Los días posteriores a la reunión del Consejo Estudiantil transcurrieron bajo una aparente y milimétrica normalidad administrativa. El campus de la ALIT se había transformado en un hormiguero de actividad silenciosa donde cada pabellón competía en secreto por conseguir los mejores materiales, los salones más amplios y la aprobación técnica de sus proyectos para el Festival Cultural. Yo me había refugiado por completo en mi rutina legal, pasando horas interminables revisando contratos de proveedores de pirotecnia y manuales de control de incendios para el baile de la fogata nocturna. Era un intento deliberado y estrictamente planificado para mantener mi mente ocupada y, sobre todo, para alejar de mi memoria el recuerdo persistente del vestíbulo de la residencia, el calor de un susurro y el roce sutil de unos labios sobre el dorso de mi mano izquierda. Había decretado un estado de sitio emocional en mi propio tablero de control.
Sin embargo, los estatutos institucionales exigían inspecciones físicas de seguridad y viabilidad comercial antes de otorgar el visto bueno definitivo para las actividades de campo. Esa era la razón exacta por la que, a media tarde de este jueves, me encontraba caminando por los pasillos de hormigón pulido que conducían al inmenso complejo deportivo de la zona sur. No iba sola. A mi lado avanzaba de forma apresurada Beatriz, una de las coordinadoras adjuntas del Consejo Estudiantil más eficientes y meticulosas de la facultad de ciencias políticas, quien sostenía una tablet corporativa donde titilaban los formularios de registro técnico.
—El departamento de deportes ha sido el más rápido en estructurar su base de datos para la subasta de citas benéficas, presidenta —comentó Beatriz, ajustándose las gafas mientras sus tacones resonaban con un eco rítmico en el pasillo—. Sin embargo, las normativas internas del campus exigen que validemos el catálogo de presentación visual de los atletas antes de habilitar la pasarela de pujas en la red interna de la universidad. No podemos permitir vacíos de protocolo.
—Exacto —asentí, manteniendo mi carpeta ejecutiva apretada firmemente contra el pecho y la barbilla en alto—. Mi función aquí es meramente supervisora. Velaremos por que se cumplan las reglas de decoro institucional y el control de afluencia. Tú asumirás la dirección técnica y la validación de las fichas de los participantes; serás la encargada oficial de la sección de deportes para este bloque de evaluación.
Al cruzar las inmensas puertas de doble hoja del gimnasio central, el aire cambió de golpe, saturándose de esa vibración densa, cálida y ruidosa característica del ala atlética. La cancha principal de baloncesto estaba repleta. Había una concentración masiva de personas: decenas de hombres y mujeres pertenecientes a los diferentes clubes deportivos de alta competencia de la ALIT —los equipos de atletismo, natación, rugby, voleibol y, por supuesto, baloncesto— se encontraban distribuidos en los márgenes del tabloncillo, conversando en grupos, estirando los músculos o revisando las directrices del festival.
En el centro de la cancha, balón en mano y liderando una sesión de calentamiento con una voz de mando implacable, se encontraba Mateo. Vestía su indumentaria de entrenamiento: una playera gris sin mangas que delineaba la estructura firme y atlética de su espalda y unos pantalones cortos deportivos. Al escuchar el cruce de las puertas, detuvo el balón contra su cadera de forma mecánica y giró la cabeza. En cuanto sus ojos claros se clavaron en mi figura, una expresión de absoluta sorpresa y felicidad genuina iluminó su rostro bronceado. Soltó el balón sin importarle que rodara por el suelo y avanzó hacia nosotras con pasos largos, seguros y felinos, con esa soltura física que siempre me ponía a la defensiva.
—Victoria —anunció al llegar frente a mí, con una sonrisa ladina y desbordante que me obligó a dar un imperceptible paso hacia atrás—. ¿Qué estás haciendo aquí en el templo del sudor y las faltas personales? No me digas que viniste a pedir una extensión de nuestra cita de la otra noche.
Obligué a mis ojos a mantenerse fijos en el puente de su nariz, negándome a escanear la cercanía de su anatomía atlética.
—Mantén la distancia reglamentaria, capitán —declaré con mi tono de voz más gélido, recuperando mi postura de presidenta—. Estoy aquí en cumplimiento estricto de mis funciones de la alta rectoría. Mateo, ella es Beatriz, mi compañera de junta en el Consejo Estudiantil. Estamos supervisando minuciosamente todas las actividades previas del campus, y ella será la encargada oficial de la sección de deportes para validar su catálogo.
Mateo desvió la mirada hacia Beatriz, dedicándole un saludo cortés que hizo que mi compañera se acomodara las gafas con una repentina timidez política.
—Genial. Un placer, Beatriz —asentó el capitán de baloncesto. De inmediato, dio media vuelta hacia la multitud de atletas que lo observaban desde el tabloncillo y proyectó su voz con un grito potente que resonó en las vigas del techo—: ¡Atención, chicos! Las supervisoras del Consejo ya están aquí y quieren una inspección formal del catálogo ahora mismo. ¡Posiciones de evaluación!
Sin darme tiempo a protestar por su falta de preámbulos burocráticos, Mateo nos guio hacia la mesa técnica de anotadores ubicada en la banda lateral de la cancha. Con un ademán casi caballeresco que contrastaba con su habitual arrogancia de juego, tomó dos sillas ergonómicas de los entrenadores y nos invitó a sentarnos en la primera fila del perímetro.
En cuanto Beatriz y yo nos acomodamos con nuestras respectivas carpetas digitales, las luces generales del inmenso gimnasio se apagaron de golpe, sumiendo las gradas y los extremos de la cancha en una penumbra total. El silencio descendió sobre el recinto. Un segundo después, los potentes focos de iluminación direccional del techo se encendieron de forma coordinada, proyectando un haz de luz blanca y nítida sobre un solo pasillo longitudinal del tabloncillo, transformando la línea lateral de la cancha en una auténtica pasarela de modas de alta definición.
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Editado: 04.07.2026