Sergio estaba en el umbral como si hubiera corrido desde Ginebra sin detenerse. Tenía la mochila colgando de un hombro, el pelo revuelto, los ojos rojos. Parecía un cachorro asustado… pero uno que sabía demasiado.
Nora fue la primera en reaccionar.
—Pasa —dijo, apartándose.
Sergio entró sin mirar a nadie. Caminó hasta el centro del salón y dejó caer la mochila al suelo con un golpe sordo. Mateo cerró la puerta. Doña Encarna se cruzó de brazos, evaluándolo como si fuera un sospechoso en un interrogatorio.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Nora.
Sergio respiró hondo. Dos veces. Tres.
—Me siguieron —dijo finalmente—. Desde el apartamento. Desde antes de que vosotros llegarais. Creo que… creo que mi madre no era la única que sabía lo del cilindro.
Mateo intercambió una mirada con Nora.
—¿Quién te siguió?
—No lo sé —respondió Sergio—. Pero no eran del banco. Eso lo tengo claro.
—¿Y cómo lo sabes? —preguntó Mateo.
Sergio abrió la mochila. Sacó un sobre arrugado. Lo dejó sobre la mesa.
—Porque esto no es del banco.
Nora lo abrió. Dentro había una foto. Una foto antigua. En blanco y negro. Un grupo de hombres trajeados frente a un edificio que Nora reconoció al instante.
El edificio de Argumosa.
Pero no como era ahora. Como había sido hace cien años.
—¿Qué es esto? —susurró.
—Mi bisabuelo —dijo Sergio, señalando a un hombre en el centro—. Y otros. Políticos. Empresarios. Militares. Gente importante. Gente peligrosa. Gente que no quería que nadie supiera lo que hicieron aquí.
Mateo frunció el ceño.
—¿Qué hicieron?
Sergio tragó saliva.
—Reuniones. Pactos. Dinero. Mucho dinero. Y algo más. Algo que mi madre siempre llamó “la vergüenza”. Algo que mi bisabuelo grabó en el cilindro. Algo que… —miró a Nora—. Algo que está en vuestro edificio.
El silencio cayó como un telón.
Nora sintió un escalofrío.
—¿Qué hay en el edificio?
Sergio negó con la cabeza.
—No lo sé. Pero alguien sí lo sabe. Y me dejaron esto.
Sacó otro objeto de la mochila.
Una llave.
Antigua.
De hierro.
Con un número grabado: 0.
Mateo la tomó con cuidado.
—¿Qué es esto?
—La llave del sótano —dijo Sergio—. El sótano original. El que está tapiado desde hace décadas. El que nadie ha abierto desde… —miró la foto—. Desde ellos.
Nora sintió que el corazón le latía demasiado rápido.
—¿Por qué te la han dado?
—No me la han dado —respondió Sergio—. Me la han tirado por debajo de la puerta del apartamento. Sin nota. Sin explicación. Solo… esto.
Mateo se pasó la mano por la cara.
—Esto se está complicando.
—No —dijo Nora, con la voz baja, firme—. Esto se está revelando.
Doña Encarna se levantó del sofá.
—Pues habrá que bajar al sótano.
—No ahora —dijo Nora—. No sin saber qué buscamos. No sin saber quién nos está empujando a hacerlo.
Sergio se dejó caer en una silla. Parecía agotado.
—Hay más —dijo—. Mucho más.
Nora se acercó.
—Dilo.
Sergio respiró hondo.
—Mi madre no quería destruir el cilindro solo por vergüenza. Quería destruirlo porque… porque alguien se lo ordenó.
Mateo se tensó.
—¿Quién?
Sergio levantó la mirada. Sus ojos estaban llenos de miedo.
—Una organización. Antigua. Muy antigua. Más antigua que el banco. Más antigua que mi familia. Algo que mi madre llamaba “La Junta”.
Nora sintió un escalofrío.
—¿Qué es eso?
—No lo sé —respondió Sergio—. Pero sé que siguen existiendo. Y sé que no quieren que el cilindro salga a la luz. Y sé que… —miró el maletín—. Saben que lo tenéis.
Mateo se levantó de golpe.
—¿Cómo lo saben?
Sergio bajó la mirada.
—Porque yo se lo dije.
El silencio fue brutal.
Nora sintió que el mundo se inclinaba.
—¿Qué has hecho?
Sergio se cubrió la cara con las manos.
—No quería. Me presionaron. Me amenazaron. Me dijeron que si no colaboraba… si no les decía quién tenía el cilindro… —su voz se quebró—. Que os matarían. A vosotros. A mí. A todos.
Mateo dio un paso hacia él.
—¿Nos has vendido?
—No —gritó Sergio, desesperado—. ¡Os he salvado! Si no les decía algo, habrían venido a por vosotros en Suiza. O en el aeropuerto. O aquí. Les dije que no sabía dónde estabais. Que no sabía si teníais el cilindro. Que… que estabais desaparecidos.