La junta

capitulo 18

La locomotora olía a metal muerto.

No era el olor agresivo, limpio, de las estaciones de tren modernas —ese perfume de aceite sintético y café de máquina— sino una fragancia arqueológica, compuesta por igual partes de óxido de hierro, madera podrida impregnada de creosota, y el aroma dulzón, casi floral, de la grasa animal descompuesta que había lubricado los ejes hacía ochenta años y que ahora formaba una pasta negra en los engranajes expuestos. Mateo se sentó en el suelo de la cabina —no había asientos, solo metal desnudo y unos cuantos tablones podridos— y trató de no pensar en las bacterias anaeróbicas que probablemente estaban celebrando una fiesta de bienvenida en sus pulmones.

—Esto es un rehabilitable —murmuró, tosiendo, observando cómo Nora iluminaba con su linterna el panel de controles oxidado—. Ni siquiera el peor especulador del mundo invertiría en esto. Tiene más óxido que estructura. Es un tamiz metálico.

—Cállate y busca una palanca —respondió Nora, sin volverse, examinando una serie de válvulas con nombres en latín técnico que nadie usaba desde la invención de la electricidad doméstica—. O un extintor. O lo que sea que haga que esto se mueva.

—¿Tienes alguna noción básica de cómo funciona una locomotora de vapor? —Mateo se puso de rodillas, rebuscando entre escombros en la penumbra—. Porque yo solo sé usar Excel y firmar cheques. Mi experiencia con maquinaria se limita a la cafetera Nespresso.

—Es física de nivel básico —dijo ella, girando una rueda de válvula que protestó con un chirrido que resonó en el túnel como grito de banshee—. Agua. Calor. Presión. Movimiento. Incluso tú, con tu master en derecho mercantil, deberías entender el concepto de presión. La ejerces constantemente sobre mi paciencia.

—Touché —Mateo encontró una palanca de hierro, larga, pesada, con un extremo curvo que parecía haber sido diseñado específicamente para abrircráneos o, alternativamente, para mover interruptores oxidados—. ¿Esto sirve?

—Perfecto. Ahora, si no le importa, vamos a robar un tren.

Nora tomó la palanca y caminó hacia la parte trasera de la cabina, donde una puerta de metal —más bien una trampilla de castigo— daba acceso a la caldera. La forzó con un movimiento preciso, aplicando palanca no con fuerza bruta sino con el cálculo exacto de arquitecta que entiende dónde aplicar la tensión para que la estructura ceda.

La puerta se abrió, revelando un pozo oscuro.

—Necesito agua —dijo ella, más para sí misma que para él—. Y combustible. Carbón, leña, cualquier cosa que arda.

—Hay agua estancada en el suelo de la cueva —señaló Mateo—. No es potable, pero...

—No necesito que sea potable. Necesito que hierva.

—Y respecto al combustible...

Mateo miró hacia atrás, hacia el vagón que se extendía en la oscuridad. La locomotora estaba acoplada a al menos otros tres vagones, cubiertos por lonas de lona que habían pasado de ser verdes a ser un marrón indefinido por el moho y el tiempo.

—Vamos a investigar —dijo Nora, ya caminando por el pasamanos lateral de la locomotora, con el equilibrio natural de quien ha caminado por andamios toda su vida—. Si esto era un tren de carga militar, debe haber... algo.

Saltaron al primer vagón. La lona cedió bajo sus pies como piel putrefacta, desprendiéndose en jirones que flotaron en el aire húmedo como polillas gigantes. Mateo encendió su propia linterna —la del móvil, al diez por ciento de batería, porque la suya se había roto en la caída— y el haz de luz reveló el contenido.

Cajas.

Montones de cajas de madera, apiladas hasta el techo, con sellos que mostraban águilas bícipes y cruces gamadas.

—Mie**a —susurró Mateo, retrocediendo instintivamente—. Esto es... esto es material nazi. O fascista. O lo que sea.

Nora se acercó a una caja, rompiendo el sello con la palanca. Dentro, envuelto en papel de estraza amarillento, había fusiles. Viejos, oxidados, pero fusiles. Mauser españoles, de los de la guerra civil, importados de Alemania.

—Armamento —dijo ella, con voz profesional, fría—. El tren de oro de los nazis. Bueno, el tren de plomo, en este caso. Rafael mencionaba en su diario que escondieron suministros. Para una resistencia que nunca llegó.

—¿Y el oro? —preguntó Mateo, con el instinto especulador aún vivo bajo el pánico—. Siempre hay oro en estos cuentos.

—El oro se lo llevaron los vencedores —respondió Nora, abriendo otra caja. Esta contenía algo diferente. No armas. Documentos. Fichas. Archivos—. Pero esto... esto es mejor que el oro.

Tomó un fajo de papeles. Eran hojas mecanografiadas, listas de nombres, direcciones, huellas dactilares impresas en tinta violeta. Era un registro. Un censo. De los que desaparecieron.

—Esto es la prueba —dijo Nora, con la voz temblando—. Esto es la lista de los que ejecutaron. Los que enterraron en fosas. Rafael no solo escondió la confesión. Escondió el registro de crímenes.

Mateo cogió una de las hojas. En ella, un nombre le saltó a la vista. Uno que reconoció.

—Valdés —dijo, mostrándosela a Nora—. José María Valdés. Marqués de algo. Abuelo de nuestra amiga la banquera.

—La familia —susurró Nora—. Su fortuna. Todo construido sobre esto. Sobre la venta de estas armas, sobre la represión, sobre...

Un ruido interrumpió sus palabras.

Viniendo del túnel, hacia atrás, hacia donde habían caído, llegaba un sonido metálico. Rítmico. *Clack. Clack. Clack.*

—Ganchos de trepado —dijo Nora, pálida—. Ella está bajando. Valdés. Ha encontrado el agujero.

—Entonces necesitamos que esto se mueva —dijo Mateo, tirando de ella hacia la locomotora—. Ahora.

—Necesitamos combustible —protestó Nora, pero corría con él.

Miraron alrededor, desesperados. El vagón tenía madera. Las cajas. Los tablones del suelo. Pero eran húmedos, inútiles para encender un fuego rápido.

Entonces Nora vio algo. En el techo del vagón, colgando de un gancho oxidado: una bolsa. De cuero. Vieja.




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