Atocha no dormía nunca, pero a las tres de la mañana fingía un sopor inquieto.
La estación histórica —la de Gustave Eiffel, la de hierro forjado y cristal, la que había sobrevivido a incendios, bombas y reformas neoliberales— respiraba con dificultad bajo la luz artificial de sodio que teñía de naranja enfermizo los andenes vacíos. Los trenes nocturnos llegaban y partían con un susurro de ruedas sobre raíles, como serpientes mecánicas arrastrándose por túneles de oscuridad, mientras los viajeros irreales —los que toman trenes a las tres de la mañana— se movían por los andenes como almas en pena, envueltos en abrigos demasiado grandes, arrastrando maletas con ruidos que resonaban en el silencio catedralicio del vestíbulo.
Mateo y Nora entraron por la puerta de acceso a los andenes de cercanías, sudando a pesar del frío de noviembre, con la ropa manchada de tierra del búnker y los ojos inyectados en sangre. La seguridad de la estación —un guardia privado en una cabina de cristal, medio dormido frente a monitores que mostraban bucles de cámaras de vigilancia— ni siquiera los miró. Tenían el aspecto de cualquier pareja que hubiera discutido en un bar hasta la hora del cierre y ahora buscaba refugio en el último tren a ninguna parte.
—"Entre dos estaciones" —murmuró Nora, leyendo de nuevo la carta arrugada que guardaba en el puño—. Qué poético. Qué vago. Qué absolutamente inútil para la navegación práctica.
—Rafael era ingeniero, no GPS —dijo Mateo, tambaleándose ligeramente, agarrándose a una columna de hierro fundido para no caer. Le dolía todo. Las rodillas, donde se había raspado subiendo por el conducto, sangraban discretamente dentro de los vaqueros. La espalda le rugía en protesta por el esfuerzo de la huida. Y el pecho... el pecho le dolía de una forma diferente, un dolor agudo que no tenía nada que ver con el esfuerzo físico y todo que ver con la forma en que Nora lo había mirado cuando emergió del conducto, como si fuera el único punto fijo en un universo que se desmoronaba—. Pensó como un hombre que construye puentes. Lógica estructural. "Entre dos estaciones" significa literalmente entre dos andenes. Físicamente.
Nora se detuvo bajo la bóveda de hierro y cristal. La estructura de Eiffel —o más bien de su discípulo, el ingeniero Saint-James— se alzaba sobre ellos como un bosque metálico de palmeras industriales, con sus arcos de celosía formando geometrías góticas que desafiaban la gravedad y el tiempo. La luz se filtraba tenue a través de los cristales emplomados, proyectando sobre el suelo de baldosas hidráulicas —rojas, amarillas, azules, en patrones que imitaban alfombras orientales— un mosaico de sombras y resplandores que hacía que el suelo pareciera agua estancada.
—Físicamente —repitió ella, girando sobre sí misma, observando los números de los andenes—. El andén 2 y el 3 están separados por una vía. El 10 y el 11 también. Podría ser cualquiera.
—No —Mateo sacó de su bolsillo el otro documento que había tomado de la caja, una fotografía que habían pasado por alto en la prisa de la huida—. Mire esto. En el reverso. Coordenadas.
La fotografía mostraba a Rafael y Elena, pero no en el búnker. Estaban en una terraza, con el fondo difuminado pero reconocible: la cúpula de la estación de Atocha, vista desde arriba. Y en el reverso, escrito a lápiz, casi borrado: "Andén 14. Entre el tren que llega y el que se va. En el hueco del reloj."
—El andén 14 —dijo Nora, mirando hacia el fondo del vestíbulo—. Pero los andenes de cercanías solo llegan al 10. El 14 es... ¿la remodeling? ¿La ampliación del AVE?
—No —Mateo ya caminaba, arrastrándola consigo con una urgencia que no admitía discusión—. El 14 es el andén fantasma. El que no existe en los planos oficiales. El que quedó atrapado entre la estación vieja y la nueva, cuando construyeron el jardín tropical.
Cruzaron el vestíbulo a paso rápido, pasando junto al jardín tropical —ese oasis absurdo de palmeras y helechos que crecían bajo la cubierta de cristal, un recordatorio de que la naturaleza siempre reclama su espacio, incluso en templos de hierro y humo—. El aire allí era húmedo, cargado de clorofila y de la neblina de los aspersores automáticos que mantenían vivas las plantas ajenas a la historia que se desarrollaba entre sombras.
Al final del vestíbulo, donde la estación nueva —esa catedral de hormigón y acero inoxidable diseñada por el ganador de algún concurso arquitectónico de los noventa— se tragaba a la vieja, había una puerta. No una puerta para pasajeros. Una puerta de servicio, de chapa metálica gris, con un cartel desvaído que decía "PROHIBIDO EL PASO. PERSONAL AUTORIZADO". Y sobre ella, un reloj antiguo, de esos de esfera circular y números romanos, detenido en las 11:47. El reloj que no marcaba el tiempo, sino que lo recordaba.
—"En el hueco del reloj" —susurró Nora, tocando el marco de hierro forjado del reloj—. Mateo, esto es...
—Una puerta falsa —dijo él, empujando el marco.
El reloj cedió. No como puerta, sino como panel completo. Detrás había un hueco oscuro, una escalera de caracol de hierro que ascendía en espiral hacia la oscuridad, hacia el entramado de vigas que sostenía el techo, hacia el espacio entre el cielo de cristal y la realidad de los andenes.
Subieron. La escalera crujía con cada pisada, un sonido metálico que parecía amplificarse en el silencio de la madrugada. Diez escalones. Veinte. Treinta. Subieron hasta que el jardín tropical se convirtió en un borrón verde bajo sus pies, hasta que los andenes parecían maquetas, hasta que el hormigón cedió el paso a una estructura de madera antigua, un entarimado que crujía bajo el peso de secretos.
Eran el andén 14.
No era un andén como los demás. No había vías. Era una plataforma estrecha, de apenas dos metros de ancho, que se extendía entre la estructura de hierro de la estación vieja y el muro de contención de la nueva. Un espacio olvidado, un error de cálculo arquitectónico, un intersticio entre dos épocas. Y en el centro, protegido por una barandilla de hierro oxidado, había una puerta de madera. No de seguridad. De vivienda. Una puerta de casa, con mirilla, con número —el 14 tallado en latón verdigrisado—, con un buzón colgando torcido.