La lluvia de Madrid no era una lluvia. Era una declaración de intenciones meteorológicas, un estado de ánimo atmosférico, una forma pasivo-agresiva de la naturaleza de recordar a los humanos que vivían en una meseta castellana donde el agua siempre había sido política, religión y guerra. Caía en gotas gruesas, lentas, que parecían pesar más de lo que la física permitía, como si cada una llevara dentro el peso de siglos de sequías y riadas, de embalses construidos con sangre y de ríos secos que aún recordaban cómo fluir.
Mateo y Nora emergieron del socavón del Retiro —una abertura disimulada tras un seto de madroños podados en formas geométricas que algún jardinero romántico había diseñado como laberinto amoroso y que ahora servía de salida de emergencia para fugitivos subterráneos— empapados, cubiertos de una capa de barro gris que era en realidad polvo de archivo mezclado con agua de lluvia, creando una pasta que olía a historia en descomposición y a promesas incumplidas.
Nora se detuvo junto a un banco de hierro forjado —uno de esos bancos conmemorativos donados por viudas de generales del siglo XIX, con placas que nadie leía— y vomitó.
No fue un acto elegante. Fue el cuerpo reclamando su derecho a procesar el trauma, la adrenalina abandonando el sistema en forma de bilis y café rancio. Mateo se quedó a su lado, inútil, con la mano suspendida a medio camino de su espalda, sin saber si tocarla sería bienvenido o interpretado como agresión. Finalmente, optó por sostenerle el pelo —suelto ahora, enredado, formando mechones que parecían algas marinas sobre su piel pálida— mientras ella se doblaba sobre sí misma, jadeando.
—¿Terminaste? —preguntó, cuando los espasmos cesaron.
—¿Alguna vez se termina? —respondió ella, escupiendo, limpiándose la boca con el dorso de la mano, dejando una franja de barro en su mejilla que la hacía parecer una guerrera de tribu prehistórica—. ¿O es como tu amor por los edificios cuadrados? ¿Infinito y monótono?
—Mis edificios no son monótonos —protestó Mateo, ayudándola a incorporarse, sintiendo el peso real de su cuerpo contra el suyo, la realidad física de su fatiga—. Son eficientes. Hay diferencia. La eficiencia es sexy.
—La eficiencia es aburrida —dijo Nora, pero se apoyó en él, permitiéndole sostenerla mientras caminaban hacia el estanque, buscando visión, orientación, un plan—. La belleza está en la redundancia estructural. En los arcos que no necesitas pero que hacen que el edificio respire. En los... —se detuvo, mirándolo—. En los besos que no deberías dar pero que das de todos modos.
Mateo la miró. La lluvia caía sobre ambos, creando ríos de barro que corrían por sus rostros, sus cuellos, desapareciendo en la ropa empapada. Nora tenía los labios azulados por el frío, o quizás por la excitación, o por ambas cosas mezcladas en una proporción que no tenía nombre en ningún catálogo de emociones humanas.
—Eso fue... —empezó él.
—No digas nada —interrumpió ella, pero sin convicción, sin moverse, sin apartarse de su lado.
—Un beso redundante —terminó Mateo, ignorándola, sonriendo contra la lluvia—. Innecesario desde el punto de vista estructural. Pero que mantiene el edificio en pie.
Nora cerró los ojos. Durante un segundo, Mateo pensó que iba a golpearlo, o a llorar, o a ambas cosas en secuencia rápida. Pero cuando los abrió, había algo nuevo allí. Una rendija. Una fisura en la armadura.
—Eres un idiota romántico disfrazado de cinico —dijo, con voz ronca.
—Y tú eres una cinica disfrazada de romántica revolucionaria —respondió él—. Somos un desastre de simetría invertida.
—Simetría invertida —repitió ella, casi riendo—. Eso es imposible. La simetría no se invierte, se rompe. Y luego... —se apartó de él, lentamente, recuperando su equilibrio, su distancia, su armadura—. Y luego se reconstruye. De otra forma. Si es que se reconstruye.
Caminaron hacia el estanque en silencio. El Retiro a las seis de la mañana de un martes de noviembre era un territorio de fantasmas: corredores solitarios con auriculares que escapaban de familias dormidas, ancianos que paseaban perros con más energía que sus dueños, y un par de policías municipales en bicicleta que pasaron junto a ellos sin mirarlos, demasiado ocupados en sus propias conversaciones sobre turnos y exámenes de oposición.
Nora se sentó en el borde del estanque, quitándose las botas, metiendo los pies en el agua fría. Mateo se sentó a su lado, imitándola, sintiendo el shock térmico como un recordatorio de que seguía vivo.
—Necesitamos un plan —dijo ella, mirando el agua donde los patos nadaban en círculos, indiferentes a la lluvia, a la guerra, a la historia—. Elena nos usó. El cilindro era falso. O era real pero incompleto. Ella tiene el verdadero. Y ahora tiene a los asaltantes de Valdés atrapados en su archivo, lo cual le da... ¿qué? ¿Tiempo? ¿Negociación? ¿O simplemente nos convirtió en señuelos descartables?
—Nos convirtió en testigos —corrigió Mateo, sumergiendo las manos en el agua, lavándose el barro, observando cómo la suciedad de la guerra subterránea se disolvía en el agua oscura del estanque—. En testigos vivos de un intento de asesinato por parte de la familia Valdés. Eso tiene valor legal. Eso tiene valor periodístico. Eso...
—Eso nos convierte en objetivos —terminó ella—. En blancos móviles. En... —se detuvo, mirándolo de reojo—. En pareja de fugitivos. Eso es lo que somos ahora. ¿Lo has procesado? ¿Lo has aceptado?
Mateo la miró. Realmente la miró, mientras la lluvia formaba gotas en sus pestañas, mientras sus pies se entumecían en el agua fría, mientras el mundo que conocía —su mundo de trajes, de reuniones, de Excel y de cierres de mes— se desvanecía como espejismo en la superficie del estanque.
—Procesado —dijo, lentamente—. Aceptado... en revisión. Estoy en trámite administrativo con mi propia vida.
—Siempre en trámite —murmuró ella, con algo que podría ser ternura o podría ser exasperación—. Nunca en posesión.