La junta

capitulo 26

La llave pesaba más de lo que debería. No por el metal, sino por lo que representaba. Nora la sostuvo entre los dedos, sintiendo el frío del hierro antiguo, la rugosidad del tiempo, la promesa de algo que llevaba décadas enterrado bajo sus pies.

—¿El sótano? —repitió Mateo, incrédulo—. ¿El sótano que está tapiado desde…?

—Desde antes de que yo naciera —interrumpió Maruja, que había subido sin pedir permiso, como siempre—. Ese sótano es una leyenda. Dicen que ahí guardaban cosas raras. Documentos. Cajas. Y que un día, de repente, lo cerraron todo.

—¿Quién lo cerró? —preguntó Nora.

Maruja se encogió de hombros.

—Los de antes. Los que mandaban. Los que tenían dinero. Los que no querían que nadie supiera nada.

Sergio tragó saliva.

—Mi bisabuelo estaba entre ellos.

El silencio cayó como un telón.

Nora miró la llave. El número grabado —0— parecía observarla.

—¿Por qué cero? —preguntó Mateo.

—Porque no es un sótano normal —respondió Sergio—. Es… el primero. El original. El que existía antes de que construyeran el resto del edificio. Mi madre decía que ahí empezó todo.

Doña Encarna se levantó del sofá con una agilidad sorprendente para su edad.

—Pues habrá que bajar.

—No ahora —dijo Nora—. No sin saber qué buscamos. No sin saber quién nos está empujando a hacerlo.

Sergio se frotó la cara.

—Hay algo más.

Nora lo miró, cansada.

—¿Qué?

Él abrió la mochila y sacó un cuaderno pequeño, de tapas duras, cubierto de polvo.

—Lo encontré en el apartamento de Ginebra. Estaba escondido detrás de una tabla suelta. Creo que era de mi madre.

Nora lo tomó con cuidado. Lo abrió.

La letra era elegante, inclinada, precisa. Y las primeras palabras la hicieron sentir un escalofrío.

“Si estás leyendo esto, es porque ya no estoy.”

Mateo se acercó por detrás. Doña Encarna también. Sergio bajó la mirada.

Nora siguió leyendo.

“No confíes en nadie. Ni siquiera en ti mismo. La Junta no perdona. La Junta no olvida. La Junta no permite que la verdad salga a la luz. Si encuentras la llave, no la uses. No abras la puerta. No bajes al sótano. Lo que hay ahí abajo no debe ver la luz.”

Nora cerró el cuaderno de golpe.

—Perfecto —dijo Mateo—. Ahora sí que estamos pedidos.

—¿Qué es la Junta? —preguntó Nora, mirando a Sergio.

Él negó con la cabeza.

—No lo sé. Mi madre nunca me lo explicó. Solo decía que eran… los que mandaban antes de que existieran los que mandan ahora.

—¿Una sociedad secreta? —preguntó Mateo.

—Más bien una sociedad discreta —dijo doña Encarna—. Las secretas salen en los periódicos. Las discretas mandan en los periódicos.

Nora se pasó la mano por la cara.

—Tenemos el cilindro. Tenemos la llave. Tenemos la confesión. Tenemos la amenaza. Y tenemos un edificio que quieren derribar en setenta y dos horas.

Mateo la miró.

—¿Qué hacemos?

Ella respiró hondo.

—Bajamos.

Sergio dio un salto.

—¿Qué? ¡Pero mi madre dijo que no lo hiciéramos!

—Tu madre también intentó matarnos —respondió Mateo—. No sé si es la mejor consejera ahora mismo.

—No bajamos por curiosidad —dijo Nora—. Bajamos porque ellos quieren que no bajemos. Y porque si hay algo ahí abajo que explica por qué quieren destruir este edificio, lo necesitamos.

Doña Encarna sonrió.

—Y porque tengo ganas de aventura.

—No es una aventura —dijo Nora—. Es una guerra.

—Las mejores aventuras siempre lo son —respondió la anciana.

A medianoche, el edificio estaba en silencio. Un silencio espeso, expectante, como si las paredes contuvieran la respiración. Nora, Mateo, Sergio y doña Encarna bajaron las escaleras con linternas en la mano. El portal estaba vacío. La calle, desierta.

Llegaron al rellano del sótano.

La puerta estaba ahí.

Tapiada.

Cubierta de cemento viejo, agrietado, como una cicatriz.

—Aquí es —susurró Sergio.

Nora levantó la linterna. En la pared, casi borrado por el tiempo, había un símbolo.

Un círculo.

Y dentro, un cero.

Mateo tragó saliva.

—Esto da mal rollo.

—Todo da mal rollo últimamente —respondió Nora.

Doña Encarna sacó algo de su bolso.

Un cincel.

Y un martillo.

—Apartaos.




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