La figura que entró en la sala no era un desconocido. No era un agente del banco. No era un miembro de la Junta. No era un enemigo.
Era Rafael.
Rafael, el vecino del 2ºC.
El hombre tranquilo, amable, siempre con un libro bajo el brazo.
El que regaba las plantas de Maruja cuando ella se iba al pueblo.
El que parecía invisible en las reuniones de vecinos.
El que nunca llamaba la atención.
Nora sintió que el corazón se le detenía.
—Rafael… ¿qué haces aquí?
Él cerró la puerta detrás de sí. No llevaba armas. No llevaba mochila. No llevaba nada.
Solo una expresión que Nora nunca le había visto.
Una mezcla de tristeza, cansancio… y culpa.
—He venido a ayudaros —dijo.
Mateo levantó el martillo.
—¿Ayudarnos? ¿Tú? ¿Cómo coño sabías que estábamos aquí?
Rafael suspiró.
—Porque llevo siguiéndoos desde que volvisteis de Ginebra.
Sergio palideció.
—¿Eres de la Junta?
Rafael negó con la cabeza.
—No. Pero mi familia sí lo fue.
El silencio cayó como un golpe.
Nora sintió un escalofrío.
—¿Qué… qué estás diciendo?
Rafael dio un paso adelante.
—Mi abuelo fue uno de los fundadores. Mi padre también. Yo… debía serlo. Pero me negué. Me fui. Me escondí. Me vine a este edificio porque… —miró a Nora—. Porque sabía que algún día alguien abriría el sótano cero.
Mateo apretó los dientes.
—¿Y por qué no dijiste nada?
—Porque si hablaba, me mataban —respondió Rafael—. Y si callaba… podía protegeros desde dentro.
Doña Encarna se cruzó de brazos.
—¿Protegernos? ¿Tú? ¿El hombre que se desmaya cuando ve una cucaracha?
Rafael sonrió, triste.
—No soy quien creéis. Nunca lo fui.
Nora dio un paso hacia él.
—¿Qué quieres?
Rafael la miró directamente.
—Quiero que salgáis vivos de esto.
Sergio se acercó.
—¿La Junta viene?
Rafael asintió.
—Sí. Y no vienen a negociar. Vienen a recuperar lo que habéis robado. Y a borraros del mapa.
Mateo se colocó delante de Nora.
—Pues que vengan.
Rafael negó con la cabeza.
—No entendéis. No son matones. No son sicarios. Son… fanáticos. Creen que la historia les pertenece. Creen que el país les pertenece. Creen que la verdad es un arma que solo ellos pueden usar.
Nora sintió un nudo en la garganta.
—¿Qué hacemos?
Rafael respiró hondo.
—Tenéis que publicar todo. Ahora. Antes de que lleguen. Antes de que corten la luz. Antes de que bloqueen la red. Antes de que os encuentren.
Sergio señaló la pantalla.
—Estamos digitalizando los cilindros. Pero falta tiempo.
—No lo tenéis —dijo Rafael—. La Junta ya está en el barrio.
Doña Encarna se levantó.
—Pues que entren. Les doy con el bolso.
Rafael sonrió.
—No podéis pelear contra ellos. Pero sí podéis hacer algo que ellos temen más que cualquier arma.
Nora lo miró.
—¿Qué?
Rafael señaló el ordenador.
—Publicadlo. Todo. Ahora. Sin filtros. Sin miedo. Sin esperar a tenerlo perfecto. La verdad no necesita edición. Solo necesita salir.
Mateo miró a Nora.
—¿Estás lista?
Ella tragó saliva.
—No. Pero lo haré igual.
Sergio empezó a subir archivos. Fotos. Cartas. Documentos. Los cilindros digitalizados. La confesión del bisabuelo. La imagen de los niños. Todo.
Nora abrió una nueva carpeta.
La llamó:
“SÓTANO CERO — LA VERDAD.”
Mateo tomó aire.
—Cuando le des a enviar… no habrá vuelta atrás.
Nora lo miró.
—Nunca la hubo.
Rafael se acercó a la ventana.
—Están aquí.
Nora se giró.
—¿Quién?
Rafael señaló la calle.
—La Junta.
Nora se acercó a la ventana.
Abajo, en la calle, había tres coches negros.
Hombres trajeados.
Mirando hacia el edificio.
Esperando.
Mateo apretó el martillo.
—Pues que esperen.