La alarma de incendios de la estación de Atocha no sonaba como se suponía que debía sonar una alarma. No era el *beeeep-beeeep* clínico y moderno de los centros comerciales, ni el ulular teatral de las sirenas de guerra antiguas. Era un gemido híbrido, una mezcla de frecuencias electrónicas rotas y campanas neumáticas que databan de la reforma de los años noventa, un sonido que se colaba por los conductos de ventilación como si el propio edificio estuviera tosiendo sangre.
Mateo corrió agarrando la mano de Nora con fuerza suficiente para fracturarle los metacarpianos, aunque ella no se quejó. Corrían por el vestíbulo de la estación nueva, ese espacio de mármol blanco y acero inoxidable que parecía una catedral secular dedicada al dios del AVE, mientras el suelo vibraba bajo sus pies con una frecuencia baja, animal, que hacía que los dientes castañetearan y que las pantallas de información de salidas se oscilaran peligrosamente en sus soportes.
—¡Suélteme la mano, imbécil! —gritó Nora, tratando de liberarse sin detenerse—. ¡Le estoy perdiendo la circulación!
—¡Entonces corra más rápido! —respondió Mateo, sin volverse, su voz ronca por el esfuerzo y el polvo que ya comenzaba a filtrarse desde la estructura vieja, una nube fina, grisácea, que descendía desde el techo como niebla venenosa—. ¡Si se queda atrás, le piso!
—¡Romántico hasta el final!
Llegaron a la confluencia entre la estación vieja y la nueva, ese punto arquitectónicamente violento donde el hierro forjado del siglo XIX se encontraba con el hormigón vidriado del XXI como dos eras que se odiaban. El caos ya se había apoderado del lugar. Los pocos viajeros nocturnos —un grupo de adolescentes con mochilas de interrail, un hombre con traje arrugado durmiendo en un banco, dos policías nacionales tomando café de máquina— corrían o se parapetaban bajo las estructuras, confundidos, preguntándose si era un atentado, un terremoto, o simplemente otra noche más en Madrid.
Mateo se detuvo junto a una columna de mármol, jadeando, sintiendo que los pulmones le ardían como si hubiera inhalado vidrio pulverizado. Nora se apoyó a su lado, con la espalda contra la fría piedra, y por un segundo, ambos se miraron con la misma expresión de terror calcificado que comparten los sobrevivientes de naufragios cuando llegan a la orilla y descubren que han perdido las piezas del ajedrez.
—Ese hijo de pu*a —jadeó Nora, limpiándose el sudor de la frente con el puño, dejando una mancha de tierra del jardín tropical en su piel—. Va a volar todo. No solo el pilar. Todo.
—Cinco minutos —dijo Mateo, consultando su reloj. Las manecillas parecían moverse con maldad deliberada—. Dijo que conectaría el resto en cinco minutos. Son las tres y doce. Tenemos... tres minutos.
Nora miró hacia atrás, hacia el jardín tropical. La niebla de polvo ya lo había envuelto todo, creando una escena onírica, irreal, como si la selva hubiera decidido invadir la ciudad en venganza por siglos de conquista. En la penumbra verde filtrada por el polvo, distinguieron la silueta de Ignacio caminando con paso tranquilo, casi procesional, hacia la salida de servicio. Llevaba el mando en la mano levantada, como un sacerdote que bendice a la multitud con un relicario.
—Va a salir —susurró Nora—. Y luego... presionará el botón. Desde fuera. Desde la seguridad de la calle.
—No podemos dejar que salga —dijo Mateo.
—¿Y lo detenemos? ¿Con qué? ¿Con sarcasmo? —Nora se apartó de la columna, enfrentándole, con los ojos brillando con esa furia específica que reservaba para él—. ¡Usted no es policía, León! ¡Ni siquiera es valiente! ¡Hace una semana estaba dispuesto a derribar edificios por dinero!
—Y usted estaba dispuesta a odiarme solo porque llevaba corbata —espetó Mateo, agarrándola por los hombros, zarandeándola una vez, fuerte—. ¡Pero aquí estamos! ¡En medio de esto! ¡Juntos! Así que deje de lado su orgullo arquitectónico y piense... piense como ingeniera. ¿Cómo detenemos esto?
Nora lo miró fijamente. El polvo se adhería a sus pestañas, haciendo que parpadeara rápidamente. El ruido de la estructura vieja gimiendo se hizo más intenso, un crujido metálico que subía por las escalas musicales de la desesperación.
—No podemos detener la dinamita desde aquí —dijo, finalmente, su voz perdiendo el filo sarcástico, volviéndose técnica, profesional—. Si es plástico C-4, está programada. El mando es solo el detonador remoto. Pero... —miró hacia arriba, hacia el entramado de vigas que sostenía el techo—. Pero podemos desconectar la corriente.
—¿La luz?
—El sistema de detonación necesita energía —explicó ella rápidamente, quitándose la chaqueta de cuero, quedándose en una camiseta blanca empapada de sudor y mugre, revelando los músculos tensos de sus brazos—. Si cortamos la electricidad del sector, los detonadores no reciben la señal. Es un diseño antiguo. Cutre. Professional courtesy entre terroristas aficionados.
—¿Y dónde está el cuadro eléctrico?
Nora señaló hacia la pared norte del vestíbulo, hacia una puerta de metal gris con el cartel de "CUARTO DE INSTALACIONES. ALTA TENSIÓN".
—Ahí. Pero seguro está cerrado. Y vigilado. Y...
—Y yo tengo esto —Mateo sacó de su bolsillo trasero un objeto que había recogido del suelo del jardín tropical durante la caída: el pisacables industrial de Nora, pesado, brutal, efectivo.
Nora sonrió. Fue una sonrisa breve, salvaje, que transformó su rostro angustiado en el de una guerrera.
—Está aprendiendo, León.
—Soy un alumno aventajado —respondió él, devolviéndole la herramienta—. Vamos.
Cruzaron el vestíbulo corriendo en zigzag, entre columnas de mármol y bancos de espera volcados. Ignacio los vio. Estaba ya cerca de la salida de servicio, pero giró la cabeza, y aunque no podían verle la cara, sintieron su sonrisa.
—¡Demasiado tarde, niños! —gritó, su voz resonando en el espacio vacío, mezclándose con el gemido de las sirenas—. ¡El tiempo se acabó!