La junta

capitulo 11

El silencio que dejó el Padre Ignacio tenía sabor a incienso barato y a amenaza no cumplida.

Nora se quedó mirando la puerta cerrada durante exactamente cuarenta y tres segundos —Mateo lo sabía porque contó los segundos en su cabeza, un truco de su infancia para controlar la ansiedad, uno-mississippi, dos-mississippi— hasta que ella finalmente se movió. No fue un movimiento grácil. Fue un desplome controlado, una caída hacia atrás que terminó con ella sentada en el suelo del recibidor, con las piernas cruzadas como si fuera a meditar, rodeada de caos: los zapatos de Mateo, una bolsa de la compra olvidada, y el maletín de cuero marrón que el cura había dejado olvidado como promesa de violencia futura.

—Se ha llevado el dinero —dijo Mateo, innecesariamente.

—Obviamente —respondió Nora, sin mirarlo, sus dedos trazando el borde de la fotografía en blanco y negro que yacía sobre el suelo de baldosas hidráulicas agrietadas—. No es un idiota. Es un negociador. Dejó el cebo, pero se llevó el anzuelo.

Mateo se agachó junto a ella. La luz del recibidor —una bombilla de bajo consumo en un plafón de cristal opaco que colgaba de cables desnudos— proyectaba sombras duras sobre sus rostros, haciendo que Nora pareciera una versión gótica de sí misma, toda pómulos afilados y ojos hundidos. La fotografía mostraba a la pareja de 1938 sonriendo con timidez, él con uniforme republicano desabrochado en el cuello, ella con un vestido que parecía hecho de sombras y tela barata, posando frente a lo que parecía ser una valla publicitaria de Anís del Mono.

—Se parecen a nosotros —soltó Mateo, y luego quiso morderse la lengua.

Nora levantó la vista. Sus ojos verdes brillaban con esa luz peligrosa que precedía a sus mejores y peores decisiones.

—¿A nosotros? —su voz era un filo de cristal—. ¿En qué universo alternativo, León? ¿En el donde usted lucha por ideales y yo arriesgo mi vida por amor? Porque en este, usted lucha por el EBITDA y yo por no perder mi fianza.

—Por la estupidez —corrigió Mateo, señalando la foto—. Mirémoslos. Él sabe que va a morir. Ella sabe que va a perderlo todo. Y aún así están sonriendo como dos idiotas. Como si el hecho de estar juntos les hiciera inmunes a la voladura inminente.

Nora sostuvo la foto contra la luz. La arrugó ligeramente, sin querer. Entonces frunció el ceño.

—Hay algo raro —dijo, acercándola a sus ojos—. En el borde. Mire.

Mateo se inclinó, tan cerca que pudo oler el champú de ella —ya no a jazmín, sino a algo más áspero, romero quizás, del búnker— y el sudor de la tensión. En el borde derecho de la fotografía, casi invisible por el desgaste, había una marca. No una imperfección del papel. Una anotación. Tinta roja, casi borrada por el tiempo.

Cap. III, v. 20. Bajo la lámpara que no ilumina.

—Criptografía de aficionado —murmuró Mateo—. ¿Un versículo bíblico?

—No —Nora estaba de pie de repente, con esa energía nerviosa que la poseía cuando resolvía un puzzle estructural—. Capítulo tres, verso veinte... de qué. Del diario. Del diario de Elena.

Se lanzó hacia el salón, donde los documentos yacían esparcidos sobre la mesa camilla como víctimas de un atraco. Mateo la siguió, tropezando con el maletín vacío, casi cayendo sobre ella mientras ella hojeaba frenéticamente el cuaderno de tapas duras, buscando la página correspondiente.

—Aquí —dijo, su dedo trazando líneas escritas con tinta y la verdosa—. Noviembre 20 de 1938. "Hoy Rafael me trajo una lámpara. Dijo que era para leer cuando las luces se fuesen. Pero es extraña. Tiene un doble fondo. Guarda algo allí dentro, dice, que solo yo debo encontrar. Lo escondimos en el búnker. Bajo la mesa. En el compartimento que él construyó. Pero hay otro. Más profundo. Donde las vigas se cruzan en ángulo recto. Donde el agua gotea y forma charcos. Ahí está la verdad que no puede salir a la luz."

Mateo leyó por encima de su hombro. Su mano descansaba en la nuca de ella, instintivamente, un gesto de protección o posesión que ninguno de los dos cuestionó en ese momento.

—Entonces no son solo papeles —dijo Mateo—. Hay algo físico. Una prueba tangible. Una... ¿lámpara?

—O lo que hay dentro de la lámpara —Nora cerró el diario de golpe, levantándose, chocando contra el pecho de Mateo, no retrocediendo—. Tenemos que volver al búnker. Ahora. Antes de medianoche. Si el Padre Ignacio cree que solo tenemos papeles, bien. Pero si encuentra la lámpara primero...

—Nos mata —terminó Mateo.

—O peor —dijo Nora, y su sonrisa fue terrible—. Nos deja vivir para ver cómo lo destruye todo.

El reloj de la cocina —uno de esos de pared con forma de gato, ojos moviéndose con cada tic-tac, legado de alguna abuela olvidada— marcaba las dieciocho cuarenta y siete. Tenían cinco horas y trece minutos.

—Necesitamos equipo —dijo Mateo, moviéndose hacia la puerta, buscando sus zapatos—. Luces. Herramientas. Y comida. Si vamos a cavar en ese agujero...

—No vamos a cavar —Nora desapareció en su dormitorio, emergiendo con dos mochilas de senderismo, una verde atrocidad de los ochenta y otra negra más moderna—. Vamos a recuperar. Hay diferencia. Una es para arqueólogos, la otra para ladrones. Yo soy arqueóloga. Usted... bueno, supongo que puede ser mi cómplice ladrón por una noche.

—Honra que no merezco —murmuró Mateo, tomando la mochila negra, revisando su contenido: cuerda, linterna frontal, botiquín, y algo que parecía una palanca de acero corto—. ¿Desde cuándo prepara mochilas de emergencia para excavaciones clandestinas?

—Desde que compré este piso y descubrí que el sótano olía a secretos —dijo ella, poniéndose una chaqueta de cuero viejo, gastada en los codos, que olía a tabaco y a libertad—. Vamos. Y póngase algo caliente. El búnker baja quince metros bajo el nivel de la calle. La temperatura es constante... diez grados bajo cero.

—Exageración —dijo Mateo, pero se puso el abrigo que ella le lanzó —uno de ella, demasiado estrecho en los hombros, hueléndola intensamente.




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