Pero unos ojos que sí.
Ojos fríos.
Ojos antiguos.
Ojos que habían visto demasiado.
—Nora Valdés —dijo la figura—. Por fin.
Nora retrocedió.
—¿Quién eres?
La figura sonrió.
—Soy la Junta.
Nora sintió un escalofrío.
—Llegas tarde. Ya lo he desactivado.
—Lo sé —respondió la figura—. Y por eso estoy aquí.
—¿Para matarme?
—No —dijo él—. Para ofrecerte un trato.
Nora frunció el ceño.
—¿Qué trato?
El hombre dio un paso adelante.
—Devuélvenos los documentos. Devuélvenos los cilindros. Devuélvenos la verdad. Y te dejaremos vivir. A ti. A tus vecinos. A tu edificio.
Nora apretó la linterna.
—No.
El hombre suspiró.
—No entiendes lo que has hecho. Has desenterrado un siglo de secretos. Has puesto en peligro a familias enteras. Has encendido una mecha que no puedes apagar.
—La verdad no se apaga —respondió Nora.
El hombre la miró con una mezcla de desprecio y lástima.
—Eres joven. Crees que la verdad importa. Crees que la justicia existe. Crees que puedes cambiar algo.
Nora dio un paso adelante.
—Puedo.
El hombre sonrió.
—Entonces muere con tu verdad.
Sacó algo del bolsillo.
Un arma.
Nora sintió el corazón en la garganta.
—No…
El hombre apuntó.
—Adiós, Nora Valdés.
Pero entonces…
Un golpe.
Un grito.
El hombre cayó al suelo.
Detrás de él, con el abrelatas en la mano, estaba doña Encarna.
—¡En mi barrio no se mata a nadie sin mi permiso! —gritó.
Nora se quedó sin palabras.
—¿Cómo… cómo has bajado?
—Por las escaleras, hija. No soy tan vieja.
Mateo apareció detrás de ella, jadeando.
—¡Nora!
Ella corrió hacia él.
Se abrazaron.
Fuerte.
Como si el mundo se estuviera derrumbando.
Sergio llegó detrás, llorando.
—¿Estás bien? ¿Estás bien?
Nora asintió.
—Sí. Ya está. Ya ha terminado.
Pero Rafael, que bajaba el último, negó con la cabeza.
—No. Aún no.
Nora lo miró.
—¿Qué falta?
Rafael señaló el cuerpo del hombre.
—La Junta no es una persona. No es un hombre. No es un nombre.
Es una idea.
Y las ideas… no mueren así.
Nora respiró hondo.
—Entonces las enterramos.
Mateo la tomó de la mano.
—Juntos.
Doña Encarna levantó el abrelatas.
—Y con estilo.
El edificio crujió.
No de miedo.
No de dolor.
De alivio.
Nora miró a su alrededor. El silencio, ahora lleno de significado, parecía envolverlos. La verdad había hecho su camino.
—¿Y ahora qué? —preguntó Mateo, con la voz entrecortada por la tensión.
Rafael se agachó, inspeccionando el cuerpo del hombre.
—Necesitamos deshacernos de esto —dijo—. No podemos dejar que nadie se entere de lo sucedido.
Doña Encarna asintió, todavía empuñando el abrelatas como si fuera su única defensa.
—Hay un viejo almacén al final de la calle. Podemos ocultarlo allí —sugirió.
Nora entrelazó sus dedos con los de Mateo, buscando su fuerza.
—No, no sólo eso. Debemos dejar un mensaje. No pueden seguir manipulando nuestra vida.
Sergio frunció el ceño.
—¿Y qué mensaje se supone que debemos dejar?
La mirada de Nora se endureció.
—Que la verdad siempre encontrará su camino, por muy oscuro que sea el sendero.
Los cuatro miraron el cuerpo y luego el camino hacia la salida. Un nuevo propósito los unía.
—Entonces, vamos —dijo Mateo—. Armados de verdad, como siempre debimos estar.
Comenzaron a moverse, los ecos de sus pasos resonaron en el sótano que parecía, de alguna manera, liviano, como si el peso de los secretos hubiera cesado.
Mientras subían las escaleras, un leve temblor recorrió el suelo, pero esta vez, no era miedo. Era una promesa. La promesa de un nuevo comienzo.