La ley de los 5

Capítulo 4: El ingrediente del caos

El sonido de mi alarma no era un pitido burocrático ni una melodía institucional de la academia. Era una batería pesada de rock clásico que reventaba los altavoces de mi habitación a las seis en punto de la mañana.

Me levanté de la cama de un salto, arrastrando las sábanas con un desorden absoluto que haría que a cualquier estudiante de la Facultad de Leyes le diera un ataque cardíaco en el acto. Solté un bostezo ruidoso, me estiré hasta escuchar el crujido de mis vértebras y pasé las manos por mi cabello corto, revolviéndolo aún más de lo que ya estaba. Tenía la cara hinchada por el sueño, pero la energía me corría por las venas como si fuera cafeína pura. Para mí, la mañana no era el inicio de una rutina de oficina; era el calentamiento antes de entrar a la cocina de alta presión.

Me dirigí directo al baño principal, arrastrando los pies y descalza. Lo primero que hice no fue abrir el grifo, sino conectar mi teléfono al sistema de sonido integrado para subir el volumen al máximo. La música comenzó a retumbar con tanta fuerza que los azulejos de las paredes vibraban en sintonía con los bajos. Me metí bajo el agua caliente y, de inmediato, empecé a cantar a todo pulmón, desafinando sin el menor rastro de vergência mientras el vapor llenaba el espacio. Mi voz competía con las guitarras eléctricas, resonando con fuerza por toda la casa.

A diferencia de la mayoría de los estudiantes internacionales de la ALIT, yo no vivía en el complejo de dormitorios de la escuela. No compartía mi espacio con cuatro clones uniformados que cronometbran sus duchas. Mis padres se habían mudado a Londres hacía unos años para expandir los negocios de la familia, y actualmente vivíamos en una propiedad residencial tan cercana a la universidad que casi se fundía con los límites del campus. De hecho, nuestra dinastía familiar era la encargada de proveer gran parte de los insumos gourmet y la logística de alimentos de alta gama que se consumían en los comedores ejecutivos de la ALIT. Llevábamos la comida directamente a la universidad, controlando el menú de los decanos y los eventos diplomáticos de la institución. El imperio culinario de mi familia estaba metido hasta la cocina de la escuela, literalmente.

El tiempo se me pasó volando entre canciones, mascarillas para el cabello y la selección de mi vestuario. Casi a un cuarto para las ocho de la mañana, terminé de arreglarme. Me puse el uniforme blanco del Instituto de Artes Gastronómicas, ajustándome el delantal gris con un nudo rápido y dejando que las mangas quedaran remangadas de forma descuidada pero cómoda. Tomé mi mochila con una mano y bajé a toda velocidad por las escaleras de la casa, saltando los escalones de dos en dos mientras el aroma a café recién colado y mantequilla tostada me guiaba hacia la planta baja.

—Vas tarde, Karen —declaró mi madre desde la isla central de la cocina, sin levantar la vista de su tablet, donde revisaba las facturas de importación de trufas negras para los restaurantes de la cadena familiar. Su tono era sereno, pero firme; la puntualidad en nuestro negocio era la diferencia entre una estrella Michelin y la quiebra.

—Lo sé, mamá. El tráfico de mi ducha estuvo terrible hoy —bromeé, dejando caer la mochila sobre una de las banquetas de cuero—. ¿Qué hay para desayunar? Me muero de hambre.

Mi papá salió en ese momento del área de los hornos, cargando una bandeja de plata reluciente que desprendía un calor reconfortante. En el centro, perfectamente horneados, reposaban varios panes artesanales crujientes, rellenos con lonchas gruesas de queso fundido y jamón curado ahumado de la mejor calidad.

—Te daré tres panes con una manzana verde bien crujiente y un termo de jugo de naranja recién exprimido —anunció mi padre con una sonrisa protectora, envolviendo el desayuno en papel térmico para que no prerdiere la temperatura durante el trayecto—. Alimento de campeones para la futura chef ejecutiva de la cadena. No quiero que te desmayes en la clase de técnicas de corte.

—¡Gracias, papá! ¡Gracias, mamá! Nos vemos por la tarde en el set de preparación —exclamé, atrapando la comida con agilidad y metiéndola en los compartimentos de mi bolso.

Salí corriendo por la puerta principal de la casa, sintiendo el aire gélido de la mañana de Londres golpeándome las mejillas. Me subí de un salto a mi scooter eléctrico de color rojo brillante, me acomodé el casco sobre mi cabello corto y arranqué a toda potencia por los senderos pavimentados que conectaban nuestra residencia con el ala oeste del campus. El trayecto me tomó exactamente diez minutos de maniobras rápidas entre las hojas secas del otoño y los estudiantes que caminaban hacia las facultades administrativas. Llegué a las cocinas del Instituto de Artes Gastronómicas justo a tiempo, deslizándome por la puerta trasera del aula magna en el mismo instante en que el maestro encendía los quemadores principales para la sesión práctica.

Pasé toda la mañana inmersa en una densa nube de harinas, caldos hirviendo y la rigurosa técnica de la gastronomía molecular. Para mí, estudiar gastronomía no era simplemente un oficio o seguir recetas de un libro aburrido; era un escenario científico donde podía experimentar, quemarme los dedos y crear sabores que desafiaran las reglas tradicionales.

Al mediodía, el timbre electrónico anunció el receso general de almuerzo. Como era nuestra costumbre inquebrantable, me reuní con mis compañeros de curso en las mesas exteriores del patio de gastronomía, un área de madera rodeada de hierbas aromáticas donde los futuros chefs solíamos sentarnos a diseccionar los aciertos y errores de nuestras preparaciones.

—Hola, Karen. ¿Qué traes hoy en esa bolsa mágica? —preguntó la chica número uno del grupo, sentándose frente a mí mientras abría un contenedor de plástico que emanaba un aroma dulce a canela.

—Manzana verde y pan con jamón y queso —respondí con una sonrisa descarada, sacando los tres paquetes térmicos que mi padre me había preparado—. Aunque debo advertirles que solo tengo tres panes, así que me comeré uno entero para mí porque el entrenamiento de repostería me dejó vacía. Los otros dos quedan para el escrutinio público.




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