La junta

capitulo 12

La oscuridad tenía peso específico.

No era la ausencia liviana de luz que se experimenta en una habitación con cortinas cerradas, sino una masa densa, opresiva, que ejercía presión contra los tímpanos y los pulmones como si el aire mismo se hubiera vuelto cemento húmedo. Mateo lo sintió nada más tocar el suelo del túnel —una caída de metro y medio que Nora había negociado con la agilidad de una gata callejera, mientras él descendía como un saco de escombros—: el frío no mordía, aplastaba, una fuerza hidrostática que subía desde los cimientos de Madrid como recordatorio de que la ciudad entera descansaba sobre capas de historia enterrada, de guerras olvidadas, de secretos que aguardaban con la paciencia geológica de las rocas sedimentarias.

—Respire por la nariz —ordenó Nora, su voz amortiguada por la densidad del aire—. El oxígeno es limitado aquí abajo. Y usted ya consume demasiado espacio.

—Es mi metabolismo basal —replicó Mateo, ajustándose la linterna frontal que ella le había dado—. Algunos de nosotros tenemos masa muscular. No somos todos estructuras esqueléticas con delirios de persecución.

—Cállese.

—Encantado.

Encendieron las luces. Dos conos de LED blanco que cortaron la negrura revelando geometrías imposibles: un túnel circular de ladrillo de principios del siglo XX, con una viga de refuerzo de hierro fundido que atravesaba el espacio en diagonal, formando un ángulo agudo que obligaba a agacharse. El suelo era tierra apisonada, pero no tierra normal: estaba salpicada de escamas blancas —sal, quizás, o yeso, o el residuo de algún derrumbe químico— que crujían bajo sus botas como nieve sucia. Las paredes rezumaban humedad, no gotas claras sino una película viscosa, untuosa, que reflejaba la luz con el brillo enfermizo de la mucosidad.

—El mapa —dijo Nora, sacando una fotocopia arrugada del bols interior de su chaqueta—. Según los planos de Rafael, la cámara principal está a cuarenta metros de la entrada secundaria. Pero hay un desvío. Una galería de alivio construida por si el túnel principal colapsaba.

—¿Y si colapsa mientras estamos aquí? —preguntó Mateo, tocando la viga de hierro, sintiendo el óxido bajo sus dedos como arena de playa industrial—. ¿Cuál es el plan B?

—Morir con dignidad —respondió ella, ya caminando—. Y dejar un cadáver elegante. Así que quite esa camisa ridícula y trate de no tropezar. Pesa demasiado para llevarla a cuestas en una fuga.

Mateo miró su camisa —era la negra, la que había llevado todo el día, ahora con manchas de óxido y sudor— y consideró discutir, pero optó por seguirla, agachado, con la espalda rozando el ladrillo húmedo que le empapaba la tela entre los omóplatos.

Avanzaron en fila india, porque el túnel no admitía otra formación. Nora iba primero, su silueta iluminada desde atrás por la linterna de Mateo creando sombras alargadas que bailaban en las paredes curvas como espectros de yeso. El olor cambió conforme descendían: dejó de ser solo moho para convertirse en algo más complejo, una mezcla de pólvora rancia —residuo de los años treinta—, agua estancada con algas fosforescentes, y un dulzor metálico que Mateo identificó, con el instinto atávico de los mamíferos, como peligro.

—¿Oye eso? —susurró Nora, deteniéndose abruptamente.

Mateo chocó contra ella. Su pecho contra su espalda, sus manos instintivamente agarrándole las caderas para no caer. Ella no se quejó del contacto. Estaba rígida, alerta, como punta de flecha en tensión.

—No —dijo Mateo, pero entonces lo oyó.

Un sonido rítmico, mecánico, que venía del fondo del túnel. Clack-clack. Clack-clack. Como metrónomo. O como pasos secos sobre metal.

—No somos los únicos —respiró Nora, girándose para mirarlo a la cara, sus ojos verdes brillando con un pánico que ella intentaba disimular tras el sarcasmo—. Ese hijo de pu*a del cura no esperaba a medianoche. Nos siguió.

—O nos precedió —dijo Mateo, apagando su linterna, sumiéndolos en una oscuridad absoluta que palpitaba contra sus párpados—. Retrocedamos.

—No hay sitio para girar —siseó ella—. El túnel es demasiado estrecho. Tendríamos que ir marcha atrás, y eso es más lento. Y más ruidoso.

El sonido se acercó. Clack-clack.Acompañado ahora de una luz: un fulgor tenue, amarillento, que danzaba en las paredes como reflejo de vela, pero demasiado estable para ser fuego. Era una linterna. Una potente.

—La galería de alivio —dijo Nora, tomándole la mano a Mateo en la oscuridad, guiándole—. Aquí. A la derecha. Tres pasos. Hay una puerta de hierro. Empuje.

Mateo extendió la mano, tanteando, encontrando el frío metal de una compuerta oxidada. Empujó con el hombro, aplicando fuerza. El metal chilló, protestando contra décadas de abandono, pero cedió. Entraron en un espacio más pequeño, cuadrado, que olía a cerrado y a... papel. A papel viejo, a tinta, a encuadernación de cuero.

Nora encendió su luz. Estaban en una cámara secundaria, no más grande que un ascensor industrial, con estanterías de madera podrida que colapsaban contra sí mismas como dominó detenido. Y en el centro, sobre un pedestal de ladrillo —un altar improvisado— había un objeto.

Era una lámpara de escritorio. De esas de banquero, con pantalla de cristal verde y base de latón macizo, del tipo que se ve en películas noir de los cuarenta. Estaba intacta, impoluta, como si alguien la hubiera limpiado ayer. A su lado, una caja de metal negro del tamaño de un ataúd infantil.

—Eso es —susurró Nora, acercándose con reverencia involuntaria—. La lámpara. Rafael la menciona en el diario. "Donde la luz esconde la verdad".

Mateo se acercó a la caja. Tenía un candado, pero viejo, de combinación de tres rodillos. Lo tocó, y el metal se deshizo literalmente bajo sus dedos —corrosión electroquímica, pensó, o magia oscura del subsuelo— dejando la tapa suelta.

—Nora —llamó, con voz extraña—. Ven a ver esto.

Ella se giró, dejando la lámpara un momento. Juntos levantaron la tapa de la caja.




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