La junta

capitulo 24

El portal de Argumosa olía a humedad, a historia y a resistencia. Las paredes desconchadas parecían observarlos mientras entraban, como si el edificio reconociera a sus habitantes más tercos. Nora pasó la mano por la barandilla de hierro forjado, sintiendo el frío del metal, la rugosidad de los años, la memoria atrapada en cada curva.

—Ha empeorado —dijo, mirando el techo, donde una grieta nueva serpenteaba como un rayo detenido en el tiempo.

—O ha despertado —respondió Mateo, cerrando la puerta detrás de ellos.

Doña Encarna avanzó con paso firme, ignorando la penumbra del portal, como si caminara por su propio salón.

—Los edificios viejos son como las personas viejas —dijo—. Cuando huelen problemas, se ponen dramáticos.

Subieron las escaleras. Cada peldaño crujía como si protestara por el peso de la verdad que traían encima. Nora llevaba el maletín pegado al pecho. Mateo iba detrás, atento a cualquier ruido. El silencio del edificio era extraño. Demasiado profundo. Demasiado expectante.

Cuando llegaron al primer rellano, una puerta se abrió de golpe.

—¡Ya era hora! —exclamó Maruja, la vecina del 1ºA, con su bata de flores y su moño torcido—. ¿Dónde os habíais metido? ¿Sabéis la que se ha liado aquí?

Nora suspiró. Mateo cerró los ojos un segundo, como quien se prepara para una tormenta.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Nora, aunque ya intuía la respuesta.

—¡Los del banco! —dijo Maruja, indignada—. Vinieron ayer. Con papeles nuevos. Con amenazas nuevas. Que si el edificio es peligroso, que si van a tapiar la entrada, que si nos van a reubicar en unos pisos de mierda en Vallecas. ¡Vallecas! ¿Te lo puedes creer?

—Vallecas no es tan malo —murmuró Mateo.

—¡Para ti, que no tienes plantas! —replicó Maruja—. Mis geranios no sobreviven a ese aire. Y yo tampoco.

Nora apretó los dientes.

—¿Dónde están los papeles?

Maruja señaló la puerta del portal.

—Los pegaron ahí. Como si fuéramos ganado.

Nora bajó corriendo. Mateo la siguió. En la puerta, bajo la luz amarillenta del portal, había tres folios plastificados, pegados con celo industrial. Orden de desalojo. Riesgo estructural. Intervención urgente. Firma del Ayuntamiento. Sello del Banco Valdés.

—Hijos de puta —susurró Nora.

Mateo leyó en silencio. Luego miró a Nora.

—Van en serio.

—Siempre van en serio —respondió ella—. Pero ahora tenemos algo que ellos no tienen.

Tocó el maletín. Mateo asintió.

—La verdad.

—Y pruebas.

—Y un edificio que se niega a morir.

Doña Encarna apareció detrás de ellos, con una linterna en la mano.

—¿Vamos a seguir leyendo papeles o vamos a hacer algo útil?

Nora respiró hondo.

—Vamos arriba. Necesito ver mi piso.

Subieron hasta el tercero. El pasillo estaba oscuro, salvo por una bombilla que parpadeaba como si estuviera a punto de confesar un crimen. Nora abrió la puerta de su piso. El olor familiar la golpeó: café viejo, madera húmeda, polvo de años. Pero había algo más. Algo fuera de lugar.

—¿Notas eso? —preguntó Mateo.

—Sí —respondió Nora—. Alguien ha estado aquí.

Entraron despacio. El salón estaba igual… casi. Los cojines del sofá estaban movidos. La ventana, entreabierta. Un vaso en la mesa, con una marca de dedo que no era de Nora.

—¿Crees que fue el banco? —preguntó Mateo.

—No —dijo ella, mirando alrededor—. Ellos no entran sin orden judicial. Y si entran, lo destrozan todo. Esto es… otra cosa.

Doña Encarna se acercó al vaso. Lo olió.

—Whisky barato —dijo—. Y perfume caro. Mujer. Treinta y tantos. Nerviosa. Y con mal gusto para el alcohol.

Mateo la miró, incrédulo.

—¿Cómo sabes todo eso?

—Porque tengo nariz —respondió ella—. Y porque he vivido más que tú.

Nora abrió el cajón de su escritorio. Estaba revuelto. No faltaba nada… excepto una libreta pequeña, negra, donde guardaba notas sobre el edificio.

—Se la llevaron —dijo, con un hilo de voz.

—¿Qué había ahí? —preguntó Mateo.

—Planos. Fechas. Nombres. Cosas que encontré en el archivo municipal. Nada definitivo, pero… pistas.

Mateo se pasó la mano por el pelo.

—Entonces alguien sabe que estamos cerca.

—Sí —dijo Nora—. Y no es el banco.

Doña Encarna se sentó en el sofá, como si estuviera en su casa.

—Pues habrá que averiguar quién es. Pero antes… —sacó una bolsa de plástico de su bolso—. He traído churros. Se enfrían.

Nora la miró, entre la desesperación y el cariño.

—¿Churros? ¿Ahora?

—Las guerras se ganan con el estómago lleno —dijo la anciana—. Y con azúcar.

Mateo se rió, pese a todo.




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