El silencio que dejó Elena era tan profundo que parecía absorber el aire del sótano. Nora se quedó mirando el espacio vacío donde la figura luminosa había estado segundos antes. No sabía si llorar, gritar o correr. Mateo se acercó a ella, pero no la tocó. No todavía. Sergio seguía de rodillas, con la mirada perdida. Doña Encarna, por primera vez desde que la conocían, parecía… pequeña.
—Tenemos que irnos —dijo Mateo, con la voz baja, casi un susurro.
Nora asintió, aunque sus piernas temblaban.
—Sí. Llevémonos lo que podamos.
Sergio se levantó con dificultad.
—No podemos dejar nada aquí. Si la Junta sabe que hemos entrado…
—Ya lo sabe —interrumpió Nora—. Y vendrán.
Doña Encarna guardó el abrelatas en el bolso.
—Pues que vengan. Pero que vengan cuando estemos arriba. Aquí abajo no me gusta pelear.
Mateo tomó el maletín. Nora llenó una mochila con documentos, cilindros, fotografías. Sergio hizo lo mismo. No podían llevárselo todo, pero sí lo suficiente para destruir un imperio.
Cuando subieron las escaleras, el edificio crujió. No como antes. No como un aviso. Sino como un lamento.
Como si supiera que lo que estaba a punto de ocurrir lo cambiaría para siempre.
Al llegar al tercer piso, Nora sintió algo extraño. Un olor. Un calor. Un silencio demasiado tenso.
—¿Lo notáis? —preguntó.
Mateo asintió.
—Sí. Algo no va bien.
Doña Encarna olió el aire.
—Huele a… plástico quemado.
Sergio palideció.
—No puede ser…
Nora corrió hacia su piso. Abrió la puerta de golpe.
Y se quedó helada.
El salón estaba revuelto. Los cojines por el suelo. Los cajones abiertos. Los papeles tirados. Pero eso no era lo peor.
Lo peor era la pared.
Una frase escrita con pintura roja.
“DEVOLVED LO QUE ES NUESTRO.”
Mateo entró detrás de ella.
—Joder…
Sergio se apoyó en la pared, temblando.
—Han estado aquí. Han entrado. Han buscado el cilindro.
—Y no lo han encontrado —dijo Nora—. Porque lo tenemos nosotros.
Doña Encarna se acercó a la frase. La tocó con un dedo.
—Pintura fresca. Hace menos de una hora.
Nora sintió un escalofrío.
—Tenemos que irnos. Ahora.
—¿A dónde? —preguntó Mateo.
—A un sitio donde no puedan encontrarnos. Donde podamos digitalizar todo esto. Donde podamos publicarlo.
Sergio levantó la mano.
—Conozco un sitio. Un coworking en Lavapiés. Abierto 24 horas. Seguro. Nadie pregunta nada. Y tienen ordenadores potentes.
Nora asintió.
—Vamos.
Pero cuando salieron al pasillo, escucharon algo.
Un ruido.
Un golpe.
En el portal.
Mateo se asomó por la barandilla.
Y palideció.
—Hay gente abajo.
—¿Cuánta? —preguntó Nora.
—No lo sé. Pero no son vecinos.
Sergio se acercó.
—¿La Junta?
—O el banco —dijo Mateo—. O ambos.
Doña Encarna sacó el abrelatas.
—Pues habrá que salir por el tejado.
Nora la miró.
—¿Qué?
—El tejado —repitió la anciana—. Hay una salida al edificio de al lado. Lo usábamos en los ochenta para colarnos en la azotea y tomar el sol sin pagar piscina. Vamos.
Mateo suspiró.
—No puedo creer que esto esté pasando.
—Pues créetelo —dijo Nora—. Porque si nos cogen, se acabó.
Subieron las escaleras hasta el último piso. El edificio crujía bajo sus pies. El aire estaba cargado. Nora sentía que cada paso era una cuenta atrás.
Llegaron a la puerta del tejado. Cerrada con un candado oxidado.
—Apartaos —dijo doña Encarna.
Sacó el abrelatas.
Y lo usó como palanca.
El candado cedió.
—Nunca subestiméis a una mujer con bolso —dijo ella.
Salieron al tejado. El aire frío de Madrid les golpeó la cara. Desde allí, podían ver Lavapiés entero: las luces, los bares, la vida nocturna. Y también podían ver algo más.
Un coche negro.
Aparcado frente al edificio.
Con dos hombres dentro.
—Nos están vigilando —dijo Mateo.
—No por mucho tiempo —respondió Nora—. Vamos.
Cruzaron al edificio de al lado. Bajaron por una escalera de incendios. Llegaron a la calle. Se mezclaron con la gente. Con el ruido. Con la vida.