La junta

capitulo 23

El cronómetro digital de la bomba parpadeaba con la obstinación de un corazón que se niega a reconocer su propia insuficiencia. *11:23:17*. Luego *11:23:16*. Luego *11:23:15*. Cada segundo que caía era un ladrillo que se desprendía del muro contención entre la cordura y el pánico, y Mateo podía sentir cómo la estructura completa de su sistema nervioso central se agrietaba bajo la presión hidrostática de la adrenalina.

Estaba arrodillado frente a la bomba —una masa cilíndrica de C-4 color crema que olía a almendras amargas y a derrota, envuelta en cinta americana gris como regalo de cumpleaños enviado por el Grim Reaper— a exactamente metro y medio de distancia, que era, según el pequeño sensor láser rojo que emanaba del lateral del dispositivo, el límite exacto antes de que el detonador de proximidad decidiera que había invitados suficientes en la fiesta y simplemente... estallara.

—Es una configuración dual —murmuró Nora, agachada a su lado, con el pelo suelto cayendo sobre sus ojos como cortina protectora contra la realidad. Tenía en las manos un juego de destornilladores de precisión que había encontrado en la caja de herramientas del coche de Elena, y estaba trazando líneas imaginarias en el aire entre los cables que salían del cilindro como medusas envenenadas—. Sensor de movimiento por infrarrojos en el lateral, detonador temporizado en la parte superior, y... —señaló un pequeño módulo negro adherido con velcro al cuerpo principal—... esto. Esto es nuevo. Un transpondedor de frecuencia radioeléctrica. Si Marta pulsa un botón, estalla. Si fallamos el código, estalla. Si respiramos demasiado fuerte...

—¿Estamos respirando demasiado fuerte? —preguntó Mateo, y su voz salió como un silbido, un susurro forzado que quemaba la garganta.

—Tú estás jadeando como un perro en verano —dijo ella, sin mirarlo, concentrada en los cables—. Controla tu frecuencia respiratoria. Cuatro segundos inhala, siete segundos retén, ocho segundos exhala. Es el patrón que usan los Navy SEALs cuando desactivan explosivos.

—No soy un Navy SEAL. Soy un ex-especulador inmobiliario con una hernia discal incipiente y un trastorno de ansiedad generalizada diagnosticado pero no tratado.

—Entonces finge que lo eres —siseó ella, y por primera vez giró la cabeza para mirarlo. Sus ojos verdes brillaban con una intensidad que Mateo no sabía si era amor, miedo, o simplemente la reflexión del LED rojo del sensor—. Porque si no, Mateo, si te desmoronas ahora, yo... —su voz quebró apenas, lo suficiente para que él lo notara, lo suficiente para que ella lo odiara por notarlo—. Yo no puedo hacer esto sola. No ahora. No contigo aquí mirando.

Mateo asintió. Lentamente. Cuidadosamente. Calculando cada movimiento como si estuviera negociando un contrato con la propia muerte, donde la cláusula de fuerza mayor era un cable rojo que no sabía si cortar o no.

—Dime qué ves —dijo Mateo, estabilizando la respiración, obligándose a hablar en el tono profesional que usaba en las juntas de consejo, en las negociaciones millonarias, en las mañanas donde la vida no dependía de la tensión de un hilo de cobre—. Analízalo como si fuera un cimiento. Hormigón, acero, carga muerta, carga viva.

Nora tragó saliva. Lo hizo. Palpando el aire, describiendo la arquitectura de la muerte con la precisión de quien diseña catedrales.

—Hilos de colores. Rojo, azul, amarillo, verde. Clásico. Pero el verde es falso. Es un bypass. Si corto el verde, activo el secundario. El rojo es la alimentación principal. Si lo corto, la batería del respaldo entra en juego. El azul... —dudó, frunciendo el ceño, acercándose tanto que el sensor láser casil rozaba su hombro—. El azul es el ground. La tierra. Pero está conectado a un arduino casero. Esto no es militar, Mateo. Es artesanal. Alguien lo construyó en un garaje. Es... —su rostro cambió, una revelación cruzándolo como sombra de nube—. Es impreciso. Inestable. No sabemos si cortar el azul desactiva el circuito o cierra el bucle de retroalimentación.

—En términos que yo entienda —susurró Mateo—. ¿Es como intentar derribar un edificio con explosivos mal calculados? ¿Puedes fallar por defecto de diseño?

—Exacto —dijo ella, y una sonrisa terrible, salvaje, iluminó su rostro—. Es chapuza. Es obra de albañil, no de ingeniero. Hay holgura. Hay... —señaló una soldadura torcida en la base del módulo—. Hay errores. Podemos explotar los errores.

—Relativo —dijo ella, moviéndose, reptando hacia la izquierda, buscando otro ángulo—. La perfección es absoluta. La imperfección tiene grados. Y esta bomba... —dudó, tocando algo con la punta del destornillador, haciendo que Mateo contuviera el aliento hasta que le dolieron los pulmones—. Esta bomba tiene un reset. Mira. Aquí. Un puerto USB mini. Alguien programó esto con un cable de móvil, Mateo. Es un chiste. Es una broma de mal gusto.

—¿Podemos hackearla? —Mateo sintió una chispa de esperanza, peligrosa, eléctrica.

—Podemos intentar inyectar un código de parada —dijo Nora, buscando frenéticamente en los bolsillos de la cazadora de Rafael—. Elena tenía que tener un cable. Algo. Era previsora. Era...

—Nora —la voz de doña Encarna llegó débil, pastosa, desde el otro lado del pilar donde la anciana estaba atada sin poder ver la bomba, pero sintiendo su presencia como animal herido siente al depredador—. Chiquilla... en mi bolso. El bolso que está ahí, junto a la puerta. Tengo... tengo un cargador. Universal. Con adaptadores.

Mateo miró. Efectivamente, junto a la puerta del sótano, había un bolso de mano de rafia, de esos que las abuelas llevan a comprar el pan, abandonado como si doña Encarna lo hubiera soltado al forcejear. Y asomando por la cremallera rota, el cable blanco y arcaico de un cargador de iPhone 4.

—Es viejo —dijo Mateo, reptando hacia allí con movimientos de cangrejo, manteniendo la distancia con la bomba, extendiendo el brazo hasta que los dedos rozaron la rafia áspera—. Es de los anchos. No es mini USB.




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