El aire que aspiraron mientras caían no era aire.
Era una mezcla espesa de humedad tropical —proveniente del jardín de Atocha que pululaba bajo la cubierta de cristal— y el frío metálico del vacío estructural entre ambas estaciones. Mateo tuvo tiempo de pensar, absurdamente, en física newtoniana: ·"velocidad inicial cero, aceleración 9.8 m/s², distancia aproximada ocho metros, impacto inminente en 1.28 segundos". Luego dejó de pensar porque Nora le besó.
Fue un beso de caída libre. Desesperado, con lengua y dientes, un acto de definsa biológica contra la muerte inminente. Sus bocas se encontraron en el vacío mientras sus cuerpos giraban, mientras la oscuridad envolvente los absorbía como un manto de lana mojada, mientras el ruido del aire cortado por sus ropas silbaba en sus oídos como el ulular de una sirena lejana.
Impacto.
Pero no fue el crujido óseo esperado. Fue un chapoteo húmedo, denso, como caer sobre una cama de musgo gigante. Mateo hundió su rostro en algo que olía a tierra viva, a raíces podridas, a descomposición vegetal acelerada. La oscuridad era absoluta, pero el olor lo ubicaba: habían caído en el jardín tropical. No en el sendero de paseo, sino en una de las zonas de mantenimiento, entre helechos de tres metros y monstera deliciosa con hojas del tamaño de paraguas.
—¿Vivos? —jadeó Nora, escupiendo tierra, buscando su mano en la penumbra.
—Doloroso —respondió él, intentando moverse, sintiendo que sus costillas protestaban pero no cedían—. Pero estructuralmente intacto. Usted... ¿entera?
—Un esguince. Nada grave. —Se oyó el ruido de ella poniéndose de pie, el crujido de hojas bajo sus pies—. Mateo, mire hacia arriba.
Mateo levantó la vista. Entre la espesura de la vegetación, apenas visible, estaba el hueco por el que habían caído. La ventana del andén 14 brillaba como un rectángulo de luz amarillenta a unos seis metros de altura. Y en ese rectángulo, se recortaba la silueta de Ignacio.
—No puede saltar —murmuró Mateo—. Con esa edad, con ese peso... se rompería las piernas.
—Puede bajar por la escalera —dijo Nora, tomando su brazo, tirando de él para levantarlo—. Tenemos... ¿cuánto? ¿Dos minutos?
—Menos. —Mateo se incorporó, tambaleándose, evaluando el entorno.
El jardín tropical de Atocha era una selva postmoderna. En la oscuridad de la noche, con la iluminación de seguridad apenas filtrándose entre las hojas, se convertía en un laberinto de sombras. Palmeras que se alzaban como columnas dóricas vivas, helechos que colgaban como cortinas de terciopelo verde, y senderos de baldosas que serpenteaban entre macizos de plantas carnívoras —sarracenias y dionaeas que en la oscuridad parecían bocas esperando.
—Por allí —dijo Nora, señalando hacia donde el verde se volvía más denso—. El acceso de mantenimiento. Debe haber una puerta hacia los andenes.
Caminaron arrastrándose, con Mateo apoyándose en el hombro de ella, dejando un rastro de hojas rotas y tierra removida. El dolor en el tobillo de Mateo era agudo, punzante, pero manejable. Lo que no era manejable era el terror: la sensación de ser presa en un terrario gigante, observados desde arriba por un depredador que conocía mejor el terreno.
—Nora, espera —jadeó Mateo, deteniéndose junto a un tronco de palmera caído—. La carta. La llave. ¿Las tienes?
Ella metió la mano en el bolsillo interno de su chaqueta de cuero —milagrosamente aún intacta— y sacó el papeleto amarillento.
—Aquí. Pero la llave... —palpó otros bolsillos, frunciendo el ceño—. Mie**a. Se cayó. En la caída, o...
—O está en el suelo, entre las plantas —terminó Mateo—. O en el apartamento, donde Ignacio puede encontrarla.
—Entonces tenemos que volver —dijo Nora, con una determinación que sonaba a suicida.
—¿Volver? ¿Subir de nuevo? —Mateo señaló hacia arriba—. Está armado, Nora. Con un machete, por si no lo había notado. Y probablemente con la pistola también.
—No podemos dejar la llave —insistió ella, su voz subiendo de tono, el pánico asomando por primera vez—. Es la única forma de abrir el pilar número 7. Sin ella, todo esto... todo esto es para nada. Rafael murió por esto, Mateo. Y Elena vivió treinta años sola esperando... esperando que alguien encontrara la verdad. No podemos...
Un ruido cortó su frase. El chirrido de la puerta del andén 14 abriéndose. Luego pasos. Cuidadosos, metódicos, bajando por la escalera de caracol.
—Se separaron —susurró una voz. La de Ignacio, pero distorsionada por la distancia y la locura—. Inteligente. Pero el jardín tiene cámaras, queridos. Cámaras de seguridad. Y yo... yo tengo amigos en seguridad.
Mateo y Nora se miraron. En los ojos de ella, Mateo vio el reflejo de su propio miedo, pero también algo más: furia. Furia histórica, ancestral, la de quien ha descubierto que su presente está construido sobre mentiras del pasado.
—Entonces no huimos —dijo Nora, su voz bajando a un susurro conspiratorio—. Lo atraemos. Hacia el invernadero húmedo. Hacia las puertas de cristal que dan a la nueva estación.
—¿Y luego?
—Y luego —ella sonrió, una sonrisa que en la penumbra verde parecía felina—. Empujamos.
No esperaron más. Se movieron con el sigilo que otorga la desesperación, deslizándose entre las plantas, hacia la zona climatizada del jardín, donde el aire era más denso, más cálido, donde las gotas de condensación caían de las hojas como lluvia en cámara lenta. El invernadero estaba cerrado con llave por la noche —un recinto de cristal que separaba el jardín histórico de la zona de restauración— pero Nora sacó de su mochila una herramienta que Mateo no había visto antes: un pisacables industrial, pesado, capaz de cortar metal.
—¿Siempre lleva eso? —susurró Mateo.
—Soy arquitecta —respondió ella, aplicando la herramienta a la cerradura eléctrica—. No objete.
La cerradura cedió con un chispazo azul. Entraron al invernadero. El calor los golpeó como una pared: treinta grados, ochenta por ciento de humedad, un ambiente de selva ecuatorial en medio de Madrid. Las orquídeas colgaban en macetas de malla, creando cortinas vivas que ocultaban su paso.