La ley de los 5

Capítulo 15: El quiebre del molde

Mantener una postura estática durante más de una hora requiere un tipo de disciplina que no se enseña en los manuales de derecho, sino que se forja en el autocontrol absoluto de la propia mente. El cuerpo, bajo la exigencia del taller de Timoteo, empezó a protestar sutilmente; los músculos de mi brazo derecho, extendidos en esa pose de autoridad rígida que el pintor me había impuesto, comenzaron a emitir ligeras punzadas de fatiga, mientras que el calor humano de Karen, pegada por completo contra mi pecho, se volvía cada vez más denso en el espacio confinado por los paneles de acrílico transparentes. El olor a arcilla húmeda se mezclaba con el perfume de vainilla de la chef, creando una atmósfera extrañamente íntima y pesada.

Karen, que poseía una naturaleza inquieta, territorial y sumamente expresiva que no soportaba el silencio administrativo por mucho tiempo, aprovechó la inmovilidad de nuestros cuerpos para romper la tensión ambiental de una forma que yo no había previsto en mis cálculos estratégicos. Sintiendo el ritmo pausado de mi respiración contra su espalda, ladeó ligeramente la cabeza, permitiendo que unos mechones de su cabello rozaran mi mejilla, y bajó el tono de su voz a un susurro juguetón, ronco y cargado de una audacia coqueta que resonó directamente en mi oído.

—Sabes, presidenta... —murmuró la chef, manteniendo los ojos fijos en el frente para no arruinar la línea de visión de Timoteo, pero dejando escapar una sonrisa ladina—. Nunca imaginé que la recta, perfecta y temida Victoria tuviera una silueta tan espectacular bajo esos trajes ejecutivos que parecen armaduras medievales. Tienes un cuerpo precioso, chica. Es una verdadera lástima que pases todo el día escondida detrás de códigos civiles, leyes aburridas y carpetas de archivo. Con un par de detalles, podrías tener a cualquiera de la ALIT rogando por una sola mirada tuya en los pasillos de la facultad.

Mis cejas se juntaron levemente por el instinto de la sorpresa, pero mantuve mi postura congelada con una firmeza impecable, proyectando mi voz con ese tono gélido, plano y protocolar que utilizaba para desmantelar argumentos irrelevantes en las asambleas estudiantiles.

—Agradezco tu observación estética sobre mi anatomía, Karen —respondí de forma cortante, sin desviar la mirada de la pared del fondo—. Pero te sugiero que concentres tu energía y tu atención en mantener la estabilidad de tu columna para que Timoteo pueda terminar este suplicio de modelado lo antes posible. Además, por si existe alguna duda latente en tu mente culinaria, te aclaro de una vez que estás perdiendo tu tiempo con esos comentarios: a mí no me gustan las mujeres en absoluto. Mi orientación y mis preferencias están perfectamente definidas hacia los chicos, de modo que tus intentos de coquetería no van a surtir ningún efecto en este tablero.

Karen soltó una carcajada limpia, ahogada y sumamente divertida que hizo vibrar su espalda directamente contra mi pecho elástico, rompiendo por un segundo la rigidez del contacto físico.

—¡Ay, por Dios, qué seria eres, ley! —bromeó la chef con un tono cantarín y audaz, acomodando mejor el peso de sus hombros contra mi cuerpo—. No te adelantes a los hechos tan rápido. Yo solo digo que unas cuantas horas a solas conmigo en mi cocina, probando mis mejores postres afrodisíacos de chocolate amargo y escuchando mis consejos, y te aseguro que te haría cambiar de opinión en un abrir y cerrar de ojos. Nadie se resiste a los encantos de una buena chef cuando se propone conquistar un paladar... o un corazón.

Por primera vez desde que había cruzado las imponentes puertas residenciales de la sección Élite Special, una sonrisa auténtica, espontánea y llena de una gracia involuntaria se dibujó en mis labios, rompiendo por completo la máscara de hielo presidencial que solía llevar como armadura social. Aunque mi mente legal estaba cien por ciento segura de mi heterosexualidad y de que mis gustos se inclinaban exclusivamente hacia los hombres, la total desfachatez, el carisma y la frescura de las ocurrencias de Karen me resultaron sumamente divertidas. Dejé escapar una pequeña risa suave que alivió de golpe la pesadez del aire acondicionado.

—Tienes una imaginación desbordante para las hipótesis absurdas, Karen —repliqué, suavizando un poco el tono gélido de mi voz—. Concéntrate en la escultura antes de que decida revocar tu presupuesto de repostería francesa por insubordinación verbal.

Detrás del inmenso bloque de arcilla gris, Timoteo se detuvo, sosteniendo una espátula de madera con la mano derecha y limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo izquierdo. Nos miró a ambas con los ojos entrecerrados, evaluando el resultado de su trabajo con una perspectiva crítica que buscaba la perfección de las sombras. Tras unos segundos de silenciosa deliberación visual, dejó caer la herramienta sobre la mesa magnética y soltó un suspiro largo y aliviado.

—Listo, chicas... la estructura anatómica y la base general del modelado están completamente terminadas —anunció el pintor con una sonrisa de satisfacción profunda—. Lo que queda por hacer de ahora en adelante depende exclusivamente de mi técnica con las texturas y el acabado fino. Pueden romper la pose.

En cuanto las palabras salieron de su boca, me separé rápidamente de Karen, dando un paso hacia atrás sobre la tarima de madera con una celeridad que delataba mis ansias de recuperar mi propio espacio vital y la distancia física reglamentaria. Sacudí mis brazos con discreción, sintiendo cómo el flujo sanguíneo regresaba a mis músculos fatigados.

—Gracias a Dios —declaró mi voz, dejando escapar un suspiro de alivio genuino mientras me frotaba levemente el hombro derecho—. Pensé que nos convertiríamos en estatuas de verdad antes de que tu cliente pagara el primer centavo de ese contrato.

Timoteo rio entre dientes, observando mi reacción con una mezcla de diversión y simpatía artística mientras acomodaba sus frascos de pigmentos puros en la estantería contigua.




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