La ley de los 5

Capítulo 27: El color de la norma

El pulso del Festival Cultural de la ALIT latía con una fuerza ensordecedora, transformando el rigor habitual del campus en una marea de vítores, música y una mística colectiva que superaba cualquier proyección estadística de mi tablero de control. Los reportes digitales que se actualizaban en mi terminal cada quince minutos confirmaban un éxito rotundo: las taquillas reportaban ingresos récord, el flujo peatonal en las áreas verdes se mantenía en niveles óptimos de seguridad y los evaluadores del ministerio ya habían sido fotografiados sonriendo en dos de las exhibiciones principales. La maquinaria que había diseñado funcionaba a la perfección.

Con la fase de apertura consolidada, decidí abandonar el aislamiento del centro de comando estratégico para iniciar mi ronda de supervisión presencial por cada sección. Para mi propia sorpresa, el aire festivo, el murmullo de la multitud y, quizás, el hecho de haber dejado salir la presión en la oficina frente a mis compañeros de residencia, provocaron un cambio sutil en mi propio sistema operativo. La rigidez de mi postura cedió un par de centímetros y la usual armadura burocrática se sintió un poco más ligera bajo el sol de la tarde.

Mi primera parada reglamentaria fue el pabellón de Artes Visuales, el territorio que Timoteo había jurado transformar en una obra maestra viviente.

Al cruzar el arco de entrada del ala norte, me encontré con un despliegue visual impresionante. Timoteo no se había limitado a colgar cuadros en las paredes de las aulas; había convertido el pasillo central en un laberinto de lienzos interactivos suspendidos en el aire mediante hilos invisibles, donde los estudiantes de intercambio pintaban murales en tiempo real bajo la técnica del expresionismo abstracto. El espacio estaba abarrotado de visitantes que aplaudían la propuesta, mientras la música acústica de fondo creaba una atmósfera bohemia y envolvente. El éxito de su sección era indiscutible; incluso dos de los críticos de arte más severos del estado Lara conversaban animadamente cerca de la pieza central.

En medio de aquel torbellino de colores y texturas, localisé a Timoteo. Llevaba su habitual boina ladeada, una camisa blanca salpicada de manchas de óleo turquesa y carmín con las mangas remangadas hasta los codos, y esa energía desbordante que lo caracterizaba. Explicaba con ademanes teatrales el concepto de la "rebelión del color" a un grupo de estudiantes de diseño cuando sus ojos conectaron con los míos.

—¡Pero si es la musa del orden! —exclamó Timoteo, despidiéndose del grupo con una reverencia exagerada y caminando hacia mí con los brazos abiertos, rompiendo de inmediato cualquier protocolo de distancia institucional.

—Vaya, Timoteo —comenté, y para mi propio asombro, mi voz no sonó como el dictamen de una jueza, sino con un tono fresco y una sonrisa ligera que suavizó mis facciones—. Debo admitir que tenías razón. Esto no es solo un éxito de inventario; has montado un verdadero espectáculo aquí arriba. El ala norte parece otra dimensión.

Timoteo se detuvo a escasos centímetros, colocándose una mano en el pecho con fingido dramatismo mientras sus ojos brillaban con un coqueteo lúdico y audaz.

—Escuchar un cumplido de tu boca, Victoria, es un premio más valioso que la mención de honor del decanato —soltó con una sonrisa encantadora, inclinando sutilmente la cabeza hacia mi rostro—. Aunque, si te soy sincero, el verdadero arte de este pabellón desluciría por completo si la presidenta no viniera a darle el toque de gracia con su presencia. Ese traje sastre gris te queda increíble, pero esos ojos oscuros tuyos hoy tienen un brillo que eclipsaría cualquier paleta de colores que yo pueda mezclar en mi paleta. ¿No te han dicho que la línea de tu sonrisa es la figura geométrica más perfecta de todo el campus?

En otro momento, bajo el peso de mis contratos familiares y el manual de disciplina, habría respondido con una cita del artículo de decoro estudiantil o una mirada gélida que congelara sus intenciones. Sin embargo, el ambiente relajado del festival y la genuina alegría que flotaba en el aire me hicieron soltar una pequeña risa, una réplica suave y desprovista de tecnicismos legales.

—Estás perdiendo el tiempo como relacionista público, artista —le respondí, cruzándome de brazos pero manteniendo esa postura relajada, permitiendo que el coqueteo fluyera sin activar mis alarmas de seguridad—. Tus habilidades verbales son casi tan peligrosas como tus pinceles. Viniera a supervisar los flujos de seguridad, no a recibir un taller intensivo de adulación creativa. Aunque reconozco que el cumplido sobre el traje sastre estuvo bien estructurado.

Timoteo soltó una carcajada limpia y sonora que contagió a un par de estudiantes que pasaban cerca. Se acercó un paso más, rozando sutilmente mi codo con sus dedos manchados de pintura, un contacto cálido y juguetón.

—No es adulación, ley, es simple apreciación estética —replicó en voz baja, con un tono más íntimo que me hizo ensanchar la sonrisa—. Me alegra ver que la presidenta se ha tomado un descanso de sus códigos de barras y sus reglamentos. Te ves hermosa cuando dejas que el entorno te sintonice. Quédate un rato más, déjame pintarte un boceto rápido en papel carbón. Te prometo que capturaré esa versión de ti que nadie más en la residencia logra ver a simple vista.

—Tentadora oferta, Timoteo, de verdad —respondí, mirándolo fijamente con una soltura que me sorprendió a mí misma, sintiendo que por primera vez en meses el control no era una carga, sino un juego—. Pero mi agenda institucional sigue teniendo secciones en espera en el tablero. Si me quedo aquí dejando que me retrates, el comisionado informático y el capitán de deportes enviarán patrullas de búsqueda por interferencia en el cronograma. Mantén este nivel de éxito y tal vez, solo tal vez, piense en otorgarte una sesión exclusiva de retrato cuando el festival termine.

Timoteo abrió los ojos con sorpresa y una chispa de triunfo absoluto iluminó su rostro ante mi inusual ligereza de lenguaje. Sabía perfectamente que acababa de ganar un terreno valioso en mi habitual fortaleza de hielo.




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