La junta

capitulo 32

El cuerpo del hombre de la Junta yacía en el suelo del sótano cero, inmóvil, con la linterna de Nora iluminando su rostro pálido. El silencio era tan profundo que parecía absorber el aire. Nora respiraba con dificultad, como si cada inhalación fuera un recordatorio de que seguía viva por segundos de diferencia.

Mateo la abrazó con fuerza, como si temiera que se desvaneciera.

—Estás bien —susurró—. Estás bien.

Nora apoyó la frente en su pecho. No lloró. No podía. No todavía.

Doña Encarna, con el abrelatas aún en la mano, resopló.

—Pues vaya mierda de Junta. Mucho traje, mucha amenaza, y luego un golpe bien dado y al suelo.

Rafael negó con la cabeza.

—No te equivoques. Él no era la Junta. Era un mensajero. Un ejecutor. La Junta… es más grande. Más antigua. Más difícil de matar.

Sergio se acercó al cuerpo, temblando.

—¿Y ahora qué hacemos con él?

Nora se separó de Mateo. Su voz salió más firme de lo que esperaba.

—Nada. No hacemos nada. No somos como ellos.

Mateo asintió.

—Nos vamos. Ya hemos hecho lo que teníamos que hacer aquí.

Rafael miró el panel donde Nora había desactivado los explosivos.

—Habéis salvado el edificio. Eso ya es más de lo que cualquiera ha conseguido en cien años.

Nora tomó aire.

—No lo hemos salvado aún. Tenemos que salir de aquí. Y tenemos que sacar a los vecinos. Y tenemos que asegurarnos de que nadie más baja a este sótano.

Doña Encarna levantó el abrelatas.

—Pues lo tapiamos otra vez. Pero esta vez con cemento del bueno.

Mateo sonrió, pese al miedo.

—Eso lo puedo hacer yo.

Sergio se acercó a Nora.

—Lo que has hecho… lo que has visto… lo que has arriesgado… —su voz se quebró—. No sé cómo darte las gracias.

Nora lo miró.

—No tienes que darme las gracias. Solo tienes que vivir con la verdad. Y no repetir los errores de tu familia.

Sergio bajó la mirada.

—No sé si puedo.

—Puedes —dijo Nora—. Porque has elegido no ser como ellos. Y eso ya te hace diferente.

Rafael se acercó.

—Tenemos que irnos. La Junta puede haber perdido esta batalla, pero no se quedará quieta. No después de lo que habéis publicado.

Nora asintió.

—Vamos.

Subieron las escaleras del sótano. Cada peldaño parecía más pesado que el anterior. Cuando llegaron al portal, el edificio crujió. No como antes. No de miedo. No de dolor.

De alivio.

Como si respirara.

Como si agradeciera.

Nora se detuvo un segundo. Puso la mano en la pared.

—Estamos contigo —susurró.

Mateo la miró.

—¿Le hablas al edificio?

—Sí —respondió ella—. Y él me escucha.

Doña Encarna resopló.

—Pues que te escuche bien: mañana quiero agua caliente.

Cuando salieron a la calle, el aire frío de la madrugada les golpeó la cara. Los coches negros ya no estaban. La calle estaba vacía. Silenciosa. Como si la ciudad entera contuviera la respiración.

Sergio miró alrededor.

—¿Se han ido?

Rafael asintió.

—Por ahora. La verdad los ha obligado a retirarse. Pero volverán. Siempre vuelven.

Nora apretó los dientes.

—Pues que vuelvan. Esta vez no estamos solos.

Mateo tomó su mano.

—Vamos a casa.

Nora lo miró.

—¿A cuál?

Él sonrió.

—A la única que importa.

Cuando entraron en el edificio, los vecinos estaban despiertos. Maruja, Ahmed, los estudiantes del 4ºA, el viejo Julián, todos reunidos en el portal, nerviosos, asustados, expectantes.

Maruja fue la primera en hablar.

—¿Qué ha pasado? ¿Qué era ese temblor? ¿Por qué había coches negros? ¿Por qué…?

Nora levantó la mano.

—Todo está bien.

—¿Seguro? —preguntó Ahmed.

Nora asintió.

—Sí. El edificio está a salvo. Y nosotros también.

Los vecinos se miraron entre ellos. Algunos lloraron. Otros rieron. Otros simplemente respiraron por primera vez en horas.

Maruja se acercó a Nora.

—¿Lo has hecho tú?

Nora negó con la cabeza.

—Lo hemos hecho todos.

Mateo la miró con orgullo.

Doña Encarna levantó el bolso.

—Y mi abrelatas.




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