Mateo despertó con la sensación de estar enterrado vivo en algodón húmedo.
No era una metáfora poética ni el resultado de una resaca etílica —aunque su cabeza palpitaba con el ritmo sordo de los martillos neumáticos que共振aban en algún punto lejano de la ciudad, demolición lejana de algo que no le importaba— sino la constatación física de que había dormido, o intentado dormir, en una posición fetal sobre el borde derecho de un colchón que, lejos de ser el óptimo descanso ortopédico que prometían los anuncios de televisión a las tres de la mañana, era un valle de esprings oxidados y relleno de lana aglomerada que había perdido su elasticidad en algún momento de la transición entre el gobierno de Felipe González y el de Aznar.
La luz que se filtraba por la ventana —una ventana de guillotina con marco de hierro pintado de verde oscuro, cristales empañados por la condensación nocturna que dejaba estelas de humedad en el envés de la madera— era de un gris perla sucio, típico de los noveles de noviembre madrileño donde el sol parece un concepto teórico debatido por filósofos pesimistas. Mateo parpadeó, sintiendo la arena en los ojos, el sabor metálico de la noche mal dormida, y la conciencia aguda de que no estaba solo.
Estaba abrazando una almohada. No, peor: estaba abrazando el borde de una almohada que olía a jazmín y a algo más intenso, cítrico, que identificó como el champú de Nora. Su mano derecha, traicionera y entumecida por la mala circulación, colgaba sobre el lado izquierdo de la cama, en un territorio que había sido declarado zona desmilitarizada pero que ahora, en la luz difusa de la mañana, resulta que había invadido mientras dormía.
Nora no estaba.
El vacío donde debería haber estado ella —el lado izquierdo, próximo a la ventana, donde el frío se condensaba con más furia— estaba deshecho, la sábana revuelta en una espiral que sugería una salida precipitada, o violenta, o ambas. Mateo se incorporó lentamente, sintiendo cada vértebra protestar con crujidos secos que sonaron en la habitación silenciosa como disparos de rifle de aire comprimido.
—Por fin despierta, princesa.
La voz llegó desde la puerta, filosa como cristal roto bajo neumático. Nora estaba apoyada en el marco, vestida con unos vaqueros negros desgastados en las rodillas —no de forma fashion, sino de forma "he arrastrado estos pantalones por un tejado"— y una camiseta de tirantes gris que había sido blanca en otra vida y que ahora, manchada de café y de algo que parecía yeso, le quedaba suelta sobre los hombros, revelando la clavícula con una prominencia que Mateo decidió ignorar por pura supervivencia psicológica. En sus manos, sostenía dos tazas de café que humeaban con determinación, y su expresión era la de quien ha descubierto un error estructural en una catedral gótica: mezcla de desprecio profesional y fascinación morbosa.
—Son las siete y media —dijo ella, acercándose y dejando una de las tazas sobre la mesita de noche con un golpe sordo—. Garrido vendrá a las nueve. Con refuerzos. Y usted ronca como un tractor John Deere con problemas de escape.
—No ronco —murmuró Mateo, tomando el café con ambas manos, sintiendo el calor quemar sus palmas como castigo merecido—. Respiro con determinación. Es diferente. Y usted se robó todas las mantas.
—Las necesitaba más. Tengo metabolismo rápido. Y usted emite calor corporal excesivo. Es como dormir junto a un radiador de los años cincuenta: ineficiente, ruidoso, y potencialmente peligroso si se toca sin guantes.
Mateo bebió el café. Estaba horrible. Estaba quemado, amargo, con un poso de café molido que crujía entre los dientes como arena de playa industrial. Era, sin duda, el mejor café que había probado en semanas, posiblemente porque era el único que le impedía desmayarse sobre la almohada de su enemiga.
—Necesito ducharme —dijo, intentando incorporarse sin revelar que llevaba los mismos vaqueros de ayer y una camisa que parecía haber sido utilizada para limpiar motores.
—Cola —dijo Nora, sentándose en el borde de la cama, lo suficientemente cerca como para que Mateo pudiera oler el jabón que emanaba de su piel, algo herbal y agreste, como romero y tomillo machacados en un mortero de piedra—. Primero yo. Porque si entra usted a ese baño antes que yo, lo convertirá en una zona de guerra biológica y tendré que desinfectarlo con soplete antes de poder usarlo. Y no tenemos tiempo. Garrido no viene solo. Viene con una inspectora de seguridad estructural del Ayuntamiento. Una tal Rivera. Y según los rumores del portal, es más dura que el hormigón armado y tiene menos sentido del humor que una losa de cimentación.
Mateo dejó la taza. El líquido osciló, amenazando con derramarse sobre la madera desgastada de la mesita.
—¿Una inspectora? —su voz cambió, adquiriendo esa textura áspera que usaba cuando hablaba de números rojos o de demandas judiciales—. Nora, si una inspectora entra aquí y ve los planos... si revisa la estructura realmente...
—Lo sé —ella tomó su café, bebiendo con una calma que contrastaba con la tensión de sus hombros, tensos como cables de acero pre-tensados—. Por eso tenemos que actuar. Y por eso, mientras yo me ducho —se levantó, caminando hacia la puerta con esa zancada larga, masculina, que tenía cuando estaba enfocada en un problema— usted va a esconder todo. Los planos, los papeles, el ordenador. Todo va debajo de las tablas del suelo del salón. Hay una trampilla. La encontrará detrás del sofá. Es el único sitio donde no mirarán porque... bueno, huele a gato muerto. Pero es seguro.
—¿Y si Garrido quiere revisar las tablas del suelo?
—Entonces —Nora se detuvo en el umbral del baño, girándose, y la luz del pasillo iluminó su perfil como un relieve romano en una moneda antigua— le seduce. Le dice que es alérgico al polvo. Use su encanto. Eso que tiene. Esa cosa de especulador desesperado pero elegante. Funcionó ayer con la siesta.
Mateo sintió el calor subir por su cuello. No era ira. Era otra cosa, algo que no quería nombrar.