La ley de los 5

Capítulo 21: Algoritmos de frecuencia interna

La lógica de los números es infalible porque no posee libre albedrío; un sistema binario siempre responde a la precisión del orden establecido. Ese era el axioma matemático en el que intentaba refugiarme la tarde del viernes, mientras revisaba las hojas de cálculo de los costos logísticos en la tranquilidad de la residencia Élite Special. El resto de los habitantes del departamento común se encontraban dispersos por las diferentes facultades del campus asegurando las estructuras de sus stands, lo que me otorgaba un valioso periodo de silencio administrativo para estabilizar mi mente tras los caóticos sucesos en el bloque deportivo.

O, al menos, eso creía hasta que escuché el murmullo constante y rítmico de un teclado proveniente de la zona este del área común.

Me levanté de la barra de granito con mi tablet institucional en mano y caminé hacia el área de los sofás. Sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra el mueble de cuero y tres pantallas portátiles de alta definición flotando sobre sus piernas mediante soportes magnéticos, se encontraba Rabi. Su rostro, habitualmente plano y carente de cualquier expresión emocional, estaba iluminado por el reflejo azulado de miles de líneas de código que se desplazaban a una velocidad que marea a cualquiera. Sostenía un bolígrafo digital entre los labios mientras sus dedos ejecutaban una danza de comandos implacable sobre un teclado holográfico.

Me detuve a dos metros de su posición, cruzándome de brazos con mi habitual postura presidencial.

—Rabi —llamé su atención con voz firme—. El comité de infraestructura de la ALIT necesita que valide formalmente el informe de requerimientos energéticos para el pabellón de ingeniería de datos. He estado revisando tu base de datos, pero la descripción de tu actividad para el Festival Cultural es demasiado ambigua. ¿Podrías especificar de una vez en qué consistirá exactamente la ingeniería de esa casa embrujada tecnológica?

Rabi detuvo el movimiento de sus dedos en seco. Lentamente, se quitó el bolígrafo digital de la boca, lo colocó detrás de su oreja y levantó la cabeza para mirarme. Sus ojos oscuros, agudos y analíticos como lentes ópticas de precisión, me barrieron de arriba abajo con una fijeza que, a diferencia de la audacia salvaje de Mateo, poseía la desconcertante frialdad de un escáner que busca descifrar un patrón oculto.

Una sonrisa inusual, sutil y sumamente atractiva apareció en la comisura de sus labios.

—La ambigüedad en los informes es un escudo contra el espionaje corporativo de la facultad de ingeniería mecánica, presidenta —respondió con su voz pausada, baja y modular—. Pero considerando que eres la máxima autoridad del Consejo... y que estamos completamente solos en la residencia, creo que puedo otorgarte un acceso de administrador exclusivo a los planos del sistema.

Se puso de pie con una soltura pausada, recogiendo sus pantallas portátiles con un solo movimiento de la mano. Me dedicó una mirada que contenía una chispa de coqueteo intelectual, un sutil desafío a mi mente analítica que me tomó por sorpresa.

—Acompáñame a mi habitación, Victoria. Las respuestas que buscas no caben en los límites de esa tablet.

Un destello de duda legal cruzó por mi mente. Entrar en el espacio privado de un residente varón fuera de las horas de auditoría violaba las recomendaciones de decoro del manual interno, pero el rigor técnico de mi función supervisora y una repentina curiosidad científica ganaron la partida. Asentí con la cabeza y lo seguí por el pasillo de la zona este hasta la puerta de su recámara.

Al cruzar el umbral de la habitación de Rabi, la noción tradicional de una alcoba de estudiantes universitarios se desvaneció por completo. Era un laboratorio de tecnología de vanguardia perfectamente integrado. Las paredes estaban revestidas de un material aislante de color gris oscuro mate que absorbía la luz de forma absoluta. No había lámparas convencionales; en su lugar, delgadas líneas de fibra óptica integradas en las juntas del techo emitían una luz tenue y ambiental. Una inmensa estación de trabajo con seis monitores curvos dominaba el ala izquierda, rodeada de servidores de refrigeración líquida silenciosos que emitían un zumbido imperceptible.

—Bienvenida a la central de procesamiento —anunció Rabi, cerrando la puerta a nuestras espaldas. El cerrojo electrónico emitió un clic digital que resonó en mi pecho—. Activar protocolo de demostración alfa.

Al pronunciar el comando de voz, la habitación se sumió en una oscuridad total por espacio de un segundo. Mi respiración se contuvo de inmediato ante la falta de referencias visuales, pero antes de que pudiera emitir una protesta protocolar, el espacio cobró vida de una forma maravillosa e increíble.

Una red de millones de partículas de luz láser de color aguamarina y plata se encendió desde los proyectores ocultos en los zócalos, suspendidas en el aire de la habitación mediante una sutil neblina de iones secos. En un instante, las paredes oscuras parecieron desaparecer, transformando el dormitorio de Rabi en un mapa holográfico tridimensional e hiperrealista de la ciudad de Londres a escala perfecta. Edificios de cristal, puentes flotantes y las corrientes del río Támesis parpadeaban a nuestro alrededor con una definición tan nítida que parecía que estábamos flotando en mitad de la noche metropolitana.

—Esto es maravilloso... —el susurro se escapó de mis labios sin el permiso de mi lógica, mientras mis ojos oscuros se abrían con una fascinación geométrica absoluta—. Las líneas de renderizado dinámico poseen una tasa de refresco perfecta. Es increíble, Rabi.

—Es solo la capa superficial, Victoria —comentó su voz, que ahora se escuchaba extrañamente cerca de mí—. Acércate a la consola central.

Me desplacé con cuidado entre los edificios de luz hasta situarme frente a la mesa de control holográfica. Rabi dio un paso hacia mí, posicionándose justo a mi lado. Su cercanía física compartía esa naturaleza silenciosa de su entorno, pero desprendía un aroma limpio a componentes electrónicos nuevos y menta que alteró la frecuencia de mis pensamientos.




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