Ganar por un milímetro te deja los músculos ardiendo durante veinticuatro horas, pero te da una satisfacción que no te cabe en el pecho. Al día siguiente del Festival Deportivo, cuando la noche cayó sobre la ciudad de Londres y los jardines de la ALIT finalmente recuperaron su silencio habitual, yo ya estaba de pie frente al espejo de mi habitación. Tenía que ponerme el traje formal que el Consejo Estudiantil me había enviado como parte del protocolo del premio. Me miré de reojo: la chaqueta oscura me entallaba bien en la espalda atlética, pero la corbata me apretaba el cuello de una forma insoportable. Fiel a mi propio estilo, decidí dejar la chaqueta colgada en el perchero y me deshice de la corbata. Me remangué los puños de la camisa blanca de lino hasta los antebrazos y dejé los primeros dos botones abiertos. El espíritu libre y relajado de la cancha no se iba a quedar encerrado bajo tres capas de paño corporativo.
Cuando bajé a la sala común de la sección Élite Special, me quedé sin aliento. Victoria ya estaba esperando junto a la puerta principal, revisando unos documentos en su tablet de alta gama con esa parsimonia legal que la caracterizaba. Vestía un traje de gala de una elegancia criminal. Era un vestido de sastre de seda oscura, ceñido a su cintura y con un corte impecable que caía con una fluidez perfecta sobre sus piernas largas, complementado con unos tacones altos de aguja que la hacían ver aún más imponente y majestuosa. Llevaba el cabello recogido en un peinado perfecto, sin un solo mechón fuera de lugar. Al escuchar mis pasos, apagó la pantalla, levantó la barbilla con su habitual altivez aristocrática y me barrió con una mirada gélida que pretendía establecer una distancia reglamentaria antes de subir al auto.
—Llegas dos minutos tarde, Mateo —sentenció su voz de jueza, acomodándose un pequeño reloj de oro en la muñeca—. El chofer del Consejo nos espera en el perímetro exterior. Mantengamos esto bajo los términos estrictos de la formalidad institucional.
Yo solo sonreí, metiendo las manos en los bolsillos del pantalón con total tranquilidad.
—Relájate, presidenta. El cronómetro de la cancha ya terminó ayer. Esta noche el tiempo lo manejo yo.
El restaurante al que nos llevó el chofer era un auténtico templo de la alta sociedad londinense, el tipo de lugar refinado que Victoria llamaba "su terreno seguro". Mesas cubiertas con manteles de lino blanco inmaculado, cubertería de plata brillante, copas de cristal de baccarat y un silencio sepulcral que solo se interrumpía por el murmullo asfixiante de empresarios y diplomáticos hablando en susurros. El ambiente era tan rígido que me costaba respirar. En cuanto nos trajeron el menú, comenzaron los intentos fallidos de conversación, dejando en evidencia el abismo insalvable que separaba nuestros gustos y personalidades.
—La arquitectura de este lugar posee una estructura neoclásica del siglo diecinueve perfectamente conservada —comentó Victoria, mirando las columnas de mármol con ojo clínico mientras sosteniendo su copa de agua mineral—. Demuestra un respeto absoluto por las líneas de diseño tradicionales y la jurisprudencia de los monumentos históricos.
Yo miré el techo dorado, aburrido antes de que trajeran la entrada.
—Es demasiado gris para mi gusto, ley —repliqué, encogiéndome de hombros—. Prefiero los espacios abiertos. Una cancha de asfalto con los tableros un poco oxidados y el sonido del balón rebotando contra el metal tiene mucha más vida que todas estas piedras pulidas. El eco de aquí parece el de un tribunal de justicia.
Victoria entornó los ojos, dejando la copa sobre la mesa con un toque seco.
—La disciplina no requiere de espectáculos ruidosos, Mateo. Hablando de rendimiento, estuve revisando el informe de gestión de tu facultad. Si mantienes ese promedio de faltas personales por partido, el Consejo se verá obligado a revisar las cláusulas de tu seguro de lesiones deportivas para el próximo semestre. Es un gasto innecesario.
Solté una carcajada suave, recostándome en la silla y mirándola fijamente.
—¿En serio estás hablando de cláusulas y seguros en nuestra primera cena, presidenta? —bromeé, negando con la cabeza—. Yo juego con el corazón en la garganta. Si te pones a medir el ángulo de cada falta con una regla matemática, le quitas toda la adrenalina al deporte. Deberías intentar saltar sin pensar en la caída alguna vez.
—Pensar en las consecuencias de la caída es lo que me mantiene en la presidencia, capitán —respondió de forma cortante, sin desviar un milímetro su postura rígida.
La cena continuó en esa misma frecuencia de interferencia constante. Cada tema que yo intentaba proponer —música, viajes, comida— chocaba de frente contra su muro de leyes, calorías medidas y protocolos familiares. Para cuando llegó el postre, una sofisticada tarta de higos con reducción de vino que a mí me sabría a pura burocracia, el ambiente se había vuelto tan tenso y aburrido para mi espíritu libre que sentí la necesidad urgente de romper el guion. El chofer del Consejo ya había enviado un mensaje de texto avisando que estaba posicionado en la entrada para regresarla a la residencia.
Miré a Victoria, quien terminaba su postre con una delicadeza mecánica, y tomé una decisión ejecutiva.
—No vamos a subir a ese auto, ley —anuncié, poniéndome de pie de golpe y dejando unos billetes sobre la mesa para cubrir la cuenta, ignorando el protocolo del fondo estudiantil.
Victoria levantó la vista, arqueando una ceja con una mezcla de sorpresa e indignación.
—¿Disculpa? El itinerario aprobado por la dirección establece que el retorno a las habitaciones debe ejecutarse a las veintees horas en punto. No voy a modificar la planificación.
—La planificación se cancela —le devolví la mirada con una chispa desafiante en mis ojos, inclinándome sutilmente sobre la mesa—. A menos, claro, que la temida presidenta del Consejo Estudiantil le tenga miedo a salir de su burbuja de porcelana y no pueda aguantar una hora en el mundo real sin sus manuales de derecho. ¿O es que tu orgullo no te permite aceptar un reto fuera de tu oficina?
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Editado: 04.07.2026