La junta

capitulo 16

El silencio que siguió a la detención de Ignacio no fue un silencio de paz, sino el silencio aturdido de un campo de batalla donde los cañones acaban de dejar de resonar y solo quedan los gemidos de los heridos y el chirrido metálico de la estructura agrietada que protesta contra su propia supervivencia. La estación de Atocha, envuelta en una neblina de polvo de yeso y el olor acre de los cables quemados, respiraba con dificultad bajo las luces de emergencia que parpadeaban con intermittencias nerviosas, como párpados que intentaran despertar de una pesadilla.

Mateo estaba sentado en el borde de una de las banquetas de mármol del vestíbulo, una banqueta fría y ergonómica diseñada para que nadie durmiera cómodo, con las manos colgando entre las rodillas y la mirada fija en el suelo de granito pulido donde sus gotas de sangre —de un corte en la ceja que ni siquiera recordaba haber recibido— formaban pequeños charcos oscuros que el personal de limpieza aún no se atrevía a fregar. Llevaba treinta y siete minutos en esa posición, contando los segundos entre parpadeo y parpadeo, mientras los bomberos enrollaban mangueras y los técnicos de la policía judicial tomaban fotografías de la puerta del cuarto eléctrico donde había ocurrido... ¿qué exactamente? ¿Una pelea? ¿Un acto de terrorismo frustrado? ¿Una cita romántica que había salido mal?

—Señor León.

La voz llegó desde arriba. Mateo levantó la vista lentamente, sintiendo el cuello crujir como si los huesos hubieran sido reemplazados por óxido. Un policía joven, con el uniforme arrugado y ojos de quien ha visto demasiado en una noche, sostenía una manta térmica plateada que brillaba bajo las luces de emergencia como un artefacto alienígena.

—Tome. Está en shock. Necesita mantener la temperatura.

Mateo aceptó la manta con dedos entumecidos. No por el frío —aunque noviembre se colaba por las puertas abiertas de la estación— sino por la adrenalina que abandonaba su cuerpo en oleadas que dejaban temblores incontrolables en sus extremidades. Se envolvió en el material sintético, que crujió como papel de aluminio, y volvió a mirar al suelo.

—¿La señora? —preguntó, y su voz sonó extraña, distante, como si hablara desde el fondo de un pozo.

—Está siendo atendida por el médico forense —respondió el policía, señalando hacia el otro extremo del vestíbulo—. Lesiones leves. Contusiones. La interrogarán después. Deben quedarse en la zona. Ambos. Son testigos clave.

Mateo asintió sabiendo que no debía asentir, porque su cabeza pesaba toneladas. Miró hacia donde señalaba el policía. Nora estaba allí, sentada en una silla plegable que alguien había traído de algún lado, con la chaqueta de cuero finalmente puesta sobre los hombros, aunque estaba rota en el lado izquierdo, colgando de un hilo. Una médica con guantes de látex limpiaba un rasguño en su brazo con un algodón que se tiñó de rojo inmediatamente. Nora no miraba la herida. Miraba hacia Mateo.

Y cuando sus ojos se encontraron a través de la distancia polvorienta del vestíbulo, algo cambió. No fue un relámpago. Fue un derrumbe. Una avalancha de ladrillos emocionales que enterró bajo toneladas de escombros la última resistencia que ambos mantenían erguida como muro de contención entre ellos.

Mateo vio cómo Nora se levantaba, ignorando los gritos de la médica que intentaba terminar de limpiar la herida, y cómo caminaba hacia él. No corría. Caminaba con esa determinación suya, esa zancada larga y masculina que tenía cuando estaba enfadada o decidida, y Mateo supo, con la certeza absoluta que otorga el cansancio extremo, que iba a odiar lo que ella fuera a decir, o que iba a amarlo, o ambas cosas simultáneamente.

Se detuvo a un metro de distancia. El policía se había apartado discreta o indiscretamente, dándoles espacio que no habían pedido.

—Estás sangrando —dijo ella. Sin sarcasmo. Sin filo. Solo constatación.

—Tú también —respondió Mateo, señalando su brazo con un gesto vago de la barbilla.

—Son rasguños.

—Yo también tengo rasguños.

Se miraron en silencio. El ruido de la estación —las voces de los técnicos, el zumbido de los generadores de emergencia, el traqueteo lejano de un tren que pasaba por vías no afectadas— se convirtió en un telón de fondo estático, una interferencia blanca que borraba el mundo exterior.

—Tenemos que irnos —dijo Nora, bajando la voz, inclinándose hacia él de forma que su pelo, suelto ahora, cayó como cortina entre ellos y el resto del mundo—. Ahora. Antes de que nos separen. Antes de que incauten... todo.

Mateo rio. Fue un sonido seco, desprovisto de humor.

—¿Irnos? Nora, acaban de arrestar a un cura terrorista. Hay media docena de policías. Somos testigos de un intento de atentado. No nos vamos a ningún lado excepto a una comisaría a declarar durante seis horas.

—Tienes dinero —dijo ella. No preguntaba.

—¿Qué?

—Dinero. Tarjetas. Contactos. Eres un especulador inmobiliario con traje caro y cuenta en Suiza, ¿recuerdas? —su voz recuperó un ápice del filo habitual, pero estaba temblorosa—. Úsalo. Consigue que nos dejen ir. Diles que tenemos que identificar algo en el pilar 7 antes de que lo selle la policía. Diles que es evidencia crucial. Diles... —se agachó, poniéndose a su altura, y sus ojos verdes brillaron con una intensidad que Mateo sintió físicamente en el esternón—. Diles lo que sea, Mateo, pero sácame de aquí. Ahora. Porque si me quedo, si me interrogan, si me meten en una habitación blanca con café frío y un agente que repite las mismas preguntas durante horas... voy a perder la cordura. Y necesito estar cuerda. Para encontrar lo que escondió Elena. Para terminar esto.

Mateo la estudió. Realmente la estudió, como si la viera por primera vez. Vio las ojeras que pintaban su piel de un tono azulado bajo los ojos, vio el nudo de tensión en su mandíbula, vio cómo sus manos —esas manos fuertes de arquitecta, de dibujante, de guerrera— temblaban levemente sobre sus rodillas. Y vio algo más. Vio miedo. No el miedo a morir que habían compartido en el búnker, sino el miedo a perderse, a perder el hilo de la historia, a que la verdad se evaporara entre el papeleo policial y las cadenas de custodia.




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