La junta

Cpitulo 27

El aire del sótano era denso, húmedo, antiguo. No olía a moho normal, sino a algo más profundo, más viejo, como si el tiempo mismo se hubiera quedado atrapado allí abajo. Nora bajó el primer escalón con la linterna temblando en su mano. Mateo iba detrás, con el martillo. Sergio, pálido, sujetaba la mochila como si fuera un escudo. Doña Encarna cerraba la marcha, con el abrelatas en alto como si fuera un arma sagrada.

El pasillo era estrecho, de piedra desnuda. El eco de sus pasos resonaba como si alguien más caminara con ellos.

—Esto no me gusta —susurró Mateo.

—A mí sí —dijo doña Encarna—. Huele a misterio. Y a humedad. Pero sobre todo a misterio.

Nora avanzó. La linterna iluminó una puerta al fondo del pasillo. Una puerta de madera maciza, reforzada con hierro. En el centro, grabado a fuego, el mismo símbolo que en la pared: un círculo con un cero dentro.

—Aquí es —dijo Sergio, tragando saliva.

Nora se acercó. La puerta tenía una cerradura antigua, pero no la misma que habían abierto arriba. Esta era más grande. Más compleja. Más… ritual.

—¿La llave sirve aquí? —preguntó Mateo.

—No lo sé —respondió Nora—. Pero vamos a averiguarlo.

Introdujo la llave.

Encajó.

Giró.

Un clic profundo, metálico, resonó por todo el sótano. La puerta se abrió lentamente, como si hubiera estado esperando ese momento durante décadas.

Un viento frío salió de dentro.

Y algo más.

Un susurro.

No de voces.

De papel.

De documentos.

De historia.

Nora entró.

Y se quedó sin aliento.

El sótano cero no era un sótano.

Era un archivo.

Un archivo secreto.

Estanterías de madera cubrían las paredes, llenas de cajas, carpetas, cilindros, fotografías, libros encuadernados en cuero. En el centro, una mesa larga, cubierta de polvo. Y sobre ella, un proyector antiguo, idéntico al que habían visto en Ginebra.

—Madre mía… —susurró Mateo.

Doña Encarna se acercó a una estantería.

—Esto es… esto es historia. Historia prohibida.

Sergio caminó hacia una caja. La abrió con manos temblorosas.

—Son documentos del banco —dijo—. De hace más de cien años. Contratos. Transferencias. Nombres. Fechas. Todo lo que mi madre quería destruir.

Nora se acercó a otra estantería. Sacó una carpeta. La abrió.

Y sintió que el corazón se le detenía.

—Mateo… ven.

Él se acercó. Miró por encima de su hombro.

—¿Qué es eso?

Nora señaló una foto.

Era el edificio de Argumosa.

Pero no como era ahora.

Como era en 1910.

Y delante, un grupo de hombres trajeados.

Los mismos de la foto que Sergio había traído.

Pero había algo más.

Una mujer.

Una mujer joven.

Con el mismo rostro que Nora.

—¿Quién es? —preguntó Mateo.

Sergio se acercó.

Miró la foto.

Y palideció.

—Es… es Elena Valdés. Mi tía abuela. La hermana de mi abuelo. La que desapareció en 1912. La que… —miró a Nora—. La que se parece a ti.

Nora sintió un escalofrío.

—¿Por qué está aquí?

Sergio abrió la carpeta.

Dentro había cartas.

Firmadas por Elena.

Dirigidas a alguien llamado “La Junta”.

—No puede ser… —susurró Sergio—. Ella trabajaba para ellos.

Mateo frunció el ceño.

—¿Y qué hacía aquí?

Sergio leyó una carta.

—“El edificio está listo. El sótano cero está sellado. Nadie sabrá lo que guardamos aquí. Nadie sabrá lo que hicimos.”

Nora sintió que las piernas le temblaban.

—¿Qué guardaron aquí?

Doña Encarna, que había estado revisando otra estantería, levantó un objeto.

Un cilindro.

Otro.

Idéntico al que habían traído de Ginebra.

—Hay más —dijo ella—. Muchos más.

Sergio abrió una caja.

Dentro había decenas de cilindros.

—Son confesiones —dijo—. De todos ellos. De todos los que participaron. De todos los que financiaron… lo que fuera que hicieron.

Mateo se acercó a la mesa central.

Había un cuaderno abierto.

Con una frase escrita en tinta negra.




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