El orden, una vez establecido bajo una estructura lógica de concesiones mutuas, demostró ser el mejor catalizador para el rendimiento individual. Durante los días siguientes a la remodelación y a la demolición controlada de nuestro muro, la atmósfera de la sección Élite Special comenzó a estabilizarse en una frecuencia pacífica que rozaba la perfección mecánica. Las cosas mejoraban a pasos agigigantados; los roces matutinos habían desaparecido, el chat grupal funcionaba como un reloj suizo gracias a la gestión del bot de Rabi, y el aroma a pintura fresca de Timoteo ya no asfixiaba el ambiente, contenido eficazmente detrás de sus paneles de acrílico transparentes. Yo, por mi parte, sentía que finalmente estaba recuperando las riendas de mi propia existencia. Con el caos doméstico reducido a cero, mi mente metódica podía concentrarse nuevamente en lo que realmente importaba: los complejos, exigentes y burocráticos asuntos de la presidencia del Consejo Estudiantil de la ALIT.
Una de esas tardes de mediados de semana, me vi obligada a regresar a la vivienda comunal mucho más temprano de lo habitual. El ala administrativa de la universidad había iniciado una remodelación profunda en los techos y sistemas de ventilación de las oficinas del Consejo, inundando mi santuario institucional de obreros, ruido de taladros y un polvo grisáceo que amenazaba con arruinar mis carpetas de archivo. Ante la imposibilidad de trabajar en un ambiente tan poco pulcro, empaqué mi computadora portátil, mis agendas de cuero y me retiré a nuestro departamento, sabiendo que ahora, al menos, encontraría un espacio predecible donde refugiarme.
Al cruzar el umbral, el silencio sepulcral de la planta baja me dio una bienvenida reconfortante. El sistema domótico que Rabi había instalado detectó mi ingreso, ajustando la temperatura del aire acondicionado a mis veintidós grados reglamentarios y suavizando la iluminación halógena para cansar menos mi vista. Al fondo de la estancia, en la esquina este junto al gran ventanal, Rabi se encontraba en su posición habitual: hundido en el sofá anatómico, con las piernas cruzadas, el rostro iluminado por el resplandor azulado de su tablet de alta gama y los dedos moviéndose con una velocidad casi inhumana sobre un teclado inalámbrico en miniatura. En el cuadrante contiguo, oculto tras la lona gris, se escuchaba una melodía clásica muy tenue, casi imperceptible; era la música que Timoteo utilizaba para concentrarse mientras trabajaba en sus lienzos.
Caminé con paso firme y silencioso sobre el suelo cerámico, me acerqué al área de descanso y me senté con elegancia en la otra punta del inmenso sofá, manteniendo una distancia prudencial y protocolar del informático. Saqué mi computadora portátil de la mochila rígida, la coloqué sobre mis muslos y la encendí, dejando que el logotipo del sistema operativo brillara en la penumbra. Sin embargo, antes de abrir mis archivos de texto, la curiosidad innata de mi profesión me impulsó a romper el hielo.
—¿Y los demás? —pregunté, manteniendo mi voz en un tono plano y gélido, sin levantar la vista de mi pantalla mientras tecleaba mi contraseña de seguridad de catorce dígitos.
Rabi ni siquiera parpadeó. Sus dedos continuaron ejecutando comandos a una velocidad alarmante, y su rostro permaneció completamente inexpresivo, como si fuera una extensión más del código binario que analizaba.
—Salieron —respondió de forma escueta, con esa voz monótona y desprovista de matices afectivos que tanto lo caracterizaba.
Una pequeña sonrisa sin gracia, casi una mueca de ironía legal, se dibujó en la comisura de mis labios. Cerré la ventana de inicio y abrí el gestor de correos electrónicos institucionales, el cual ya acumulaba una cantidad obscena de pendientes.
—¿Siempre respondes así de corto? —indagué, ladeando un poco la cabeza para observarlo de reojo.
En ese momento, los dedos de Rabi se detuvieron sobre el teclado con una sincronización perfecta. Dejó caer la tablet ligeramente sobre su regazo y giró el rostro hacia mí. Sus ojos oscuros, ocultos a medias tras unos mechones rebeldes de su cabello negro, me recorrieron de arriba abajo con una lentitud analítica que me hizo enderezar la espalda por puro instinto.
—¿Siempre vistes así de formal? —replicó, devolviéndome la pregunta con una pregunta, utilizando un tono cargado de un sarcasmo sutil que pretendía desestabilizar mi postura.
Miré por un segundo mi propio atuendo: una falda de sastre gris oscuro que caía exactamente dos centímetros por encima de mis rodillas, una blusa de seda blanca con el cuello perfectamente almidonado y una chaqueta ejecutiva oscura sin una sola mota de polvo. Era mi armadura profesional, el uniforme que me recordaba quién era yo en el tablero de la ALIT.
—Creo que eres el sujeto menos indicado en toda la universidad para venir a criticar mi vestimenta, Rabi —respondí, levantando una ceja y señalando con un ademán elegante de mi dedo índice la enorme, desgastada y holgada sudadera negra con capucha que él llevaba puesta, la cual parecía quedarle tres tallas más grande y ocultaba por completo su contextura física—. Tu concepto de la moda parece estancado en los servidores de los años noventa.
Rabi esbozó una sonrisa auténtica, un destello rápido de diversión que iluminó sus facciones usualmente sombrías, y regresó de inmediato su atención a la pantalla de su tablet, reanudando su tecleo frenético.
—Punto para la ley, princesa —murmuró en un susurro casi inaudible.
Yo también me obligué a concentrarme en lo mío. El trabajo acumulado no se iba a resolver solo por arte de magia burocrática. Tenía que organizar, clasificar y archivar una cantidad monumental de documentos digitales; el Consejo Estudiantil acababa de abrir la convocatoria para el gran Festival Deportivo Anual de la ALIT, y las diferentes facultades y clubes atléticos habían inundado nuestro servidor con solicitudes de presupuesto, reservas de canchas, modificaciones de reglamentos y peticiones de patrocinio externo. Era un cuello de botella administrativo que amenazaba con colapsar mis horas de sueño.
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Editado: 04.07.2026