La luz de Madrid entraba por la ventana como una intrusa mal intencionada.
No lo hacía con la delicadeza de las mañanas de primavera, cuando el sol parece disculparse por despertarte. Era la luz gris-amarillenta de noviembre avanzado, una luz que cargaba partículas de smog, de frío, de la resignación de millones de personas que se levantan a trabajar en ciudades donde el cielo es un techo bajo de nubes sucias. Se filtraba por las rendijas de la persiana de madera —una persiana marina antigua, de láminas gruesas pintadas de verde oscuro, agrietadas por el sol de décadas— y proyectaba rayas horizontales sobre la cama, sobre las sábanas revueltas, sobre la piel desnuda de dos cuerpos que no deberían haber dormido juntos pero que lo habían hecho, entretejidos en una geometría de brazos y piernas que ahora, a la luz del día, parecía un accidente arquitectónico.
Mateo despertó con la sensación de estar atrapado en una telaraña hecha de pelo femenino y sábanas de algodón gastado. La cabeza de Nora reposaba sobre su hombro derecho, su aliento cálido y regular contra su clavícula, y su pierna izquierda —pálida, musculosa, con una cicatriz blanca en la rodilla que él no había notado la noche anterior— estaba arrojada sobre sus muslos con una posesión que no admitía discusión. Tenía un brazo dormido, hormigueante, atrapado bajo el peso de ella, y su espalda protestaba contra la curva antinatural del colchón, que tenía un hueco precisamente donde no debería tenerlo.
Se quedó quieto, mirando al techo manchado de humedad, escuchando el sonido de la ciudad despertando: el tranvía que pasaba chirriando en la calle Mayor, el pitido de un coche estacionándose en doble fila, el ladrido lejano de un perro que protestaba contra la existencia misma de las ocho de la mañana. La habitación olía a sexo, sí, pero también a polvo del búnker que aún impregnaba sus cabellos, a café rancio de la taza olvidada en la mesita de noche, y a esa mezcla específica de perfume barato y sudor honesto que es el olor de la intimidad forzada.
Nora se movió. Un gemido bajo, animal, escapó de su garganta mientras estiraba la espalda, arqueándose contra él como un gato, presionando su cadera contra su muslo de forma que Mateo sintió que el aire abandonaba sus pulmones. Entonces ella se quedó quieta. Muy quieta. La respiración cambió, dejando de ser el ritmo profundo del sueño para convertirse en esa tensión alerta de quien acaba de recordar dónde está y con quién.
—Buenos días —murmuró Mateo, mirando la coronilla de su cabeza, donde el pelo castaño se enredaba en madejas rebeldes.
Nora no respondió de inmediato. Se incorporó lentamente, deslizándose fuera del abrazo con una cuidadosa precisión que hería más que un golpe. Se sentó en el borde de la cama, dándole la espalda, y Mateo observó la línea de su espalda desnuda —las vértebras visibles bajo la piel clara, el hueco lumbar donde las sábanas se habían enredado, la curva de sus omóplatos que parecían alas plegadas.
—Es hora —dijo ella, su voz áspera, sin mirar atrás.
—De que me vaya —terminó Mateo, no como pregunta.
—De que evaluemos los daños —corrigió ella, girándose finalmente. Sus ojos verdes estaban hinchados, con bolsas oscuras que el maquillaje del día anterior había dejado en surcos grisáceos bajo sus pestañas. Tenía el labio inferior hinchado —él recordó habérselo mordido, quizás con demasiada fuerza— y una marca roja en el cuello, justo donde se unía el hombro, que parecía un mapa de una isla pequeña y violenta—. Los documentos, León. Están en el recibidor. En el suelo. Donde cualquiera puede verlos si abre la puerta.
Mateo se incorporó, buscando su ropa con la vista. Encontró su camisa negra hecha un ovillo junto al zapato derecho de Nora, sus vaqueros colgando precariamente de la lámpara de pie, y un calcetín que parecía haber alcanzado la independencia en rincón junto al armario. La luz de la mañana le golpeó la cara cuando se movió, y cerró los ojos, sintiendo el martilleo de una resaca emocional más que alcohólica.
—Fueron a por ellos —dijo él, recordando la oscuridad del túnel, las manos de Nora en la suya, el miedo—. Anoche. No eran fantasmas del pasado, Nora. Eran gente real. Con linternas. Y... —buscó su camisa, se la puso, oliéndose a sí mismo y haciendo una mueca—. Y no creo que se hayan ido lejos.
Nora se levantó, envolviéndose en la sábana superior como si fuera un toga, un gesto defensivo que casi hizo sonreír a Mateo de no ser porque ella tenía una expresión de pánico contenido. Caminó hacia la puerta del dormitorio, la abrió unos centímetros, y asomó la cabeza.
—Mie***a —susurró.
—¿Qué?
—Están ahí —dijo ella, cerrando la puerta sin hacer ruido, girándose con los ojos muy abiertos—. En el recibidor. O lo estaban. Hay huellas. En el polvo del suelo. Taconazos. Grandes. Talla 44, quizás 45. Y algo más. —tragó saliva—. Un cigarrillo. Encendido. Olía a tabaco rubio. Y a aftershave caro. No es Garrido. Garrido usa colonia de supermercado. Esto es... Creed. O Tom Ford. Algo que cuesta más que mi alquiler mensual.
Mateo se puso los vaqueros, saltando sobre un pie para meter la pierna, casi cayendo sobre la cómoda.
—¿Alguien entró anoche mientras dormíamos? —su voz salió más alta de lo que pretendía.
—¡Shh! —Nora se acercó a él rápidamente, poniéndole una mano sobre la boca. Su palma olía a jabón y a miedo—. No lo sé. Quizás entraron. Quizás solo asomaron la cabeza por la ventana del rellano. Pero los documentos... —sus ojos se movieron frenéticamente—. Los dejé en el suelo. Junto a la puerta. Son valiosos, Mateo. Más que valiosos. Son la prueba de una traición histórica. Hay gente que mataría por destruirlos. Y gente que mataría por poseerlos.
Mateo quitó suavemente la mano de su boca, pero no la soltó. La sostuvo, sintiendo el temblor de sus dedos.
—Entonces los movemos —dijo, tratando de proyectar una calma que no sentía—. Ahora. Los escondemos mejor. Y luego... —miró a su alrededor, al caos del dormitorio, la ropa esparcida, la evidencia de su intimidad—. Luego llamamos a la policía. O al Ministerio de Cultura. O al ejército.