La ley del Corazón

Capítulo 1

Seattle, 2016

POV Harper Reed

El cielo de Seattle amaneció cubierto de nubes grises, como si la ciudad entera se hubiera vestido de luto para acompañar mis nervios.

La lluvia golpeaba los ventanales del orfanato con un sonido constante y delicado. Las gotas resbalaban por el vidrio, se unían unas con otras y terminaban desapareciendo en el marco de la ventana. Las observé durante varios minutos mientras intentaba controlar el temblor de mis manos.

Hoy era el día.

El día en que nuestros benefactores presentarían el nuevo plan de becas para carreras universitarias.

Llevaba años esperando aquella oportunidad. No una oportunidad cualquiera, sino la posibilidad de demostrar que mi vida no tenía que quedar definida por la palabra huérfana.

A veces me preguntaba si las personas comprendían lo que significaba crecer en un lugar como aquel. Para muchos, un orfanato era solamente un edificio lleno de niños que necesitaban una familia. Para mí, había sido mi hogar, mi refugio y también el lugar donde aprendí que algunas personas podían mirarte con cariño y, aun así, decidir que no eras lo que estaban buscando.

Mis padres murieron en un accidente de tránsito cuando yo apenas tenía cinco años. No conservaba demasiados recuerdos de ellos. Algunas noches intentaba reconstruir sus rostros a partir de las fotografías guardadas en una caja de cartón que la directora me había entregado cuando cumplí dieciséis años. En una de ellas, mi madre sonreía mientras me sostenía en brazos; mi padre estaba detrás de las dos y apoyaba una mano sobre el hombro de mi madre. Cada vez que observaba esa imagen, sentía una presión dolorosa en el pecho, como si mi corazón recordara algo que mi memoria había decidido borrar.

Después del accidente, pasé de una casa temporal a otra hasta que terminé en el orfanato. Al principio todavía era una niña pequeña y todos repetían que pronto encontraría una familia. Sin embargo, los años fueron pasando. Las parejas que visitaban el lugar solían detenerse frente a las cunas o preguntar por los niños más pequeños. Querían bebés, niños que pudieran criar desde el principio, no una adolescente con recuerdos, miedos y una personalidad ya formada.

Yo ya era demasiado grande.

Demasiado grande para que alguien quisiera convertirme en su hija.

Aprendí a no esperar demasiado de las personas. Aprendí a no ilusionarme cuando una familia solicitaba conocerme y a no llorar cuando, después de una breve conversación, dejaban de llamar. También aprendí a no mostrar cuánto me dolía escuchar que otros niños encontraban un hogar mientras yo permanecía en la misma habitación, en la misma cama estrecha y bajo el mismo techo lleno de voces ajenas.

Pero nunca dejé de esperar algo de mi futuro.

La educación era mi única forma de escapar de aquella etiqueta. Si conseguía una beca, podría ingresar a la universidad. Si ingresaba a la universidad, podría convertirme en alguien. No necesitaba que nadie me salvara. Solo necesitaba que alguien me diera una oportunidad.

Una sola.

—Harper, ¿todavía no estás lista? —preguntó una voz detrás de mí.

Me volví y encontré a la directora del orfanato en la puerta. Llevaba una carpeta contra el pecho y su cabello, habitualmente recogido en un moño perfecto, comenzaba a desordenarse por la humedad. Su expresión intentaba ser tranquila, pero la conocía lo suficiente para notar que también estaba nerviosa.

—Sí, ya voy —respondí.

—No olvides tu carpeta.

Miré el escritorio que había junto a la ventana. Allí estaba mi expediente escolar, cuidadosamente organizado, junto con mis calificaciones, cartas de recomendación y un ensayo que había reescrito tantas veces que podía recitarlo de memoria. En la primera página había escrito mi nombre: Harper Reed.

Debajo de mi nombre no aparecía ningún apellido importante. No había una familia reconocida, una cuenta bancaria que me respaldara ni un contacto que pudiera abrirme una puerta. Solo estaban mis notas, mi esfuerzo y la voluntad de no rendirme.

Tomé la carpeta y la apreté contra mi pecho.

—¿Crees que tengo posibilidades? —pregunté, aunque sabía que no debía hacerlo.

La directora me observó con ternura. Ella había estado presente durante casi toda mi vida. Había visto mis primeros días en el orfanato, mis rabietas, mis silencios y el momento en que dejé de preguntar si mis padres regresarían.

—No tienes posibilidades, Harper —dijo mientras se acercaba—. Tienes méritos. No es lo mismo.

Sus palabras me arrancaron una sonrisa pequeña, pero el nudo en mi estómago no desapareció.

El auditorio de la escuela se encontraba a pocas calles del orfanato. Caminamos bajo una lluvia fina que humedeció los bordes de mi abrigo y dejó el aire impregnado de ese olor limpio y frío tan propio de Seattle. Las calles brillaban bajo la luz pálida de la mañana. Los automóviles pasaban levantando agua junto a las aceras y, a lo lejos, una sirena se perdió entre el rumor de la ciudad.

Durante el trayecto, intenté imaginar cómo sería mi vida si obtenía la beca. Me veía entrando a una universidad con una mochila nueva, sentándome en una biblioteca enorme y leyendo libros de derecho hasta que las letras comenzaran a desdibujarse frente a mis ojos. Me imaginaba pronunciando argumentos ante un tribunal, defendiendo a personas que no tuvieran a nadie que hablara por ellas.




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