El silencio que siguió a la aparición de los hombres armados tuvo peso, temperatura y registro fiscal. Mateo —que en su vida anterior, aquella que consistía en trajes caros, reuniones de zoom y el agradable ruido de la impresora de billetes— había aprendido a evaluar activos en milisegundos, hizo un cálculo rápido: tres asaltantes visibles, posiblemente uno más en el túnel de entrada, ametralladoras compactas modelo H&K MP5 (reconocibles por el singular olor a aceite de arma nueva y el brillo legal de las culatas plegables), chalecos antibalas nivel IIIA, y máscaras de esquí que les daban el aspecto de terroristas muy preocupados por el frío nasal del subsuelo madrileño. Sumado a eso, el factor sorpresa: cero. La iniciativa: cero. Y la probabilidad de salir de esta sin convertirse en colador biológico: aproximadamente del 3.7%, redondeando hacia arriba por optimismo.
—Disculpen —dijo Mateo rompiendo el silencio, con la voz más educada que pudo conjurar mientras sentía cómo el sudor frío le corría por la espalda bajo la sudadera robada de la policía—, pero esto es propiedad privada. Bueno, pública. Bueno, histórica. En cualquier caso, tienen que pagar entrada.
El hombre del centro —el que había hablado, líder evidente por su postura relajada y el hecho de que su máscara tenía un pequeño agujero para poder fumar sin quemarse el velcro— inclinó la cabeza un milímetro. El gesto era casi cómico, como un perro confundido frente a un cálculo diferencial.
—¿Está intentando ser gracioso? —La voz salió distorsionada por el modulador, pero el tono de fastidio trascendía la electrónica—. Acabo de decir que voy a matarles.
—Y yo acabo de decir que son bienvenidos —Mateo se encogió de hombros, midiendo la distancia hasta la estantería más cercana con el rabillo del ojo. Cinco pasos. Demasiados—. Es cuestión de modales. En mi empresa, antes de fusilar a alguien, siempre ofrecíamos café. ¿Les apetece? Tenemos... —miró a Nora—, ¿tenemos café?
—Tenemos polvo y miedo —respondió ella, sin apartar la mirada de los cañones de las armas. Su cuerpo estaba tenso, una cuerda de arco lista para soltar, pero su voz mantenía ese filo sarcástico que Mateo había llegado a identificar como sinónimo de "estoy a punto de hacer algo extremadamente peligroso y probablemente ilegal"—. Y una linterna. Pero no creo que les guste el menú.
El líder dio un paso adelante. Las suelas de sus botas tácticas crujieron sobre el polvo del siglo XX con un sonido que hizo que el estómago de Mateo se contrajera. El archivo estaba diseñado como un laberinto concéntrico: estanterías circulares de hierro que formaban anillos alrededor de un punto central, creando callejones ciegos, ángulos muertos y una acústica infernal donde el más mínimo susurro se convertía en eco. Era, pensó Mateo con amargura, el lugar perfecto para una masacre. O para una reunión de condominio, que a veces era lo mismo.
—No somos de la Fundación —dijo el líder, y la revelación cayó entre ellos como un ladrillo de plomo—. Somos de la familia. Los Valdés no confían en curas para los trabajos sucios. Los curas hablan demasiado en el confesionario. Nosotros... —hizo un gesto vago con el cañón del arma—... preferimos la terapia de impacto.
Nora se movió un centímetro. Solo un centímetro, desplazando el peso hacia su pierna derecha, preparándose para girar. Mateo lo notó porque llevaba horas —días— observándola, memorizando sus patrones de movimiento como si fueran un mapa de tesoro. Y supo, con la certeza absoluta que otorgan las crisis existenciales, lo que ella estaba pensando.
—Espera —susurró Mateo, tan bajo que apenas fue un movimiento de labios.
—No puedo —respondió ella, igual de tenue.
—Espera a qué.
—A que me beses de nuevo. No quiero morir frustrada.
Mateo se quedó inmóvil. El líder se rio, un sonido robótico y horrible.
—Qué tierno. Os daré treinta segundos para despediros. Luego, empezamos por las rodillas. A ella primero. Para que usted vea cómo se derrumba su proyecto de novia, señor León.
—No soy su novia —siseó Nora, furiosa.
—No soy su novio —siseó Mateo, indignado.
—Perfecto —dijo el líder—. Entonces no habrá drama romántico. Veinte segundos.
Mateo cerró los ojos. No para rezar —había perdido la fe en Dios aproximadamente en el mismo momento en que había ganado la fe en el capitalismo, y ambas le habían fallado horriblemente esa semana— sino para pensar. Para recordar. El archivo. Las estanterías. La estructura.
Nora había dicho algo en la entrada. "Arquitectura defensiva". "Puntos de control". "Líneas de tiro limitadas".
Y entonces lo vio. No un plan. Un instinto. Un acto de fe estructural.
—Diez segundos —contó el líder.
—Nora —dijo Mateo en voz alta, clara, rompiendo el encanto del miedo—. Recuerdas lo que me dijiste en la escalera con Garrido. Sobre la "presión".
Ella lo miró. Sus ojos verdes encontraron los suyos. Y en ellos, más allá del pánico, vio algo encenderse. Comprensión.
—Cinco segundos.
—Ya —dijo ella.
Y se movieron.
No juntos. Eso habría sido suicidio. Se movieron en direcciones opuestas, con la precisión coreográfica de quienes han aprendido a anticipar los gestos del otro sin necesidad de palabras. Mateo se lanzó hacia la izquierda, rodando entre dos estanterías circulares, mientras Nora se impulsaba hacia la derecha, escalando con agilidad felina una de las estructuras metálicas que gemían bajo su peso pero no cedieron.
Los disparos llegaron.
El ruido fue inhumano. Una tormenta de truenos contenidos en el espacio reducido del archivo, multiplicada por los ecos del laberinto. Las balas impactaron contra el hierro de las estanterías, desprendiendo chispas que iluminaron la cueva como flashes de cámara fotográfica en una fiesta de despedida. El aire se llenó del olor acre de la pólvora y el zumbido eléctrico de los proyectiles que rebotan.
Mateo se arrastró detrás de un pilar de carga central, con el corazón golpeándole las costillas como si intentara escapar de su cuerpo. Una bala pasó tan cerca de su oreja que sintió el calor, un abrazo letal que le dejó sordo temporalmente de ese lado. Miró hacia arriba, buscando a Nora. Estaba en el segundo nivel de las estanterías, encaramada entre dos volúmenes del "Atlas de Obras Públicas de 1923", con algo brillante en la mano. Un grapadora industrial. Grande. Pesada. De esas que usan para unir planos de acero.