La junta

capitulo 34

El amanecer sobre Lavapiés tenía un color distinto.
No era el gris cansado de siempre.
Era un dorado suave, cálido, casi tímido, como si el sol también estuviera aprendiendo a empezar de nuevo.

Nora y Mateo seguían en la azotea, apoyados en la barandilla, mirando cómo la ciudad despertaba.
El edificio crujía de vez en cuando, como si respirara hondo después de un siglo conteniendo el aire.

—¿Sabes qué es lo más raro? —dijo Mateo.

—¿Qué?

—Que por primera vez en mucho tiempo… no tengo miedo.

Nora lo miró.

—Yo tampoco.

—¿Y eso te asusta?

Ella sonrió.

—Un poco.

Mateo se rió.

—A mí también.

Se quedaron en silencio un momento.
Un silencio que ya no dolía.
Un silencio que acompañaba.

A media mañana, el portal volvió a llenarse de vida.
Los vecinos habían dormido poco, pero parecían más jóvenes, más ligeros, como si el edificio les hubiera devuelto algo que habían perdido hacía años.

Maruja apareció con una bandeja de magdalenas.

—He hecho desayuno para todos. No sé si es celebración o funeral, pero hay que comer.

Ahmed llegó con café.

Los estudiantes del 4ºA trajeron zumos.

El viejo Julián bajó con una radio antigua que solo emitía música de los años setenta.

Doña Encarna apareció la última, con su bolso y una expresión de “si alguien intenta joderme el día, lo mato”.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó.

Nora sonrió.

—Ahora… vivimos.

A media tarde, llegó una carta del Ayuntamiento.
Oficial.
Sellada.
Firmada.

Nora la abrió rodeada de vecinos.

La leyó en silencio.

Y luego levantó la vista.

—Han declarado el edificio Bien de Interés Cultural.

Los vecinos estallaron en aplausos.
Maruja lloró.
Ahmed abrazó a su hijo.
Los estudiantes gritaron.
Doña Encarna dijo:

—Ya era hora, coño.

Mateo tomó la carta.

—¿Qué significa exactamente?

Nora respiró hondo.

—Que no pueden derribarlo.
Que no pueden venderlo.
Que no pueden tocarlo sin permiso.
Que está protegido.
Para siempre.

El edificio crujió.

Como si dijera:

“Gracias.”

Por la noche, cuando el portal volvió a quedarse vacío, Nora subió sola al tercer piso.
Necesitaba un momento.
Un cierre.
Un principio.

Entró en su piso.
La frase roja seguía en la pared:

“DEVOLVED LO QUE ES NUESTRO.”

Nora se acercó.
La tocó con los dedos.
La pintura estaba seca.
Fría.
Muerta.

—No —susurró—. Esto ya no es vuestro.
Esto es mío.
Nuestro.
Del edificio.
De la gente que vive aquí.
De la gente que lo salvó.

Cogió un pincel.
Una brocha.
Un cubo de pintura blanca.

Y empezó a cubrir la frase.

Capa a capa.

Hasta que desapareció.

Hasta que la pared volvió a ser pared.

Hasta que el pasado dejó de gritar.

Cuando terminó, se sentó en el suelo, agotada, con pintura en las manos y lágrimas en los ojos.

Mateo apareció en la puerta.

—¿Puedo pasar?

Ella asintió.

Él se sentó a su lado.

—¿Lo necesitabas?

—Sí.

—¿Te sientes mejor?

Nora apoyó la cabeza en su hombro.

—Sí.

—¿Y ahora qué?

Ella respiró hondo.

—Ahora… construimos algo nuevo.

Mateo sonrió.

—¿Juntos?

Nora lo miró.

—Juntos.

Él la besó.

Lento.
Seguro.
Verdadero.

El edificio crujió.

Como si celebrara.

Como si bendijera.

Como si dijera:

“Bienvenidos a casa.”

Esa noche, Nora salió al balcón.
Miró la calle.
Miró las luces.
Miró el edificio de enfrente.
Miró el cielo.

Y por primera vez en mucho tiempo… no sintió miedo.
No sintió peso.
No sintió culpa.

Sintió futuro.

Mateo apareció detrás de ella.
La abrazó por la cintura.

—¿En qué piensas?

Ella sonrió.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.