La habitación secreta olía a café recién hecho y a conspiración bien financiada.
No era el olor rancio de guarida revolutionaria que Mateo esperaba —sudor, pólvora y pan duro— sino el aroma corporativo de una ONG con presupuesto: limpio, con un toque de ambientador cítrico y el zumbido eléctrico de servidores caros. Elena —la anciana que afirmaba ser Elena, la Elena de 1938, la amante del ingeniero muerto, la presunta cadáver de la historia— caminó delante de ellos con la agilidad insultante de quien lleva ochenta años practicando yoga o matando fascistas, o posiblemente ambas cosas simultáneamente.
—Si están pensando que estoy loca —dijo la anciana, sin girarse, mientras guiaba el paso entre mesas de trabajo donde jóvenes con gafas de montura gruesa tecleaban en laptops con pegatinas de "Franco Pu*o"—, les confirmo que no. Estoy simplemente envejeciendo con estilo y retrasando mi funeral por razones fiscales. Es más barato estar legalmente muerta que pagar impuestos sobre herencias millonarias. O eso me dijo mi contable en el 92.
Mateo miró a Nora. Nora le devolvió la mirada con esa expresión de "si hablas ahora te mato" que había perfeccionado durante los últimos días de convivencia forzada.
—Disculpe —dijo Nora, acercándose a la anciana con el respeto desconfiado que reservaba para los cimientos dudosos—, pero usted debería tener... ¿noventa años? ¿Más?
—Noventa y dos —corrigió Elena, sentándose en un sofá de cuero rojo que parecía haber sido robado de un lobby bancario—. Pero mi médico dice que tengo el corazón de una mujer de sesenta. Probablemente porque lo cambié por uno negro en el mercado de órganos de Manila. Bromas aparte... —señaló dos sillas frente a ella—, siéntense. Dejen de parecer fugitivos de un reality show de supervivencia. Y denme el cilindro antes de que me dé algo y tenga que resucitarme a mí misma.
Nora dudó. El cilindro de cera pesaba en su bolsillo como una promesa de muerte. Lo miró. Lo miró a Mateo. Mateo se encogió de hombros con un gesto que decía "estamos en manos de una anciana sociópata, pero al menos tiene café".
—Aquí —dijo Nora, entregándolo.
Elena tomó el objeto con manos que, a pesar de la edad, eran firmes. Sin arrugas de trabajo manual, notó Mateo. Manos de alguien que jamás había tenido que cavar sus propios túneles.
—Hermoso —susurró la anciana, acariciando la cera—. Rafael lo grabó la noche antes de que me "matara". Ironías. La noche antes de que fingiera mi muerte para escapar de su familia, de la mía, de toda esa gentuza con sangre azul y moral marrón. —Miró a Mateo fijamente—. Usted me recuerda a él, joven. Mismo aire de especulador con corazón de oro. Rafael también vendía armas antes de darse cuenta de que estaba del lado equivocado.
—Yo no vendo armas —protestó Mateo—. Solo... inmuebles. Y ahora mismo estoy en paro técnico, por cierto, gracias por preguntar.
—Y usted —Elena giró hacia Nora, evaluándola con ojos que a pesar de la catarata perceptible seguían viendo demasiado—. Usted tiene la obstinación que yo tenía a su edad. Y la misma mala costumbre de enamorarse de hombres inadecuados.
—No estoy enamorada —dijeron Mateo y Nora al unísono, con la velocidad defensiva de quienes practican la frase frente al espejo.
Elena soltó una risa que sonó como papel de lija sobre cristal.
—Por supuesto que no. Por eso se miran como si quisieran devorarse y estrangularse simultáneamente. Es adorable. Y patético. Como Romeo y Julieta, pero con más escombros y peor timing. —Guardó el cilindro en el bolsillo interior de su abrigo—. Lo escucharé más tarde. Ahora tenemos un problema más inmediato.
Una explosión sorda, pero perceptible, hizo vibrar el suelo bajo sus pies. Polvo cayó del techo de la estación fantasma, formando nubes doradas en el aire iluminado.
—Hablando del diablo —dijo Elena, consultando un reloj de pulsera de oro macizo—. Marta Valdés ha traído la maquinaria pesada. Están derribando la entrada del túnel para entrar a excavar. Tienen... calculo... cuarenta y cinco minutos antes de que lleguen a esta cámara.
Mateo se puso de pie de un salto.
—¿Y tiene un plan de evacuación? ¿O es el tipo de resistencia que cree que es romántico morir martirizados bajo las ruedas de una excavadora Caterpillar?
—Tengo plan —dijo Elena, señalando una puerta en la pared trasera—. Pero requiere que ustedes dos dejen de hacer ojitos el uno al otro y cooperen. Necesito que vayan al archivo inferior. Recuperen los planos originales del metro de 1919. Sin ellos, no podemos demostrar que este túnel es patrimonio internacional y que Marta está cometiendo un crimen de guerra al destruirlo.
—¿Y eso la detendría? —preguntó Nora, escéptica—. A la mujer que acaba de dispararnos en un túnel subterráneo.
—No —admitió Elena, sonriendo—. Pero les dará a ustedes algo que hacer mientras yo llamo a mis contactos en Interpol. Y les alejará el uno del otro durante un rato, porque honestamente, la tensión sexual es insoportable y me distrae.
Otra explosión, más cercana. El techo crujió alarmantemente.
—Veinte minutos —corrigió Elena, levantándose con agilidad insultante—. Vayan. Ahora. Y traten de no besarse en los pasillos, hay cámaras. Y polvo. Y probablemente ratas mutantees.
Nora y Mateo corrieron hacia la puerta indicada, no porque quisieran obedecer a la anciana, sino porque la alternativa era quedarse sentados esperando a que el techo les cayera encima, lo cual, si bien era una metáfora poética de su relación, era literalmente incómodo.
El pasillo tras la puerta era estrecho, húmedo, y descendía en espiral hacia las profundidades geológicas de Madrid. Las paredes dejaron de ser azulejos para convertirse en roca madre, en piedra caliza cortada con pico y pala en la era de Alfonso XIII.
—Esa mujer es un desastre —murmuró Nora, encendiendo su linterna, iluminando el túnel curvo que se perdía en la oscuridad—. Noventa y dos años y aún opera una célula de resistencia clandestina. Yo quiero ser ella cuando sea mayor. Pero con mejor visión.