La ley de los 5

Capítulo 28: La puja por el desacato y el valor de la ley

La superficie luminosa del campus me recibió con un baño de luz solar dorada que comenzaba a teñir los edificios de mármol y concreto con los tonos cálidos del atardecer larense. Tras abandonar el sótano tecnológico y la intensa, aunque extrañamente reconfortante, experiencia sensorial en el laberinto de Rabi, mi terminal portátil continuaba registrando un comportamiento impecable en todas las variables operativas de la institución. Sin embargo, el mapa de zonificación digital del festival parpadeaba con una alerta de alta densidad peatonal en el ala oeste. El Bloque Deportivo, bajo la dirección absoluta y la energía indomable del capitán Mateo, estaba a punto de iniciar su evento principal: la célebre y polémica subasta benéfica de citas de la Universidad de la ALIT.

A medida que me aproximaba al gran auditorio al aire libre del complejo atlético, el ruido sordo de los motores y los murmullos universitarios se transformaron en un clamor masivo, rítmico y cargado de una expectativa eléctrica que hacía vibrar el pavimento. Mateo no se había conformado con utilizar las gradas convencionales del estadio cubierto; fiel a su estilo grandilocuente, audaz y mediático, había tomado por asalto la plaza de los atletas, transformándola en un anfiteatro de alta gama que rivalizaba con cualquier producción de moda internacional.

El espacio estaba perfectamente estructurado bajo un diseño de simetría impecable que, debí admitir internamente, superaba mis exigencias logísticas más estrictas. Centenas de sillas ejecutivas blancas de corte minimalista se alineaban en filas perfectamente numeradas, formando un semicírculo masivo que rodeaba el eje central del evento. En el medio, elevándose a un metro sobre el nivel del suelo, se desplegaba una imponente pasarela de cristal templado y aluminio pulido que reflejaba los destellos del sol poniente, equipada con sistemas de iluminación robótica en los laterales y máquinas de humo criogénico listas para el despliegue escénico. Al fondo del escenario, tres pantallas gigantes de tecnología led modular de última generación mostraban el logotipo dorado del club de atletas de la ALIT, los nombres de los participantes y un marcador digital en tiempo real que registraría las pujas financieras de la subasta benéfica.

El lugar estaba abarrotado. No quedaba un solo asiento disponible, y los perímetros de seguridad diseñados por el staff del Consejo Estudiantil estaban al límite de su capacidad debido a la marea de estudiantes, personal administrativo e incluso miembros del comité evaluador del ministerio que se agolpaban de pie para no perderse el espectáculo. La expectativa era absoluta. El evento combinaba el morbo social, el atractivo físico de la élite deportiva de la academia y un fin filantrópico que justificaba legalmente el despliegue ante las autoridades universitarias.

Me abrí paso con paso firme pero con esa nueva soltura corporal que había descubierto en las rondas anteriores, manteniendo mis brazos cruzados sobre la tablet institucional. Al notar mi presencia, los coordinadores de logística me guiaron de inmediato hacia la fila VIP presidencial, ubicada exactamente al término de la pasarela de cristal, un asiento estratégico que me colocaba en primera fila ante cualquier suceso. Me senté con elegancia, acomodando las líneas de mi saco sastre gris oscuro y cruzando las piernas con una parsimonia que denotaba mi total control sobre el entorno. Apenas tomé asiento, las luces de la plaza se atenuaron de forma sincronizada y un golpe de efectos de sonido industriales, cargados de graves profundos, anunció el inicio formal del espectáculo.

El marcador digital en las pantallas gigantes se encendió con un destello carmesí, desplegando las reglas de la subasta: las pujas comenzarían en una base reglamentaria de cincuenta dólares digitales y los fondos se transferirían de forma directa e inmediata a las cuentas de desarrollo de infraestructura de la universidad a través de la plataforma encriptada que Rabi había asegurado esa misma mañana.

Uno por uno, los miembros más destacados de los distintos clubes deportivos de la ALIT comenzaron a desfilar sobre la pasarela de cristal, desatando auténticas oleadas de gritos, aplausos y vítores ensordecedores entre la multitud. Fieles a la temática lúdica del festival, los atletas no vestían sus uniformes reglamentarios de competencia; en su lugar, modelaban vistiendo diferentes disfraces de alta confección que jugaban con los estereotipos y las fantasías de la cultura popular, desfilando con una soltura y un carisma que encendían los ánimos de las gradas con cada paso.

El primer participante fue el base armador del equipo de baloncesto, quien apareció vistiendo un traje de piloto de combate de las fuerzas aéreas, con gafas oscuras de espejo y una chaqueta de cuero que hizo que las pantallas registraran una cascada inmediata de ofertas digitales. El marcador ascendió de cien a cuatrocientos dólares en cuestión de segundos, cerrando la puja en una cifra impresionante ante los vítores de un grupo de estudiantes de la facultad de medicina.

Le siguió el capitán del club de natación, transformado para la ocasión en un socorrista clásico de los años noventa, portando un flotador rojo y modelando con una confianza física que desató la competencia feroz entre las filas de diseño gráfico, elevando el marcador por encima de los seiscientos dólares. Pasaron bomberos con cascos relucientes, arqueólogos de aventura con camisas de lino desabotonadas y guerreros de estética mitológica que hacían gala de un vigor físico impecable. La dinámica era un éxito absoluto de recaudación; el público se divertía enormemente con las puestas en escena teatrales y la competitividad por ganar una cita formal con los atletas empujaba los números de las pantallas hacia límites financieros que superaban cualquier proyección optimista de mi presupuesto anual.

El ambiente estaba en su punto máximo de ebullición cuando la música electrónica de fondo sufrió una transición drástica. El ritmo acelerado de los sintetizadores cesó por completo, reemplazado por el sonido clásico, pesado y rítmico de un saxofón de jazz fusionado con un compás moderno de alta gama. Las pantallas gigantes parpadearon con letras doradas que anunciaban el lote final de la subasta: el capitán general de deportes de la ALIT.




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