El ambiente dentro de la residencia de la Élite Special se había vuelto denso, cargado de una estática invisible que amenazaba con activar los sensores de alarma del edificio. Eran las nueve de la noche del sábado. Sobre la inmensa mesa de centro de madera lacada de la sala común, mis carpetas de gestión institucional, los planos de zonificación y las actas de contingencia del Consejo Estudiantil se desplegaban como un mapa de guerra. El Festival Cultural estaba a escasos días de su inauguración oficial y el campus entero vibraba en una frecuencia de histeria preparatoria.
Yo me encontraba sentada en el eje central del sofá, con el cabello recogido en un moño estricto y un bolígrafo digital entre los dedos, intentando concentrarme en la distribución de los disyuntores eléctricos para el pabellón de ingeniería. Sin embargo, mi capacidad de aislamiento analítico se veía seriamente afectada por la presencia de los dos hombres que ocupaban los extremos de la sala.
A mi izquierda, sentado en una de las poltronas individuales, Mateo se encontraba puliendo con parsimonia sus zapatos de baloncesto de alta competencia. Sus movimientos eran rítmicos, desprendiendo ese magnetismo físico y relajado que lo caracterizaba; la playera deportiva negra que vestía dejaba al descubierto los brazos esculpidos por el entrenamiento diario. A mi derecha, ocupando el extremo opuesto del sofá largo, Rabi permanecía estático, con una de sus pantallas holográficas portátiles flotando en el aire frente a su rostro. Se encontraba realizando los ajustes finales de calibración para un dron de escaneo infrarrojo que formaría parte de su casa embrujada tecnológica; sus dedos largos se movían sobre el teclado virtual con una cadencia silenciosa y gélida.
—Presidenta —rompió el silencio Mateo, rompiendo la distancia auditiva con esa voz ronca y cargada de una audacia que me tensó la espalda de inmediato. Dejó de pulir el calzado y me miró con una sonrisa ladina, fija en mis ojos—. Estaba revisando el cronograma del gran cierre de la fogata que está organizando tu departamento legal. Me parece un desperdicio que pases la noche entera midiendo el diámetro de la madera cuando podríamos estar discutiendo la logística de mi vestuario para la subasta de citas. Todavía no me has dicho de qué personaje quieres que me disfrace. Mi club está esperando tu directriz... o tu preferencia personal.
Sentí un sutil incremento de temperatura en mis mejillas, un sonrojo residual que intenté aplacar de inmediato apretando el bolígrafo con más fuerza. Pero antes de que pudiera estructurar una réplica fundamentada en los artículos de decoro institucional, la voz plana, baja y modular de Rabi cortó el aire de la sala con la precisión de un bisturí informático.
—La capacidad de procesamiento del departamento de deportes siempre me resulta fascinante —declaró Rabi, sin apartar los ojos de las líneas de código que parpadeaban en su pantalla azulada—. El capitán Mateo asume que una presentación histórica o mitológica para una subasta de recaudación benéfica se limita a la selección de una prenda de vestir que maximice el impacto visual de su anatomía. Cuestiono seriamente si la facultad de educación física posee el ancho de banda cerebral necesario para comprender la complejidad semántica de un concepto del siglo dieciocho, o si simplemente colapsarán en su propio algoritmo de fuerza bruta.
Mateo detuvo su trabajo por completo. Su sonrisa se transformó en una mueca de fría diversión competitiva y se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre sus rodillas, clavando su mirada de atleta en el rostro imperturbable del informático.
—El problema de los sistemas encriptados como tú, Rabi, es que pasan demasiado tiempo simulando la realidad en una pantalla y se olvidan de cómo se opera en el terreno real —contraatacó Mateo con un tono peligrosamente suave, un coqueteo agresivo hacia la tensión del ambiente—. A los estudiantes de la ALIT no les interesa un algoritmo de frecuencia cardíaca cuando se trata de una subasta de citas; les interesa la presencia, el impacto y la seguridad de quien los guía. Cosas que no se programan en un laboratorio gris. Victoria sabe perfectamente que la recaudación de deportes sostendrá el presupuesto del festival porque nosotros entregamos resultados tangibles, no proyecciones virtuales.
—Los resultados tangibles son primitivos si no están respaldados por una infraestructura de datos eficiente —respondió Rabi, bajando sutilmente la pantalla holográfica con un movimiento del dedo para mirar a Mateo con una fijeza desconcertante—. La casa embrujada interactiva registrará un índice de rentabilidad por metro cuadrado un cuarenta por ciento superior a tu pasarela de atletas. Mi sistema lee el comportamiento humano; el tuyo solo apela al exhibicionismo básico. Y sospecho que la presidenta, dada su mente superior y su formación en la lógica legal, prefiere la sofisticación de un diseño inteligente antes que el ruido mediático de un balón rebotando en el tabloncillo.
—¿Ah, sí? ¿Por qué no se lo preguntamos directamente a ella? —desafió Mateo, acortando el espacio físico al deslizarse en su asiento para quedar más cerca de mi perímetro, su mirada fija en mí como una promesa salvaje—. Dime, ley. ¿Qué prefieres ver en la primera fila del festival? ¿La precisión de un servidor informático o a este capitán cumpliendo tus órdenes en la pasarela?
La tensión romántica e intelectual en la habitación alcanzó un punto de ebullición absoluto. Me encontraba atrapada en el centro de una guerra fría bidireccional; por un lado, el fuego y la audacia indomable de Mateo que amenazaba con quemar mi compostura, y por el otro, el magnetismo lógico y la sutil atracción cuántica de Rabi que descalibraba mis defensas. Mi corazón latía a una velocidad que violaba todos mis parámetros de seguridad interna. El cruce de indirectas y la competencia directa por mi atención me tenían completamente desarmada, incapaz de emitir un veredicto.
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Editado: 05.07.2026