El champán estaba caliente.
No era champán real, claro. Era cava de marca blanca, de esos que vienen en botellas con etiqueta azul desvaída y que cuestan tres euros en el supermercado de la esquina cuando no está cerrado por reformas. Pero Nora lo había sacado de un armario alto —de esos que requieren subirse a una silla y arriesgarse a una caída orbital— y lo había colocado sobre la mesa camilla con una ceremonia que rozaba la blasfemia, junto a dos vasos de yogur lavados a contracorriente.
—Brindemos —dijo, levantando su vaso de yogur con un gesto que pretendía ser triunfal pero que, dado que llevaba puesto un pijama de franela con osos pandas y tenía el pelo suelto cayéndole en madejas sobre los ojos, resultaba más bien adorable de una manera que enfurecía a Mateo.
—Por el fracaso del capitalismo especulativo —continuó ella—. Que sus ruinas sirvan de abono para flores silvestres. Y por los héroes anónimos que se niegan a moverse.
—Estoy vivo —señaló Mateo, sentado en el suelo con la espalda contra el sofá, las piernas estiradas en una postura que dejaba ver la rotura de sus calcetines en el talón derecho—. Y no soy anónimo. Tengo nombre. Y cuenta de LinkedIn. Y un historial crediticio que ahora mismo debe parecer el EEG de un epiléptico en plena crisis.
—Técnicamente, usted es el villano reconvertido —dijo Nora, bebiendo un sorbo de cava que burbujeó en su nariz y le hizo hacer una mueca—. Como Scrooge, pero sin los fantasmas. Aún.
—Y usted es Bob Cratchit, supongo —mateó Mateo, aceptando el vaso de yogur que ella le tendía, sus dedos rozándose en el intercambio, dejando una estela de electricidad estática que hizo que ambos retiraran las manos demasiado rápido—. El empleado explotado que aún así sonríe.
—Exploto a gente, gracias —dijo Nora, sentándose en el suelo frente a él, cruzando las piernas, dejando que el pijama de osos pandas se arrugara en montones de tela azul sobre el parqué—. Y no sonrío. Gruño con elegancia.
Bebieron en silencio. El cava estaba horrible. Ácido, dulzón, con un regusto a metal que sugería que la botella había pasado demasiado tiempo junto a productos de limpieza bajo el fregadero. Pero era alcohol, y era frío, y era suyo.
Mateo observó el salón. Por primera vez desde que había entrado en ese piso —primero como invasor, luego como rehén, ahora como... ¿qué exactamente?— lo veía bajo una luz diferente. La luz de la victoria, aunque fuera parcial, aunque fuera temporal. Los planos seguían colgados de las cuerdas, pero ahora tenían un aire de permanencia, de legitimidad. Los gatos habían reclamado el sofá como territorio conquistado, durmiendo en formación de manada. Y Nora, frente a él, con la luz de la lámpara de pie iluminándola desde atrás, creando un halo en su pelo despeinado, parecía menos una guerrera urbana y más una mujer agotada que había ganado una batalla pero sabía que la guerra apenas empezaba.
—Debemos revisar el búnker —dijo Nora de repente, dejando el vaso sobre la mesa con un chasquido seco—. Mañana. Con luz natural. Y equipo adecuado. Máscaras contra el moho. Linternas potentes. Quizás una cuerda, por si acaso.
—¿Espera encontrar algo más que polvo y ratas mutantes? —preguntó Mateo, girando el vaso entre sus manos, observando cómo las burbujas se adherían a los laterales del plástico como perlas falsas.
—Espero encontrar pruebas —dijo ella, y sus ojos brillaron con esa luz verde, feroz, que él estaba empezando a reconocer como el precursor de sus mejores——y peores——ideas—. Si ese refugio está documentado, si perteneció a algún servicio de defensa pasiva, si hay nombres, fechas... podemos conseguir que el edificio sea Bien de Interés Cultural. No solo protegido. Intocable. Sagrado. Convertimos este agujero en museo, en memorial, en espacio de memoria histórica. Y entonces, ni el fondo con toda su pu*a army de abogados puede tocarnos.
—Nos —corrigió Mateo, antes de poder detenerse.
—¿Qué?
—Dijo "tocarnos". No "tocarte". "Tocarnos".
Nora lo miró fijamente. El silencio se extendió, denso, cargado de electricidad y cava barato.
—Error lingüístico —dijo finalmente, pero su voz había perdido un poco de filo—. El estrés. La victoria. Me vuelve laxa con la sintaxis.
—Laxa —repitió Mateo, sonriendo contra el borde de su vaso—. Esa es una palabra que nunca pensé aplicarle, doctora Vidal.
—Y "victoria" es una que no debería aplicarle a usted, señor León. Al menos no todavía.
Terminaron el cava en silencio cómplice, evitando mirarse demasiado tiempo, concentrándose en el crujido del plástico, en el maullido de los gatos, en los ruidos nocturnos del edificio que ahora, con el descubrimiento del búnker, parecían tener un eco subterráneo, una resonancia de pasados violentos que vibraban en las tuberías.
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El búnker olía a tiempo detenido.
No era solo el moho, aunque había moho en abundancia————manchas negras y peludas que crecían en las juntas de las losas de hormigón como mapas de continentos oscuros. No era solo la humedad, aunque el aire estaba saturado, denso, cargado de partículas de agua que se condensaban en las paredes frías y goteaban al suelo con un ritmo lento, funerario, como un reloj de agua contando eternidades. Era el olor de 1938. El olor del miedo mezclado con esperanza, del formaldehído de los botiquines antiguos, del papel deshecho, del oxígeno escaso breathed por doscientas personas acurrucadas en la oscuridad mientras arriba caían bombas.
Mateo bajó los escalones de piedra con cuidado, la linterna LED —potente, militar, comprada por Nora en una ferretería de barrio abriendo a las ocho de la mañana— cortando el aire oscuro en conos de luz blanca y cruel. Los escalones eran de piedra caliza local, gastados en el centro por décadas de pisadas, húmedos, resbaladizos. La pared de ladrillo que Garrido había derribado con su martillito de juguete yacía en escombros polvorientos, creando un obstáculo que debieron sortear agachándose.