura que pretendía ser relajada pero que era pura tensión muscular disfrazada.

—Así es —dijo, y su voz se transformó, volviéndose melosa, aguda, una versión de sí misma que Mateo no reconocía—. Somos los tortolitos. ¿Y usted es?

—Garrido —dijo el hombre, y su sonrisa se tensó—. Y necesito acceder al inmueble. Ahora.

—Por supuesto —Nora se apartó, abriendo el paso—. Pase, pase. Estábamos... viendo la tele.

Mentira. No había televisión en el salón. Solo planos, libros, y el caos de una vida que no era doméstica sino guerrillera.

Garrido entró, seguido de los dos operarios con monos. El salón, amplio para los estándares del edificio pero pequeño para contener tanta presencia masculina y tanta hostilidad contenida, pareció encogerse. Los hombres olían a aftershave barato, a caucho de zapatos nuevos, y a algo metálico, frío, que era el olor de la burocracia con poder de destrucción.

Mateo se acercó a Nora y, en un gesto que fue pura teatralidad pero que le costó un esfuerzo físico visible, le pasó el brazo por los hombros. Ella se tensó como arco antes de soltar la flecha, pero no se apartó.

—Cariño —dijo Mateo, y la palabra sonó extraña en su boca, como un sabor nuevo, no del todo desagradable pero alarmante—, estos señores vienen a... ¿inspeccionar qué, exactamente?




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