El apartamento de Elena olía a envejecer bien, con toques de lavanda y paranoia.
Mateo despertó con la sensación de haber sido procesado por una licuadora emocional y servido en un vaso de desayuno que alguien había olvidado en la mesa durante tres días. Estaba en el suelo —porque el sofá rojo de cuera había resultado ser, tras una inspección más cercana, un sofá cama roto que se comía a quien se atreviera a reclinarlo—, envuelto en una manta de lana que picaba como si estuviera tejida con crines de caballo resentido. A su lado, a escasos centímetros, Nora dormía en posición fetal, con una almohada que parecía un trozo de madera envuelta en tela arrugada, y con el brazo extendido de forma que su mano descansaba, casualmente, sobre el pecho de Mateo.
No se habían besado al dormir. No se habían dicho nada tierno. Simplemente, durante la noche, el espacio entre ambos se había ido cerrando como placas tectónicas en colisión lenta, hasta que sus cuerpos encontraron la configuración térmica más eficiente para sobrevivir al frío de noviembre sin calefacción.
Mateo observó su mano sobre su pecho. Los dedos de Nora tenían pintura de uñas descascarada, manchas de óxido bajo las uñas, y una cicatriz blanca en el nudillo que no había notado antes. Le resultó insoportablemente erótico. No el aspecto —que era más bien higiénico-desastre— sino la confianza implícita, la posesión involuntaria, el hecho de que ella dormía con la mano sobre su corazón como si lo estuviera monitoreando para asegurarse de que no escapara durante la noche.
—Esto es incómodo —murmuró Mateo para sí mismo, aunque no se movió.
—Lo es —respondió Nora, sin abrir los ojos, con la voz áspera de quien ha estado gritando mientras otros duermen—. Tu corazón late demasiado rápido. Es hipertensión. O nerviosismo. O ambos.
—Es tu mano. Me está sofocando.
—Es tu pecho. Está demasiado alto. Bájalo.
—No puedo bajar mi pecho. Es anatomía básica.
—Entonces no te quejes.
Nora abrió los ojos. Los verdes, con legañas que ella fingió no tener y él fingió no ver. Se quedaron mirando fijamente, a centímetros de distancia, en la penumbra de la habitación donde la única luz entraba por las rendijas de las persianas metalicas, dibujando rayas de oro polvoriento sobre el suelo de parquet.
—Son las siete —dijo Mateo, consultando su móvil, que tenía un 4% de batería y 47 mensajes de voz de su hermana, su banco, y un número desconocido que probablemente era la policía—. Tenemos quince horas para salvar tu edificio.
—Mi edificio —repitió Nora, sentándose lentamente, estirando la espalda con una serie de crujidos que sonaron como ametralladora de billar—. No nuestro edificio. Mi edificio. Tú solo eres el inquilino indeseado que dejé entrar por compasión.
—Compasión —Mateo se sentó también, frotándose el cuello donde la manta de caballo le había dejado una marca roja—. Esa fue la palabra exacta que usaste cuando me amenazaste con un cuchillo de cocina en el primer capítulo. Qué tierno.
—Era un cuchillo de untar. No te hagas el mártir.
Nora se puso de pie y caminó hacia el baño, o lo que en el apartamento de Elena pasaba por baño: un espacio reducido donde el inodoro, la ducha y el lavabo competían por el mismo metro cuadrado con la ferocidad de gladiadores romanos. La puerta no cerraba del todo, un hecho que Mateo descubrió cuando ella intentó cerrarla y el pestillo emitió un sonido de derrota metálica.
—¡No mires! —ordenó ella.
—No miro —dijo Mateo, sentándose en el sofá-cama trampa, con la vista fija deliberadamente en la pared opuesta—. Aunque técnicamente es imposible no oír. Y —señaló hacia el espejo del recibidor, que por el ángulo reflejaba perfectamente el interior del baño—. Y técnicamente, por la leyes de la óptica...
—¡Cierra los ojos o te los cierro yo con grapas! —gritó Nora desde dentro, mientras el sonido de la ropa cayendo al suelo creaba una sinfonía de fricción y gravedad.
Mateo cerró los ojos. Pero sonrió. Porque estaban vivos. Porque tenían quince horas. Y porque, a pesar de que un psicópata con dinamita quería volar su casa y una anciana inmortal les había encomendado una misión suicida a Ginebra, lo único en lo que podía pensar era en lo mucho que deseaba que Nora terminara de ducharse para poder hacer exactamente lo mismo, y en lo absurdo que era sentir esta urgencia de vivir cuando la muerte los estaba esperando con un cronómetro en la mano.
El sonido de la ducha comenzó. El agua golpeando la bañera con un ritmo que podría haber sido música de Jazz si se escuchara con suficiente desesperación.
—¡Y no te atrevas a usar el váter mientras me ducho! —gritó Nora, su voz amortiguada por el agua—. Es un espacio híbrido. La humedad sube por capilaridad. Es física básica.
—¿Física o etiqueta? —preguntó Mateo, abriendo los ojos solo para mirar el techo, donde había una mancha de humedad con forma de mapa de Italia.
—¡Ambas!
Mateo se levantó y exploró el apartamento mientras ella se duchaba. Era un estudio de conspiración profesional. Había mapas en las paredes —no solo de Madrid, sino de Barcelona, de Buenos Aires, de Ginebra— con hilos de colores conectando fotografías amarillentas con fechas marcadas en rojo. Una pizarra blanca ocupaba toda una pared, llena de ecuaciones que no eran matemáticas sino genealogías: "Familia Valdés -> Banco Central -> Fondos Bucarest -> Armas 1938". Y en el centro, una fotografía de Rafael, joven, sonriente, en blanco y negro, con una flecha que apuntaba a una foto más reciente, a color, de un hombre mayor en una silla de ruedas en lo que parecía ser un hospital suizo.
En la cocina —pequeña, con azulejos amarillos de los setenta— encontró café. Café real, en grano, no la basura instantánea que habían estado bebiendo. Lo olió. Intenso. Etíope, quizás. El tipo de café que se compra en tiendas especiales donde te piden que firmes un compromiso de no beberlo con azúcar.