La pistola de la señora Valdés era un modelo compacto, elegante, del tipo que se compra en armerías de lujo donde te sirven café mientras eliges el calibre apropiado para ejecutar socios comerciales desleales. Brillaba bajo la luz azulada del andén con la misma eficiencia letal que su sonrisa de directora bancaria aprobando una hipoteca con tipo de interés variable.
—Marta, Marta —dijo Mateo, levantando las manos lentamente, con el pulgar y el índice formando una L que podría interpretarse como "tranquila" o como "estoy completamente jodido"—. No sabía que en el banco ofrecieran formación en armamento táctico junto con los planes de pensiones.
—Suscripción premium —respondió Valdés, acercándose con pasos medidos, los tacones resonando en el mármol roto como metrónomo de funeral—. Incluye seguro de vida, fondos de inversión en paraísos fiscales, y talleres de tiro los fines de semana. ¿Sabías que puedo agrupar tres centros de masa a cincuenta metros? Es relajante. Como yoga, pero con menos *downward dog* y más muerte cerebral traumática.
Nora apretó el cilindro contra su esternón con tanta fuerza que los bordes metálicos debían estar dejándole marca en los huesos. Miró a Mateo de reojo.
—¿Siempre elige sus socias bancarias basándose en el potencial homicida? —murmuró ella, sin mover los labios, como ventrílocuo en crisis existencial.
—Solo las que tienen buen historial crediticio —respondió Mateo, igual de inmóvil, sonriendo ampliamente hacia Valdés mientras susurraba por el costado de la boca—. ¿Tienes plan?
—Plan A: no morir.
—¿Plan B?
—Morir, pero con estilo. ¿Te sirve?
—Me encanta. Muy acorde con mi presupuesto actual.
Valdés se detuvo a cinco metros de distancia. Lo suficientemente cerca como para no fallar un disparo, lo suficientemente lejos como para que Mateo no pudiera arrojarle encima el peine metálico que aún sostenía Nora con manos temblorosas. La mujer inclinó la cabeza, evaluándolos como quien evalúa mobiliario obsoleto antes de ordenar su destrucción.
—Son adorables —dijo Valdés—. Realmente. La especulador fracasado y la arquitecta paranoica. Un "match" hecho en el infierno inmobiliario. Lástima que vaya a tener que dispararles en las rodillas primero. Es más doloroso, pero asegura que no corran. Y odio correr, ¿saben? Me despeina.
—Yo también —dijo Mateo—. De hecho, acabo de renovar mi póliza de incapacidad permanente. ¿Me recomienda disparar en la rótula izquierda o en la derecha? ¿Cuál tiene mejor depreciación a largo plazo?
—La izquierda —respondió Valdés, sin perder el ritmo—. La derecha es dominante en la mayoría de la población. Pierdes más valor funcional. Es cuestión de analítica básica.
Nora soltó una risa corta, amarga, que sonó como cristal molido bajo neumático.
—Dios mío —dijo, mirando entre ambos—. Estoy atrapada en un seminario de economía aplicada con tiroteo incluido. Mateo, si sobrevivimos a esto, te juro por la memoria de Gaudí que nunca más vuelvo a pisar un banco. Ni siquiera para cambiar céntimos.
—Promesas que no podrás cumplir —dijo Valdés, alzando el arma un milímetro, apuntando directamente a la frente de Nora—. Porque voy a necesitar que me entregues el cilindro, querida. Y luego, bueno... —hizo un gesto vago con la mano libre—... consideraré si dejaros vivos como testigos o como abono para los helechos del jardín tropical. Son plantas muy exigentes con los nutrientes. El calcio de los huesos humanos les sienta de maravilla. Lo leí en Garden & Gun.
Mateo se movió. No hacia Valdés —eso habría sido suicidio— sino hacia un lateral, desplazándose lateralmente como cangrejo con artritis, poniéndose entre la línea de fuego y Nora.
—Espera —dijo, levantando una mano mientras con la otra empujaba suavemente a Nora hacia atrás, hacia la base del pilar 7—. Antes de que nos convierta en compost premium, ¿me permite al menos saber por qué? ¿Qué tiene que ver la directora de inversiones del Banco Central con cilindros de cera escondidos en pilares de estaciones de tren? ¿Es una nueva forma de diversificar carteras? ¿Inversiones alternativas en memorabilia histórica?
Valdés sonrió. Fue una expresión que transformó su rostro de ejecutiva eficiente en algo más antiguo, más retorcido.
—Mi abuelo —dijo, y la palabra sonó como maldición—. Rafael Valdés. El ingeniero. El héroe. El traidor. —Escupió la última palabra—. Elena no fue solo su amante, niños. Fue su verdugo. Lo chantajeó durante años con lo que hay en ese cilindro. Lo obligó a esconder pruebas, a falsear informes, a traicionar a sus amigos. Y cuando la guerra terminó, cuando él intentó... redimirse, ella lo mató. Lo ahogó en el río Manzanares. Lo convirtió en mártir mientras ella vivió como reclusa honorable, llorada por todos, la viuda heroica del republicano asesinado.
Nora frunció el ceño. El cilindro pesaba en sus manos como una granada sin anillo.
—Miente —dijo—. Elena murió sola. En 1985. De neumonía. Lo investigué. Vivió en la miseria. Nunca tuvo nada.
—Oh, pero tenía la verdad —respondió Valdés, acercándose un paso más, el arma ahora apuntando al pecho de Mateo—. Y ahora vosotros la tenéis. Y yo... yo no puedo permitir que la historia la conozca. Porque si sale a la luz que mi abuelo colaboró con los republicanos, que traicionó a sus amigos de derechas, que intentó salvar judíos y comunistas... mi familia pierde sus títulos nobiliarios. Perdemos las tierras. El banco. La reputación. Y prefiero —su dedo se tensó en el gatillo— prefiero quemar este edificio entero, con vosotros dentro, antes que perder mi plaza de aparcamiento en el barrio de Salamanca.
—Prioridades —murmuró Mateo—. Muy comprensibles. Yo también mataría por mi plaza de aparcamiento. Especialmente si tiene sombra en verano.
—Mateo —siseó Nora por detrás de él—. Va a disparar.
—Lo sé.
—¿Y el plan B?
—Cambio a plan C.
—¿Cuál es el plan C?
—Suciedad.